La obra reciente de la artista Cecilia Paredes (Lima, 1950) fue reunida en una muestra titulada «Que nunca termine», presentada en la galería Sol del Río de la ciudad de Guatemala a inicios del 2025. Compuesta por una serie de mapas impresos en lino o seda, la exposición parecía consistir en la recuperación de un archivo de cartografías medievales y coloniales. Pero este archivo, a diferencia de los catálogos historiográficos, no ha sido construido a partir de artefactos o documentos del pasado, resguardados por centinelas responsables de que el pasado se quede atrás, sino de cartografías dinámicas y divergentes de mundos incomposibles (Deleuze). No solo integran elementos provenientes de órdenes distintos (clasificaciones taxonómicas, demarcaciones geográficas, establecimiento de límites epistémicos y ontológicos), sino que en ellos se juega una dislocación espacio-temporal. Imaginarios de distintas épocas y contextos se encuentran, entrando en una renovada relación afectiva (por las posibilidades de afectación que se abren) en la que las condiciones de convergencia, coincidencia, acuerdo, negociación o consenso dejan de ser necesarias. Aunque cargadas de un aparente simbolismo, estas des/composiciones requieren de una aproximación no interpretativa, desde un abordaje no representacional. No se trata ya de preguntarse qué significan, sino qué hacen. Así, mapas astrológicos y cartas estelares se combinan con bestiarios, entidades mitológicas, monstruos marinos, ilustraciones científicas, esquemas botánicos y territorios con fronteras fluidas, lo que nos recuerda que el archivo también es un campo de posibilidades abiertas, por un lado, gracias a la naturaleza indeterminada de la materialidad2 y, por otro, como escribe Derrida, porque el archivo nunca es una cuestión del pasado. «No es la cuestión de un concepto del que dispusiéramos o no dispusiéramos ya en lo que concierne al pasado, un concepto archivable del archivo. Es una cuestión de porvenir, la cuestión del porvenir mismo, la cuestión de una respuesta, de una promesa y de una responsabilidad para mañana» (Derrida 44).
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