Es Perséfone quien vuelve cada año, dicen desde tiempos inmemoriales, arrastrando pájaros. El re-torno impulsa el brote de las magnolias y sus memorias mesozoicas: fósiles vivientes, archivo de escarabajos ancestrales, polinizadores previos a la existencia de las abejas. La floración, como instauración de una obra, “asegura la continuidad de la vida y […] ofrece [sus] excesos; hace que se exceda la presencia. Bajo otras formas[1]”. Futuros ancestrales[2]. Entidades jurásicas de tonos violáceos cobijan memorias de escarabajo junto a pájaros migratorios que producen mitos, que cuentan historias, que re/configuran encuentros sin posibilidad de olvido, más allá de la verdad. El devenir-pájaro de Perséfone es también el testimonio de un duelo.
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