EXCRITURAS Y OTROS MODOS DE ESCRIBIR (SOBRE) EL ARTE

En sus libros La partición de las artes y El sentido del mundo, Jean-Luc Nancy persigue la posibilidad de poner en práctica una escritura sobre el arte (y un nuevo arte de la escritura) que supere las trampas de la representacionalidad, un rasgo propio de la modernidad occidental, aproximándose a lo que podemos nombrar una semiótica material. En “Un día, los dioses se retiran..”, escribe que «crear conceptos, traer lenguas a maltrear, aguzar los estilos, agujerear el pensamiento» (54) es tanto un trabajo y una fiesta, una cuestión de impetuosidad y de puesta fuera de sí, resonado con la escritura como práctica intempestiva en el sentido Nietzschiano, siempre gaia ciencia, práctica afirmativa o vitalista. Cuando Deleuze habla de la vida como obra de arte recoge esta noción para plantear que la filosofía es un acto de pensamiento ligado a lo actual («La vida como obra de arte» 155) y “la irrupción de un devenir en estado puro” («Control y devenir» 267). Por eso Nancy piensa en términos de lo abierto y advierte sobre el riesgo de que la teoría no contamine dicha praxis. En El sentido del mundo agrega que «lo abierto vuelve apretada, trenzada, estrechamente articulada, la estructura del sentido en tanto sentido del mundo» (16), se abre a lo múltiple, a lo no meramente teórico o significante.

De lo anterior se deriva el problema o desafío de hablar del arte, lo que tradicionalmente se ha confundido con tratar de descifrarlo, establecer o descubrir lo que quiere decir, una indagación sobre su sentido. En cambio, como señala Nancy «el arte… se hurta la captación del lenguaje» (56). Nos recuerda que arte quiere decir no-discursofuera-de-discurso y que, en esos términos, se trata de otro lenguaje o lo otro de toda lengua. De ahí que, «aquel que habla del arte debe comprometerse a dejarlo hablar» (56). Pero dicha escritura, al enfrentarse al arte también se ve ante la necesidad de «ponerse a prueba a sí misma» (56). Esto es así pues el arte no puede pensarse como una representación o interpretación de algo más, o como algo ajeno o alejado del mundo material concreto del que participa, y tampoco la escritura. El ensayo es entendido aquí como ensayar, probar, practicar: el intento de aproximarse y entrar en relación de otro modo. Podemos decir que se trata de una escritura performativa que participa del arte mismo, su materialización, una práctica creativa/ creadora, no ya un mero ejercicio interpretativo o crítico ni el desarrollo de un tratado acerca del arte (siempre representacional) que organiza géneros codificados e inventariados. En Diferencia y Repetición Deleuze subraya que las cuestiones de valor siempre están ligadas a una noción de ley moral y a un hegelianismo generalizado; ahí donde se piensa la diferencia a partir de leyes que rigen la conducta de los objetos en una dimensión general de semejanzas y equivalencias (Diferencia) ya sea que se quiera describir una obra de arte o declarar su sentido o verdad (Nancy, “Modos”). Categorías en las que la poesía, por ejemplo, se convierte en el arte del lenguaje. En cambio, Nancy apuesta por el ensayo como tentativa del arte.

La escritura y el arte participan de una relación de mutua afectación: se componen (y aquí Nancy recoge el sentido Spinozista de componer). Por eso, «de lo que se trata es de disposición, de colocación» (64): partir de lo que surge entre la escritura y el arte, un entre que deviene excritura, «fuera de la significación y la interpretación (…). Una marca más que la escritura misma» (“El fin del mundo” 24). De ahí que «no puede haber ensayo sobre el arte que no tenga efecto sobre el discurso» (56). Se trata de un sentido en otro sentido: «sentido de la relación» (65). La práctica excritural se convierte así en una «retirada de un sentido que se ausenta a la vez en la multiplicidad referencial y en la alteridad con el lenguaje (…) propio de toda forma de arte» (62). Así, pues, esta aproximación al arte (a la práctica creativa) pone en evidencia un fin del mundo de las categorías tradicionales ligadas al sentido desde un marco trascendental y universalista (metafísico). Se trataría, más bien, de una escritura sin logos —que evita el pensamiento de un fin «enteramente arraigado en el régimen de un sentido significante» (“El fin del mundo” 17). Una práctica no occidentalizada o decolonial, pues el mero problema del sentido y las categorías asociadas a este, «está capturado en un encierro de todas las significaciones occidentales» (“El fin del mundo” 20).

Esto demanda pensar el arte también por fuera de sus categorías tradicionales / occidentales ya que «todos los mensajes están agotados desde donde parecen provenir» (“El fin del mundo” 24). El arte no tiene que ver con lo simbólico en su sentido representacional o trascendental, sino «compone, pone juntos, hace que haya distribución» (“Modos” 67). No estamos hablando, entonces, del arte del mundo del arte sino del arte de un mundo, «composición de un cosmos” siempre «angosto y breve, fulguroso y fugitivo, furtivo… una posibilidad de sentido» (“Modos” 67). Por eso, esta práctica crítica-creativa, de excritura, «ya no se trata de interpretar el mundo sino de transformarlo» (“El fin del mundo” 25) —una transformación no capturada en la figura del sujeto de la historia—, praxis más que poiesis. Sumergirse en una existencia sin sentido como sentido.

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