Hace unos días quedé de juntarme con mi amiga A a tomarnos un café. Solíamos hacerlo seguido pero en los últimos cuatro años más o menos los hijos (de ella), el trabajo y las rutinas, nos han distanciado. Esas fueron las mismas razones por las que A, de hecho, llegó tarde ese día. Se sentó apurada. Venía cargando la pañalera en un hombro, su bolso en el otro y empujando el carruaje con la bebé, mientras intentaba moverse con una panza de seis meses de embarazo… “Finalmente un hombrecito”, me dijo cuando la felicité hace unas semanas por Whatsapp.


















