CLAVELES ROJOS

Desde hace algunas semanas he estado leyendo de nuevo a Alaíde Foppa: sus cuadernos, ensayos y algo de su correspondencia, retomando una relación que no deja de afectarme de múltiples maneras. Hace tres días estaba pensando desde sus palabras cuando me llegó la noticia del asesinato de su nieto, Juan Francisco Solórzano Foppa, enterrado hoy. Es por eso que tengo a Alaíde presente cuando veo a su hija Silvia Solórzano Foppa sostener un ramo de claveles rojos, los mismos claveles de los que escribió su madre hace cuarenta y ocho años, tras el asesinato de Oliverio Castañeda. «La mano que sostiene un clavel no es portadora de armas», apuntó entonces. Y hoy los claveles se sostienen contra las armas que acallaron a una de las voces más críticas de los últimos años.

La tortura, la desaparición y el asesinato no son ajenos a la experiencia de esta familia y por lo mismo esta situación es, hoy, absurda. La conmoción colectiva se percibe en la densidad del ambiente, y la tentación de hacerse de un nuevo mártir-héroe parece consistente. No obstante, es una colectividad plural la que se ha reunido atendiendo al llamado (los muertos nos hacen siempre hacer cosas, en ello radica su agencia): autoridades indígenas portando kufiyas, pancartas con diversos nombres, algunos con fragmentos de la poesía de Alaíde, generaciones distintas que desde sus imaginarios –aquellas relaciones transtemporales que este acontecimiento1 re-activa– entran en diálogo renovando su agencia política; entre el pom, la marimba, el fuego y la lluvia insistente.

Alaíde Foppa sabía, y también temía, que el compromiso político de su familia no iba a detenerse, y que tendría consecuencias. En una carta de finales de octubre de 1978 escribió: «De Guatemala no puedo hablar en este momento sino con mucha tristeza: se ha desatado una nueva ola de violencia y la presencia de mis hijos allá me hace tan vulnerable que me siento, en realidad, con una herida permanente». Aún así, ese miedo no se impuso sobre ella ni pretendió persuadir a los suyos de abandonar la crítica o la lucha; al contrario, entendió que ese mismo riesgo era más una de las tantas razones que hacían necesaria, para empezar, la indignación movilizadora: la suya, la de su familia y la de tantos otros. Se suma así Juan Francisco Solórzano Foppa al colectivo de convocantes: de las ausencias ya siempre presentes que hacen de la amnesia y la apatía una imposibilidad y de la crítica al presente una práctica cotidiana imprescindible.


  1. Alain Badiou dice que un acontecimiento es una irrupción imprevisible y radical que quiebra las reglas, el saber y el orden establecido de la realidad tal como está estructurada y contabilizada, abriendo la posibilidad de algo nuevo. ↩︎

Imagen: Páginas de cuaderno, octubre de 1978. Archivo Alaíde Foppa.

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