AMERICA, AMÉRICA/ Reseña*

America, América, A New History of the New World (Penguin Books, 2025) parte de la discusión desarrollada a partir de las revoluciones de independencia del siglo XIX entre la América anglosajona y la América española sobre quienes pueden identificarse como americanos. Algo que, según irá mostrando, tiene implicaciones históricas que datan desde la colonia y se extienden hasta la actualidad. No obstante, el historiador norteamericano Greg Grandin plantea que ha escrito este libro no para hacer un alboroto alrededor de la manera de nombrar al continente, y el conflicto que esto ha generado a lo largo de los siglos, sino para explorar la extensa historia de la disputa ideológica y ética del Nuevo mundo partiendo, metodológicamente, de una crítica inmanente. Se trata de un abordaje desarrollado por la teoría crítica que se enfoca en el análisis de los fenómenos sociales utilizando sus propios principios, normas e ideales para mostrar sus contradicciones internas. En este sentido, dice, la crítica no desestima la legitimidad de la visión del mundo de sus rivales, sino que señala cuando no están a la altura de sus propias convicciones. En particular, subraya, este es un método especialmente «útil para analizar el hemisferio occidental, ya que Latinoamérica le dio a Estados Unidos lo que les faltaba a otros imperios […]: su propia urraca [magpie], una crítica irreprimible» (xxvii).

A lo largo del libro, el autor va hilando los hechos históricos con la historia de las ideas, principalmente, el desarrollo de nociones ligadas al humanismo como la propiedad, la nación y la soberanía. «La filosofía comienza con el asombro, dijo Sócrates. Madura, agregó Hegel, en el terror, en el banco de matadero de la historia. Así fue con la llegada de los españoles al Nuevo Mundo» (3), escribe Grandin al inicio del libro. En ese sentido, podemos referirnos a una exploración de cómo desde el siglo XV, con la llegada de los españoles al nuevo mundo y, luego, de los ingleses, el sentido de propiedad, al centro de una visión capitalista, establece un orden en el que las vidas o diversos modos de existencia se categorizan como humanos, menos-que humanos y no humanos (lo que justifica la reducción de poblaciones enteras a servidumbre en el sistema de encomiendas, la esclavitud de otras y la explotación de los recursos). En otras palabras, más allá de la conocida discusión entre Bartolomé de las Casas y Ginés de Sepúlveda sobre la humanidad de los indígenas, Grandin explora en detalle la relación que existía, desde las ambiciones colonialistas de la corona española, entre la propiedad y la humanidad –el mismo Cristobal Colón había dicho que el trabajo forzoso era necesario para la creación del valor colonial y que la habilidad de poseer era un requisito para determinar la humanidad de los indígenas– y cómo ello no solo va a motivar una conquista sanguinaria sino su crítica y radicalización de parte de los ingleses.

La investigación, basada primordialmente en fuentes primarias, muestra cómo la construcción del imaginario que a lo largo de la historia ha retratado a los Estados Unidos como una sociedad occidental avanzada, responde a intereses imperialistas y racistas, que se preocuparon por retratar a una América española retrasada cuando en realidad fue en América Latina donde se plantearon, en diferentes momentos ideas progresistas que incluso van a cuestionar el humanismo occidental moderno dominante, incluyendo el pensamiento de personajes como Bartolomé de las Casas, Antonio de Montesinos, Francisco de Miranda, Simón Bolívar y José Martí, entre otros, así como desde los movimientos de lucha y resistencia de los pueblos originarios. El principal representante de dicho humanismo será Ginés de Sepúlveda (quien subrayaba que los pueblos indígenas era incapaces de tener propiedades individuales y por ende solo podían ser propiedad de otros), con gran influencia en el pensamiento de los inquisidores, seguidos por los liberales anglosajones –Grandin muestra que no va a ser sino hasta entrado el siglo XVII que la discusión sobre la raza, ligada el color de la tez, circule en el continente–. No se trata, no obstante, de un antagonismo fácil de identificar, pues incluso el dominico de las Casas, va a pecar de racista y a considerar el valor de la propiedad privada sobre la vida en algunos momentos de su experiencia en el continente americano, además de haber permanecido siempre fiel a la corona, para, más adelante, ser acusado de hereje por su denuncia de la violencia ejercida por los conquistadores y su defensa de los pueblos originarios, contradiciendo la visión Aristotélica, heredada por la escolástica y el humanismo del renacimiento, que de existían seres nacidos para ser esclavos. En un eco interesante, el historiador muestra cómo Abraham Lincoln, quien pasó a la historia como pacifista, abolicionista y libertador, en realidad nunca abandonó el racismo, impulsando políticas separatistas que llevaron a los esclavos liberados a ser expulsados de los territorios norteamericanos para evitar el mestizaje entre negros y blancos.

Así, el libro complejiza la modernidad como categoría unitaria y muestra que a inicios del siglo XVII, predominaban dos escuelas de pensamiento: una que seguía la línea de Sepúlveda y justificaba el control de la corona española sobre las Indias y otra, la Escuela de Salamanca, con representantes como Francisco de Vitoria, que insistían en argumentar desde la razón y no la revelación a la vez que se inclinaban por el pacifismo.  Ya a finales del siglo XVI, el jesuita Luis de Molina planteó en su tratado De la justicia y el derecho, que las guerras motivadas por el poder y el oro, o para perseguir paganos y pecadores, eran injustas, idea que daría paso a lo que en la actualidad se conoce como justicia social.

