Desde hace algunas semanas he estado leyendo de nuevo a Alaíde Foppa: sus cuadernos, ensayos y algo de su correspondencia, retomando una relación que no deja de afectarme de múltiples maneras. Hace tres días estaba pensando desde sus palabras cuando me llegó la noticia del asesinato de su nieto, Juan Francisco Solórzano Foppa, enterrado hoy. Es por eso que tengo a Alaíde presente cuando veo a su hija Silvia Solórzano Foppa sostener un ramo de claveles rojos, los mismos claveles de los que escribió su madre hace cuarenta y ocho años, tras el asesinato de Oliverio Castañeda. «La mano que sostiene un clavel no es portadora de armas», apuntó entonces. Y hoy los claveles se sostienen contra las armas que acallaron a una de las voces más críticas de los últimos años.
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