«Se necesitan palabras extrañas, palabras de otros, palabras con definición y traducción, palabras que vienen desde lejos, para contar esta historia de otros como mía o mía como de otros. Todo lo que nos ha antecedido nos marca. Toda marca de apariencia personal tiene una genealogía que le pertenece a grupos enteros. Esta es la historia de mis abuelos, abriéndose entre matorrales y huizaches, lodo, culebrillas. Tiempo. La historia de cómo una planta humilde y poderosa transformó las vidas de tantos, comunidades enteras, hasta el clima mismo. La historia de cómo, aun antes de nacer, el algodón me formó».
Cristina Rivera Garza, Autobiografia del algodón.
En este libro, la autora mexicana desarrolla lo que ha llamado escrituras geológicas, primero, y luego, desapropiación. Las escrituras geológicas surgen como un posicionamiento que participa del descentramiento de lo humano, influido por los nuevos materialismos, partiendo de la configuración de relaciones a partir de la tierra y el territorio. En relación con la visión foucaltiana de la arqueología, a Rivera Garza no le interesa trazar cronologías ni desenredar los hilos de la historia para darle coherencia, sino escarbar en sus capas o estratos y la manera como estos siguen afectándose entre sí. A lo largo de la lectura del libro, que recoge la historia de sus abuelos paternos y maternos en relación con la frontera entre México y los Estados Unidos, las huelgas de inicios del siglo XX y el desarrollo posterior de las plantaciones de algodón, es posible identificar los diferentes estratos y cómo estos se relacionan entre sí conformando una autobiografía más-que humana y que desborda las lógicas identitarias y de pertenencia.
No obstante, lo que me interesa aquí es identificar otros estratos, no sólo los temporales –la manera como los textos de José Revueltas se enredan con las poblaciones que a lo largo de un siglo se movieron en una u otra dirección afectando aquel paisaje o la relación entre la exploración de la autora con el terreno recorrido por sus bisabuelos, así como por el narco–, sino las que constituyen al libro, no como elementos separados sino como capas del suelo que se sostienen entre sí y se siguen marcando iterativamente, materializando el espaciotiempos, excediendo la historia que recoge. De ahí que propongo cuatro lecturas del libro; cuatro estratos que se conjugan a lo largo de la obra.
La ética de la escritura y la huella
A lo largo del libro, y del recorrido por medio del cual va recuperando la historia, Rivera Garza se va deteniendo a pensar las implicaciones de la escritura y la potencia de la misma entendida como huella (un guiño derridiano). Indaga sobre aquello que nos lleva a querer contar algo, para empezar, sus riesgos y sus potencias. A veces, dice, no sabemos qué es lo que nos jala, pero sabemos que algo nos llama y “hay llamadas a las que uno sólo puede responder moviéndose de lugar. Incomodándose. Poniéndose en riesgo» (29). No se trata ya aquí de una conciencia individual o una voluntad que diga: quiero escribir acerca de esto o quiero responder esta pregunta pues, por un lado, esa posibilidad no está en nadie (un alguien) sino en las relaciones, incómodas por desfamiliarizantes, que puedan activar la indagación, de la que en general (a menos que lo falseemos) solo tenemos una intuición; percibimos lejanamente un llamado. Por otro lado, la escritura se abre aquí como algo más: no meramente como la representación o el testimonio de lo que fue para que otros lo lean, sino como una manera de adentrarse en conversaciones transtemporales –«vamos hacia el pasado y hacia el presente a la vez» (31)–, siempre abiertas. Y la escritura es también la huella de lo que nos ha precedido, de lo no dicho, lo invisibilizado y lo desaparecido.