America, América también va siguiendo la manera como se configura la teoría política,  desde la visión de Isabel la Católica a las extensas citas de la Historia natural y moral de de las Indias (1590) del jesuita Juan de Mariana en los tratados de John Locke –esclavista él mismo–, partiendo de un entendimiento particular de la realidad: de que los territorios están a disposición de quien es capaz de apropiárselos y explotarlos y que los lugares donde no existe dicho entendimiento son desiertos o están vacíos. La idea de vacuum domicillium o de Terra nullis, será utilizada para referiste a los territorios considerados salvajes o habitados por bárbaros, a los que la civilización y la cultura deben ser llevadas. Locke hablará de la tabla rasa y pondrá como ejemplo de ello a América. Los ingleses, al llegar al Nuevo mundo, tenían así dos formas de hacerse de las tierras: o comprarla a colonos anteriores y, en algunos casos a los nativos, o apropiársela sobre el argumento de ser de nadie (una noción que se extenderá por siglos, llegando a formar parte del lenguaje jurídico). Pensadores humanistas como Adam Smith y David Hume participan en las plantaciones y el mercado de esclavos a la vez que se refieren a la tolerancia, el escepticismo, la simpatía humana y la libertad. El historiador apunta que así es “como el modernismo disfrazó su medievalismo” (104). De hecho, la teoría del valor de Locke ofrece una forma moderna para diferenciar lo primitivo de lo civilizado y orientar a las sociedades hacia el progreso a partir de la defensa de derechos de propiedad y la explotación de recursos naturales para la creación de riqueza. 

Para el siglo XIX, las discusiones ligadas al establecimiento de las fronteras de las república recién fundadas llevarán a la recuperación del concepto romano de Uti possidetis, ita possideatis: como poseas, debes poseer, uno de los principios detrás de la conquista que le permitía a los vencedores establecerse en los territorios, pero aplicado a la defensa de la soberanía, lo que, a su vez, apuntaba a contraargumentar el principio de terra nullius. No obstante, la doctrina de Uti possidetis le permitió a los nuevos líderes de las naciones americanas esquivar lo que tanto de las Casas como Bolívar habían intentado atender: el hecho que las nuevas naciones, ahora “gobernadas por descendientes de europeos, habían sido fundada en terrarios indígenas” (229).

Lo anterior también da cuenta de cómo las relaciones establecidas por las conquistas  estuvieron desde un inicio dominadas por la deuda. Para el siglo XIX, las nuevas naciones inauguran también el endeudamiento con los bancos ingleses que dieron paso de políticas que justificaban atacar o invadir países en Latinoamérica por deudas no pagadas a intercambios desfavorables. Luego de la I Guerra mundial, por ejemplo, Europa saldó su deuda por alimentos a los países de América Latina con armas, creando a su vez, un mercado para armas de fuego, aviones, tanques e incluso los gases para entonces prohibidos en el viejo continente.

Este trabajo se extiende desde la colonización hasta las independencias y la fundación de las repúblicas del continente para adentrarse luego en las luchas revolucionarias de mediados del siglo XX –llegando hasta la llegada al poder de Gustavo Petro en Colombia en 2022– para explorar las discusiones, negociaciones y políticas que dieron paso a la Doctrina Monroe, de acontecimientos álgidos como la guerra entre los Estados Unidos y México por Texas, la Revolución mexicana, las guerras mundiales, las políticas anticomunistas y la intervención estadounidense en Latinoamérica a lo largo del siglo XX para hacernos ver que las políticas actuales, por sorprendentes que puedan parecernos a veces, tienen un respaldo histórico y que la mera fundación de los Estados Unidos, que sentó base para las naciones europeas modernas, partió de intereses que hoy se siguen defendiendo a costa de la vida en otros territorios y cómo el humanismo hegemónico sigue participando de un ordenamiento particular del mundo que justifica el racismo, la explotación, los genocidios y los ecocidios contemporáneos. 

Según diversos autores, America, América, A New History of the New World puede ser entendido como una continuación de The End of the Myth: From the Frontier to the Border Wall in the Mind of America –un análisis de la constitución de la frontera estadounidense desde el siglo XVIII hasta el 2016– publicado en 2019 y con el que Grandin se ganó el premio Pulitzer de no ficción. Otras obras enfocadas en la historia de Latinoamérica son Who is Rigoberta Menchú? (2011), Empire’s Workshop: Latin America, the United States, and the Rise of the New Imperialism (2006), The Last Colonial Massacre: Latin America in the Cold War (2004) y The Blood of Guatemala: A History of Race and Nation (2000), entre otros. 

Mientras que la postura del autor parece inclinarse, a lo largo de toda la obra, en favor de un humanismo no occidental que muestra cómo, a lo largo de la historia, los territorios de la América española desarrollaron continuamente herramientas para pensar la dignidad humana, la justicia social, la igualdad y la unión entre naciones –algo que también puede ponerse duda ante el hecho que se enfoca casi exclusivamente en intelectuales criollos o ladinos de la región mencionado brevemente las luchas de las mujeres y, con un par de excepciones, el posicionamiento de los pueblos originarios, cuyo pensamiento, no humanista, plantearía un desafío aún mayor a las visiones dominantes y la manera como han materializado la realidad.


*America, América, A New History of the New World, libro. Autor: Greg Grandin. Penguin Books, 2025.

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