En su columna del 1 de febrero de 1975 —el mismo año en que será brutalmente asesinado—, publicada en el Corriere de la Sera[1], Pasolini escribe que entender la transformación del fascismo a partir de la II Guerra mundial requiere prestar atención a las luciérnagas. Desde principios de los años 60, con la contaminación del aire y el agua, y su impacto en el campo, comenzaron a desaparecer las luciérnagas (un fenómeno, dice, rápido y deslumbrante), pero para el año en que escribe el artículo habrían ya desaparecido. Así, la mutación del fascismo fascista —desde Mussolini— al fascismo democrático o de Estado –de una Italia unificada e industrializada— está ligada a dos etapas clave: aquella que va desde la Guerra y la desaparición de las luciérnagas y, la segunda, desde la desaparición de las luciérnagas hasta entonces. Mientras que los valores fascistas, que le garantizaban apoyo al Vaticano, “la Iglesia, la Patria, la familia, la obediencia, la disciplina, el orden, el ahorro y la moral”, fueron clave en un primer momento pues estos estaban atados a las culturas particulares y concretas que conformaban una “Italia arcaicamente agrícola y paleoindustrial” y a un ejército nacionalista. No obstante, “los hombres de poder democristianos pasaron de la fase de las luciérnagas a la fase de la desaparición de las luciérnagas sin darse cuenta”, por medio de ejércitos transnacionales y policías tecnócratas. Ya no se trataba de una sociedad orientada por la familia, obligada al ahorro y la moralidad, sino por el poder del consumo, “llevando a Italia al desastre económico, ecológico, urbanístico y antropológico”.
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