Es por eso que no estamos aquí ante un ejercicio representacional en el que la escritura se encuentra en otro plano ontológico con respecto a aquello de lo que habla o la materia. Como anota la autora, «negar el origen abstracto o puro de universo y abrazar su materialidad: eso es pertenecer. La primera habitación, por lo tanto, es la huella» (91). La pertenencia, si la hay, es la relación, de la que la escritura como marca participa activamente. Es por eso que «la tarea más básica, la más honesta, la más difícil, consiste en identificar las huellas que nos acogen. Este es el momento ético de toda escritura y, aún más, de toda experiencia» (91). De ello se deriva una ética de la escritura. Rivera Garza nos convoca a notar las huellas sobre las que se marcan las nuestras, gracias o a costa de las cuales somos capaces de situarnos en un lugar o fragmento del espacio-tiempo. «¿El destierro de quién o de qué hace posible que yo esté aquí? ¿Qué desalojo o huida abrió el terreno que piso?¿Qué fuerzas o qué desatino lo conminó a alejarse de aquí y a fundar el allá? ¿Qué injusticia o qué crueldad o qué invitación estelar?» (91), se pregunta. Y más adelante nos recuerda: «transitar es un verbo que requiere a otros» (196); y la indagación y la escritura como formas del trayecto y como huellas nunca son tampoco empresas individuales.
Dicha indagación requiere cautela –«cautelosamente es un adverbio tentativo y brutal al mismo tiempo» (35)–: muchas veces no sabemos qué es lo que requiere de nosotros aquello que nos llama; muchas veces podemos pensar que la escritura (acaso esa sería la trampa representacional) está conminada a revelar, pero «las historias verdaderas no se cuentan. Las historias de verdad viven antes de la articulación y más allá de la herida» (200) o se fugan, o se disimulan, «como si nos estuvieran protegiendo de ese saber o de esa memoria; o (…) como si hubieran estado protegiendo ese saber y esa memoria de todos nosotros» (201). Por otro lado, nos recuerda que la memoria y la ficción siempre van de la mano, que el asombro nos deja muchas veces sin palabras y que generalmente el registro no se encuentra en los archivos (ni estatales ni personales) sino en la experiencia, los gestos, las obsesiones, e incluso las mentiras. Es por ello que la escritura aquí no tiene que ver con la recuperación, como interpretación del pasado, sino con un entrar en relación y dejarse afectar por materialidades diversas, «re-escribirlas. Escribir con ellas. Escribir otra vez. Re-escribir, que es resucitar» (291).
Poner el cuerpo; memoria situada
Podemos hablar, me parece, de Autobiografía del algodón como una escritura performativa, es decir encarnada, incorporada, que es material. La localización puede ser entendida como una ubicación histórica y/o geográfica, pero desde el punto de vista neomaterialista tiene que ver con las relaciones o conexiones de las que cada cuerpo, como multiplicidad, participa. Son conexiones variables, nunca fijas, que no determinan un lugar de origen o un desde dónde se habla o escribe sino con qué/quienes, a partir de la manera como nos afectan y afectamos de vuelta. En ese sentido, también podemos plantearlo como un abordaje afectivo. Poner el cuerpo implica dejarse afectar y reconocer que nuestra presencia no es nunca inocente o neutral, aún cuando aquello a lo que nos enfrentamos parece ausente. Como escribe Rivera Garza acerca de su abuela, materna, «en un acto parecido a la prestidigitación, Petra se comunicaba con lo que no estaba ahí, frente a ella, que casi era lo mismo que decir que Petra mandaba y recibía mensajes de fantasmas y muertos» (43).
