En este libro, publicado originalmente en 2016, la filósofa y artista canadiense Erin Manning recoge la noción de lo menor de Deleuze y Guattari para desarrollar un pensar-hacer desde lo que en la academia se ha nombrado como investigación-creación. En esta reseña me enfoco principalmente en la introducción y la manera como la autora presenta su posicionamiento y, a partir de este, el contenido del libro.
Como lo plantea Manning desde el inicio, esta propuesta “trabaja para crear un campo de resonancia para lo menor” (11). Como fuerza gestual, el gesto menor “abre la experiencia a su variación potencial” (11). En este sentido, se trata de una potencia minoritaria que desestabiliza la aparente fijeza de lo mayor (las visiones dominantes acerca del saber, el hacer y el pensar en general, pero también sobre las disciplinas y sus métodos). La autora va elaborando una crítica a lo que denomina la visión neurotípica, de la que se deriva un modelo normativo de lo humano (racional, funcional, volitivo e independiente), que opera de manera sistemática en la exclusión de la neurodiversidad (ahí donde opera lo menor como producción continua de relación y variación). En este sentido, lo minoritario también es entendido como sociabilidad negra, en las palabras de Fred Moten.
Es dentro de esa tendencia normativa que la investigación-creación, como art-based research, es capturada y se constituye como una mera categoría de financiamiento o todavía sujeta a la tendencia neurotípica a analizar, lo que limita la capacidad de sentir la complejidad del acontecimiento en el acontecimiento. No obstante, a Manning le interesa detenerse en aquello que radica en el guión, ese espacio entre la teoría y la práctica, la indagación y la experimentación y su potencial subversivo. Para ello recurre a lo que ya en trabajo previo ha denominado la percepción autista, la cual recoge en la figura de la artificiosidad (artfulness): la apertura en la percepción a lo no categorizado y lo no clasificado. Se trata de una percepción animada por inclinaciones que crean ecologías (agenciamientos o nudos relacionales complejos) antes de fusionarse con la forma. Este es, para Manning, el tipo de percepción que se hace presente cuando nos sumergimos en un proceso creativo. Lo anterior implica tomar distancia de la idea del arte como objeto y recuperar, como lo subrayará en el segundo capítulo del libro, la definición medieval de modo/manera (way). El enfoque en el proceso, y no en la forma, y en su relación con el tiempo nos permite entender la práctica como arte del tiempo y arte de las relaciones. Es en el compromiso con el proceso (en el que participan múltiples modos de existencia, humanos y más que humanos) donde somos capaces de atender lo menor y “el gesto menor es el activador, el transportador, el agenciamiento que atrae el acontecimiento hacia sí mismo. Mueve lo no consciente hacia lo consciente, hace sentir lo indecible en lo decible, pone en un campo de resonancia efectos que de lo contrario permanecerían en el fondo de la experiencia” (24). Dicho proceso no está ya orientado por un método sino acompañado por técnicas que abren la percepción al gesto menor, como un movimiento a contrapelo de las exigencias metodológicas orientadas por la racionalidad que excluyen la neurodiversidad.
Desde la problematización de los métodos disciplinares, Manning recoge la noción de estudio de Fred Moten y Stefano Harney para pensar la investigación-creación como técnica para la prudencia experimental (la cautela sobre la que advierte Deleuze en su incitación a la experimentación). Se trata así de un planteamiento ético, que nos recuerda los riesgos que asumir que el conocimiento debe tener una forma particular, que sabemos lo que debe enseñarse y lo que es posible preguntar. El estudio es un hacer colectivo entendido como práctica especulativa, una práctica intelectual común, “un acto que se deleita en la activación de lo hasta-ahora-impensado” (31). Es por ello que éste se convierte en el espacio propicio para la creación de nuevos problemas a la vez que evita la tendencia de la investigación mayoritaria (académica) como creación de falsos problemas y preguntas mal planteadas. Al mismo tiempo, nos recuerda que la agencia aquí no tiene que ver con un sujeto intencionado o volitivo que determina lo que llega a ser, un agente humano que trabaja solo. Más bien se motiva un “relato de la experiencia que no requiera ninguna omnipresencia” (14), recordando el papel de la vida más que humana: “la vida de los intersticios de la experiencia en la ecología de las prácticas” (14). La agencia es, en estos términos, fuerza relacional: potencia.
Para Manning, cuando consideramos que nuestros mundos están hechos de relaciones y que en todo proceso son las relaciones las que producen afectos (no emociones contenidas en el sujeto sino activaciones en el acto), nos colocamos en una posición afirmativa de la política. En la práctica (orientada ya no por el método sino por la técnica entendida desde el arte), se opera una intervención del tiempo capitalista, se cambia la velocidad de lo cotidiano desde formas de percepción neurodiversa. La agencia, como la capacidad (distribuida) de actuar en el mundo, el en-acto del acontecimiento, se deriva de un creer en el mundo en el sentido Nietzscheano, un sí ontológico. Es pos ello que el gesto menor es siempre político. Lo político es “el movimiento activado, en el acontecimiento, por una diferencia de registro que despierta nuevos modos de encuentro y nuevas formas de vida-viviendo” (24). La práctica de la investigación-creación se vuelve entonces un compromiso onto-etico-epistemológico que pasa por la desestabilización de la neurotipicidad, el reconocimiento de la vida como más-que humana y la creación de sitios de disonancia: nuevos modos de expresión y de existencia. Esta es una invitación a afilar la percepción autista (resistiendo el ordenamiento consciente de la sensación) e incrementar la duración de la experiencia de la percepción directa: “deshacerse de la idea de que la sensación puede medirse, lo que también quiere decir: articularse, identificarse, analizarse” (46).
Este trabajo amplía las ideas desarrolladas previamente por la autora, las cuales se enfocan en la política del movimiento y su experiencia en proyectos orientados a la salud mental, a partir de la cual planteó la noción de percepción autista. El gesto menor –aquello que solemos pasar por alto– transforma el campo de las relaciones, lo que nos lleva a repensar tanto la agencia humana como la acción política. Se trata de un texto en el que los límites entre la filosofía, el arte, la política, la teoría crítica de la discapacidad se difuminan en coherencia con una visión transdisciplinar que también podemos llamar materialista y posthumanista.
Autora: Erin Manning
Editorial Cactus, 2025. Traducción de Valentín Huarte