En su columna del 1 de febrero de 1975 —el mismo año en que será brutalmente asesinado—, publicada en el Corriere de la Sera[1], Pasolini escribe que entender la transformación del fascismo a partir de la II Guerra mundial requiere prestar atención a las luciérnagas. Desde principios de los años 60, con la contaminación del aire y el agua, y su impacto en el campo, comenzaron a desaparecer las luciérnagas (un fenómeno, dice, rápido y deslumbrante), pero para el año en que escribe el artículo habrían ya desaparecido. Así, la mutación del fascismo fascista —desde Mussolini— al fascismo democrático o de Estado –de una Italia unificada e industrializada— está ligada a dos etapas clave: aquella que va desde la Guerra y la desaparición de las luciérnagas y, la segunda, desde la desaparición de las luciérnagas hasta entonces. Mientras que los valores fascistas, que le garantizaban apoyo al Vaticano, “la Iglesia, la Patria, la familia, la obediencia, la disciplina, el orden, el ahorro y la moral”, fueron clave en un primer momento pues estos estaban atados a las culturas particulares y concretas que conformaban una “Italia arcaicamente agrícola y paleoindustrial” y a un ejército nacionalista. No obstante, “los hombres de poder democristianos pasaron de la fase de las luciérnagas a la fase de la desaparición de las luciérnagas sin darse cuenta”, por medio de ejércitos transnacionales y policías tecnócratas. Ya no se trataba de una sociedad orientada por la familia, obligada al ahorro y la moralidad, sino por el poder del consumo, “llevando a Italia al desastre económico, ecológico, urbanístico y antropológico”.
Georges Didi-Huberman recoge este texto en su libro Supervivencia de las luciérnagas y se aproxima también a estos insectos intentado notar su luminiscencia de otro modo, “la intermitencia de la imagen-discontinua (…), luz pulsante, pasajera, frágil” (34). Sin embargo, el tiempo desde el que escribe el filósofo francés, casi cuatro décadas después, es también distinto al de Pasolini, que si bien vislumbraba ya la decadencia ecológica y su íntima relación con el avance del capitalismo, quizás no imaginaba que en tan poco tiempo el planeta habría elevado por 1,5 grados centígrados su temperatura[2], impactando de manera negativa a los insectos en general[3]. Hoy contamos con abundantes registros de la disminución de poblaciones de luciérnagas de distintas especies[4] por diversas razones, todas asociadas al desarrollo industrial y tecnológico. Por eso, hablar de las luciérnagas y pensar con ellas no es recurso meramente metafórico pues la metaforización —el canibalismo metafísico del que escribe Ti-Grace Atkinson[5]— puede operar como marginación ontológica en cuanto pospone o sustituye aquello a lo que se refiere por algo más presente, más valioso y más real. El mismo Didi-Huberman se refiere a la importancia de “desplazarse sin descanso, ponerse a buscar las luciérnagas” (37) mientras recoge el trabajo del biólogo Osamu Shinomura, cuya relación con las luciérnagas está implicada con su experiencia como hibakusha: un ensamblaje en el que la luminiscencia constituye un modo de existencia más-que-humano, entre la luz y la oscuridad. Es por esto que la “vocación de iluminación en movimiento”(35) no tiene nada que ver con la luz cegadora del iluminismo y la razón colonial(ista), esa metáfora central para el representacionalismo (el dejo metafísico en el pensamiento occidental y occidentalizado) que se materializa en distinciones como aquellas entre lo blanco y lo negro, lo bondadoso y lo maligno, lo humano y lo no-humano… En cambio, “la danza vibrante de las luciérnagas se efectúa precisamente en el corazón de las tinieblas” (Didi-Huberman 41). Anzaldúa se refiere de manera similar a la luz en lo oscuro[6]. Donde las “luciérnagas han formado (…) sus bellas comunidades luminosas”, donde “forman una comunidad anacrónica y atípica”(39), el fascismo del capitalismo avanzado no termina de imponerse, como tampoco lo hace en diversas comunidades marginales en las que las alianzas entre modos de existencia, como “pequeños resplandores breves” (36), constituyen una práctica micropolítica: devenires-minoritarios (y Deleuze y Guattari subrayaban que la minoría no es nunca una cuestión de número, sino de distancia de la axiomática capitalista —siempre fascista). Esta es una “danza del deseo formando comunidad” (Didi-Huberman 41).
Pasolini anotaba que en aquéllos tiempos, tras la desaparición de las luciérnagas, dominaba “un vacío de poder en sí mismo”, no ya el poder que se ejerce como fuerza disciplinante o de control sino como potencia, la capacidad de actuar en el mundo, la agencia política. Aún si las luciérnagas parecían extintas, su ausencia en la cotidianidad y como parte de las relaciones constitutivas de diversos espacios ya materializaba realidades relacionalmente empobrecidas, algunos mundos ya se habían extinguido. Pero Pasolini también agrega que “no obstante, en la historia no puede subsistir el vacío. Sólo se puede hablar de él en abstracto o en una reducción al absurdo”. Aún entre las ruinas que deja el capitalismo —las ruinas del capitalismo— Pasolini apuesta por dar “toda la Montedison[7], por muy multinacional que sea, a cambio de una luciérnaga”, como Didi-Huberman nos invita a ver lo que no ha desaparecido por completo (y acaso también lo que está en proceso de desaparecer y lo desaparecido), para conformar renovadas alianzas, novedades inocentes para las que la imaginación política y la mutación deseante son cruciales.
[1] https://www.corriere.it/speciali/pasolini/potere.html
[2] https://ayudaenaccion.org/blog/sostenibilidad/records-temperatura-y-consecuencias/
[3] https://www.sciencedirect.com/science/article/abs/pii/S1226861525000731
[4] https://www.nationalgeographic.com/animals/article/fireflies-population-lightning-bugs-conservation
[5] https://womenwhatistobedone.files.wordpress.com/2013/09/1969-radical-feminism-ti-grace-atkinson-notes-from-second-year.pdf
[6] https://read.dukeupress.edu/books/book/1942/Light-in-the-Dark-Luz-en-lo-OscuroRewriting
[7] https://elpais.com/diario/2001/07/02/economia/994024803_850215.html