Dar cuenta de las relaciones de las que se participa también es dar cuenta de las marcas que dichas relaciones dejan –«La pestilencia es otra marca del tiempo en los registros del cuerpo» (77)–, el mundo que se está configurando a partir de ello, y saber que nuestras marcas constituirán, también, relaciones, como lo sigue haciendo el pasado, a través de ese «ánimo de encontrar fantasmas, encontrar sus linderos e intercalarlos, luego, entre nuestros pasos. Vivimos entre ellos. Ellos viven entre nosotros» (77). La exploración no parte aquí de una mera curiosidad intelectual sino «para que el cuerpo lo atestigüe» (79). Es el cuerpo (ese ensamblaje de enunciación colectiva) el que irrumpe en el espacio-tiempo y la manera de hacerlo es capaz, en el sentido espinoziano, de aumentar o disminuir potencias: agencias distribuidas hacedoras de realidad. Es por eso que el sujeto individual que recorre el camino hacia el pasado para recuperarlo y darle sentido no se sostiene. Pues «pertenecer es (…) reconocer la consistencia misma de nuestras múltiples habitaciones y responder a sus requerimientos» (88) y «pertenecer es siempre ir de vuelta» (90). Si la memoria está situada no es porque se encuentre fija, a la espera de ser representada para hacerse presente, sino porque está siempre en relación. Como escribe Rivera Garza, «la gente de campo deja pocas huellas: algún dicho, dos o tres anécdotas, hijos. Deja preguntas. Deja un nombre, sobre todo, una inscripción. Esta marca» (97). Esa marca muchas veces es un llamado, un requerimiento, necesidad o miedo, algo que nos afecta. «La necesidad de saber y el miedo a saber no son fuerzas opuestas. Una no borra a la otra. Una depende de la otra» (118).
La preocupación de Autobiografia del algodón por la pertenencia nos lleva, por otro lado, a la noción literal de raíz: nuestra relación con el suelo (aquí también como fuerza geológica y no como fantasía nacionalista): «Soy de una cartografía subterránea» (193), apunta la autora. Es ahí, en la relación con el suelo y el ecosistema que se organiza en relación con este (el agua que la recorre o el salitre, las piedras con sus memorias cósmicas, las plantaciones que florecen y mueren) donde infinitos modos de existencia son posibles. «Quédense quietas, a lo lejos. Todas Las Vidas Que Pudimos Tener Aquí» (240). Así, el libro nos muestra que hablar de la propia historia y de la memoria, por muy personal que parezca, conlleva atender una colectividad: «Se necesitan palabras extrañas, palabras de otros, palabras con definición y traducción, palabras que vienen desde lejos, para contar esta historia de otros como mía o mía como de otros. Todo lo que nos ha antecedido nos marca. Toda marca de apariencia personal tiene una genealogía que les pertenece a grupos enteros» (292).
La herencia (colonial) como trabajo por (des)hacer
Rivera Garza nos muestra que es imposible hablar de la tierra sin hablar del despojo, de la migración y de la re/territorialización como captura Estatal y capitalista –como «ninguna historia de la agricultura podría deletrearse sin agua» (36). Los cuerpos humanos y más-que humanos participan también de relaciones obturantes: de su administración, como identidad, como memoria o archivo, como recurso… Los niños que juegan en el campo se preparan para trabajar la tierra, «mientras tanto hay que cuidarlos. Protegerlos de sí mismos. Encauzarlos» (20). El re-encauce del Río Bravo y de los pobladores de la región (por la guerra, la falta de trabajo, la peste y, finalmente, la expulsión) son parte de la organización actual del territorio y «en los tiempos que corren, la cosa más fácil es asociar cualquier cosa con la falta de piedad que toca a los muertos» (30), hasta alcanzar un punto límite, ahí donde «la doble negación de la ruina es la destrucción más radical que puede sufrir un lugar» (76). Ruina urbana y ruina ecológica.
Autobiografia del algodón nos habla de los procesos por medio de los cuales la frontera –«…una sola extension de tierra dividida artificialmente por una aduana hecha de preguntas administrativas y de respuestas automáticas» (277)– se fue constituyendo de manera cada vez más clara como un límite, un corte, en el que «no sobrevivían los más fuertes o los más disciplinados, sino los más suertudos» (139); lo que obliga a un nomadismo, del que si bien por momentos surgen potencias de fuga, doloroso. «Tal vez el nómada es sólo otra forma de la desesperación (…). Guerreros y libres, derrotados y eternos» (156). Como antesala para la historia de las migraciones humanas y más-que humanas del siglo XXI, cuyas máquinas de guerra, citando a Deleuze y Guattari, han devenido herramientas. «El ir a ningún lado, o a todos lados. Ahí, entre drenes, canales, diques, vasos, presas. Todo ese vocabulario inédito. La terminología del la colonización» (195). Ahí donde la tierra se vuelve territorio, donde el cuerpo es fijado bajo la etiqueta de la identidad nacional: «There is a first day you learn to kill yourself without dying. Your own country demands it» (240).
