Cuando uno llega a Rotterdam en tren, parece haberse transportado en el tiempo. Tras kilómetros de campos verdes y pequeñas granjas de los pueblos aledaños, al salir de la estación, uno se topa con una multitud de grúas, tractores, conos y detrás de éstos torres enormes de espejos con pantallas en sus laterales, esculturas monumentales y enormes plazas. La ciudad está poblada por una enorme diversidad cultural, dándole una riqueza, sabor y colorido extraordinario. Uno tiende a pensar en los Países Bajos como ciudades frías y silenciosas; éste no es el caso de Rotterdam, cuya historia es palpable en todas sus calles. Esta Venecia del futuro es una de las ciudades de arquitectura por excelencia y la manera como ha llegado a serlo es inspiradora.


















