En su conferencia de 1969, ¿Qué es la crítica?, Foucault identifica en Kant la base de dos tradiciones críticas de la filosofía moderna: la analítica de la verdad (que se preocupa por la posibilidad de un conocimiento verdadero) y la ontología del presente (cuyo enfoque es la actualidad). Mientras que la preocupación kantiana por la crítica todavía se insertaba de alguna manera en la primera, es la segunda la que a Foucault le interesa rescatar, reclamándola a la caracterización de la Ilustración. Esta es una crítica en la que, podemos decir, se inserta su trabajo —él, que se nombra más como crítico que como filósofo aunque, todavía, dice no estar dotado para ella—, así como los aportes de Nietzsche y la Escuela de Frankfurt. Su trabajo, a través de la arqueología, la estrategia y la genealogía, tiene que ver así con diagnosticar el presente, más que con comprenderlo. Esto es, no obstante, algo que no tiene que ver con una temporalidad lineal en la que el presente está determinado, necesariamente, por un pasado. Por eso para Foucault, no basta con preguntarse “¿por obra de qué error, ilusión, olvido, por obra de qué defectos de legitimidad el conocimiento llega a inducir efectos de dominación manifestados en el mundo moderno por el influjo de la techne?” (72).
La crítica no se limita al señalamiento del error sino que es “actitud crítica como virtud en general” (47). En el mismo sentido, Foucault habla de actitud en lugar de período histórico, lo que implica una manera de entender el presente. “Es una mirada sobre un dominio donde sin duda le gusta hacer de policía y donde no es capaz de hacer ley” (46), dice. Esta es siempre una posición subordinada, podríamos decir minoritaria, que parte de una toma de distancia del mandato de la ilustración a constituirnos como sujetos autónomos (la madurez alcanzada a través del sapere aude kantiano) en cuanto que dicho mandato opera como biopolítica orientada por el racionalismo, el positivismo y la ciencia moderna como operaciones del poder. En una entrevista titulada la tortura de la razón, escribía que “las técnicas de dominación son de una racionalidad extrema, [como] la colonización: con su modo de dominación sangrienta, es una técnica de madurez reflexiva, absolutamente deseada, consciente y racional” (El poder, una bestia magnífica 60). En este sentido, el problema de la filosofía moderna, desde la Aufklarung es incapaz de dar cuenta de la dominación y la violencia colonial. La apuesta se vuelve entonces la de “marcar diferencias […], ver hasta dónde podemos multiplicar, incrementar, deslindar unas con respecto a otras, desmontar […] las formas del análisis del problema de la Aufklarung, que tal vez sea, después de todo, el problema de la filosofía moderna” (61).
La ontología del presente como práctica, no es metafísica ni trascendentalista pues reniega de cualquier supuesto universalista (de ahí su crítica al humanismo como constitución de una concepción de universal del hombre) y, en cambio, se fija en los discursos que articulan nuestras actitudes en cuanto acontecimientos históricos, por eso se aleja de la búsqueda de la verdad. “La crítica solo existe en relación con algo que es distinto de ella” (46), apunta. La genealogía, por eso, no busca orígenes o causas sino que permite pensar la contingencia histórica ligada a los mecanismos de poder y saber implicada en lo que llegamos a ser o no. Para Foucault la crítica es una crítica experimental, un trabajo sobre nosotres mismes, lo que significa entender que solo son posibles las transformaciones parciales. De ahí que se guíe por la pregunta “¿cómo no ser gobernado de esa manera, por esas personas, en nombre de esos principios, en vista de determinados procedimientos, no de esa manera, no para eso?” (49). Y este arte de no ser gobernades no tiene que ver con el conocimiento (ligado al poder) ni con investigar la legitimidad de los modos históricos del conocer: “el foco de la crítica es el haz de relaciones que une uno al otro, o uno a los otros dos, el poder, la verdad, el sujeto” (52).
Esta propuesta es ya siempre creativa pues, como lo explica el crítico, esta sería una práctica histórico-filosófica que conlleva “hacerse su propia historia, fabricar como una ficción, una historia que esté surcada por la cuestión de las relaciones entre las estructuras de racionalidad que articulan el discurso veraz y los mecanismos de sujeción ligados a él” (62). La imaginación y la fabulación serían aquí aquello que separa a la crítica capaz de participar de acontecimientos que abran posibilidades de dislocación y reversión a partir de la configuración misma del poder y el saber de la búsqueda por el saber o el pensamiento correctos (como se ha desarrollado en diferentes contextos lo que hoy se entiende como pensamiento crítico), algo que se juega más en el campo de la verdad y la productividad. De ahí que Foucault apueste por arrebatarle lo que tenga de Ilustración a la crítica (un movimiento inverso al de Kant), que coloque la decisión de no ser gobernados como base, es decir, que se constituya una oposición al poder en todas sus formas y expresiones sabiéndonos ya parte de éste.
De lo anterior se deriva el problema de pensar la crítica (y la creatividad) en términos de productividad (como herencia de la metafísica moderna) y el hecho que a creatividad sin crítica es mera estética. La crítica como ontología del presente nos remite a la posibilidad de imaginar y posibilitar otros mundos, otras configuraciones políticas y otros modos de relacionalidad, acaso no modernos, iluministas ni humanistas.
Imagen: Michel Foucault, 1978|© Martine Franck/Magnum Photos