Esta es la gran contradicción del Estado capitalista: dispersa y expulsa los cuerpos y a la vez moviliza su maquinaria para fijarlos. El movimiento resulta de la desposesión y el despojo a la vez que se castiga la errancia; se dan por superados los nomadismos en nombre de la civilización. «Había que desconfiar siempre de la arquitectura, que es una invención del Estado, y sobre todo de la silla, la derrota misma del nomadismo, y optar por aquello que facilitara el trayecto. La dispersión» (246). Así, entre el movimiento motivado por la huelga, la fuga, la re/generación de la existencia y el movimiento forzado, la existencia se hace paso, por momentos potenciándose, por momentos ruinándose. De ahí que la autora se pregunte: «¿Cuál es la otra cara de la crueldad?» (293) y responda con sus antónimos.
Conexiones más que humanas y mundos por venir
La Autobiografia del algodón sugiere que quien nos habla es la plantación. Se trata de su historia, la experiencia de su trayecto y sus relaciones. Es el algodón el que convoca el retorno y luego la huída, el que teje las relaciones que demandan su cuidado y su cosecha. Mucho de lo que se narra, entonces, tiene que ver no solo con el recorrido de los antepasados de la autora, las relaciones familiares como relaciones predominantes como nos lo ha enseñado el imaginario patriarcal y neoliberal. La autora nos muestra, en cambio, que todo es más complejo: abigarrado. Los entrelazamientos humanos y más-que humanos, y no solo las relaciones sociales, son los que abren «la posibilidad de otras vidas, de otros mundos dentro de este mundo, de otras maneras de estar en y convivir con el planeta» (84). Esto implica comprometerse con la creación y reiteración de rituales para descentrar «la posición del ser humano sobre la tierra, equiparándolo a la planta o la roca, el mar o la nebulosa, y ligándolo a otras formas de vida, orgánica o inorgánica, en otros sistemas planetarios o en otras galaxias» (85), como escribe Rivera Garza leyendo a José Revueltas. Se trata, así, de atender «Toda esa materia sinfónica que vibra, ordenada y rigurosa» (86). Nos lo repite: «La condición primordial e ineludible del ser humano (…) es pertenecer. Aunque no se trata de una condición meramente humana o solamente humana. Pertenecer a la tierra. Ser uno con la tierra. Ser convocado por la tierra» (87).
Dicho esfuerzo por descentrar al humano es una respuesta (una responsabilidad asumida) a la crisis climática. Las condiciones planetarias que, ya al inicio del siglo XX que nos narra, se han ido moldeando y modulando. Por eso para la autora mexicana, «se pertenece como quien responde, por el mero hecho de tener cuerpo, de estar hecho de una materia en común, a un requerimiento o una invitación de este planeta, de este sistema solar, de este universo» (88). Ya lo veía Revueltas, nos dice, ante un mundo que se construía optimista siguiendo la inercia del progreso.
Hizo falta, a pesar de la confianza que se tenía en la tecnología, mirar por el microscopio y el telescopio, recordar que «compartimos estancia de entrada, en el origen mismo de toda materia, con las células más nimias y con los cerros de tiempo inmemorial» (90) y que «la verdadera pregunta sobre el origen no es dónde naciste, sino qué suelo arropará tus huesos. Nadie puede responder esta pregunta en la primera persona del singular. Responder a esta pregunta (…) requiere de la participación de otros» (280). Así, el testimonio del algodón no es solamente acerca del pasado, sino, y quizás sobre todo, del futuro. Y acaso nuestros ancestros también nos están esperando de ese otro lado, como «comunicaciones de mundos por venir» (271).
Autobiografía del algodón. Libro. Autora: Cristina Rivera Garza. Random House, 2022.