IGNOMINIA

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Yo estaba bastante dormida cuando me embistió de pronto ese sueño dulce y condenable, aquél sueño tan horrorosamente infausto y maravilloso, casi encantador… Me acaricié el cuerpo sin darme cuenta, me sentí y abrí los ojos; la luz de la madrugada atravesaba la cortina blanca con cierta timidez, vi hacia mi alrededor en penumbras y sonreí, seguí durmiendo e intentando encontrar de nuevo aquél sueño.

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ENTELEQUIA

Cuantas veces buscó inútilmente la sobrevivencia en este su y nuestro mundo. Y no sólo él, no; todos aquí. Pero las calles se mueven y nos botan. Esas calles húmedas. No son sólo las nubes sucias las que manchan los corazones, también las ideas, que vuelan entre ciudades /como transparentes siluetas –monstruosas– / no se van ni se esconden. Ellos, como insectos, sólo movían sus patas sin sentido, con sus voces dormidas.

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ESPEJOS

Eran como los fantasmas que rondan en las habitaciones y se esconden en los espejos; eran todo y no eran nada. Deseaban lo inasequible e inaudito, y estaban dispuestos a luchar como imbéciles, hasta los gritos, para conseguirlo. Lo demás, todo en decadencia. Lo negaban con espadas y escudos al frente, a punto de dejarse ir contra el que se atreviera a mencionarlo. Pero para qué, nadie se atrevía ni se atrevería a hacerlo.

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INTERMINABLE   PESADILLA

 ¡Marcos! Me dijo José asustado mientras yo yacía en el suelo y lo único que sentía era la sangre que brotaba de mi hombro a mi brazo. Por mi mente, en sólo pocos segundos pasaban mi familia y toda mi vida. Fue entonces cuando me di cuenta que estar allí era lo peor y que lo único que quería era irme y no regresar. -¡Marcos; levántate, contéstame! -Después de esas palabras ya no recuerdo lo que pasó, pues cuando desperté estaba en un hospital, en un pueblo desconocido. Al abrir los ojos vi de lado a lado la estrecha habitación en que me encontraba; estaba toda pintada de blanco y vacía; enfrente, había sólo una pequeña mesa, con un vaso sin agua. Poco rato después entró una enfermera, me preguntó cómo me sentía, le dije que estaba algo confundido. -Descanse un poco – me dijo – vendré más tarde-. Pero no pude descansar, porque me invadía una terrible angustia, pues no sabía dónde estaban mis compañeros, ni si estaban bien.

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ESA GENTE. ESTUPIDOS PETIMETRES

Neblina azul; casi negra, o blanca, cubre las montañas pobladas de árboles y ya algunas casas.

La gente; pobre gente, camina maquinalmente a donde tiene que ir, aunque no le guste.

A pesar del frío tengo calor. Sudo a chorros y eso me desespera. No puedo quitarme la blusa, (¡¿Qué diría la gente ?¡) ¡Ja!…

Ah…La gente; pobre gente. Va y viene cada día. Lo mismo todos los días.

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LA MIRADA

Después de haber caminado durante horas, Paul se sintió cansado. Se sentó, estaba sudando y sediento. Estaba solo en el desierto, solo, súbitamente y sin causa aparente. Recordó algo que por mucho tiempo había estado enterrado en su memoria: su casa.  Aquél salón con lámparas de lágrimas, ventanas cubiertas por cortinas rojizas y el piso reluciente. Recordó a su hermana, Tamara, la que se había ido cuando él era muy pequeño. Aún no sabía por qué.  Extrañaba a su compañera: una guitarra que lo acompañaba a donde fuera. Esos sonidos que él construía con sus dedos al instante, esos sonidos que nunca olvidaría. Sus ojos comenzaron a nublarse al pensar en todas las cosas que dejó atrás al asesinar a un hombre, el juicio en el que fue condenado y la cárcel de la que acababa de escapar. Él mismo no entendía la verdadera razón del asesinato. Tampoco entendía cómo había tenido tanta suerte y había podido escapar…

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RECORDANDO

Eran casi las cinco de la tarde. Caminábamos en una calle vacía. El sol atrás de nosotros hacía que nuestras sombras alargadas estuvieran adelante. Las nubes, anaranjadas y violáceas hacían ver al cielo más profundo; más hermoso. El viento acumulaba poco a poco el polvo contra los muros desmoronados que el tiempo ha dorado y recortado en extraños dentículos. Otras sombras avanzaban hacia una puerta cuya madera estaba rajada y manchada por la humedad.

Tocaron la puerta… Salió una pequeña anciana y ellos entraron sin decirle nada. Seguimos caminando. El cielo tenía más tarde un tono más oscuro y las nubes estaban cada vez menos brillantes; nuestras sombras se desvanecían… La calle angosta y vacía se nos hacía cada vez más corta y estabamos ya cerca del lugar al que nos dirigíamos. A lo lejos pudimos ver la luna rodeada de nubes brillantes de tonalidades grises y violetas.

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DEBAJO DEL TREN

Dormía Emilio después de un frío y lluvioso día. Aún había frío; temblaba y sus dientes chocaban, sonaban como si fueran castañuelas. Pero dormía. Todas las noches tenía sueños extraños. Esa noche soñó que caminaba hacia la cima de una inmensa montaña; se sentía cansado, así que decidió volver; vencido con la frente baja y arrepentido de haber intentado subir.

A la mañana siguiente, el sol brillaba y se reflejaba en los charcos que yacían en la tierra, que los empezaba a absorber, al lado de poca grama verde, con aroma a grama verde. Emilio despertó con frío aún; “que sueño extraño”, pensó. Se restregó los ojos; tenía las manos heladas pero se había acostumbrado a que así estuvieran. Hacía mucho que no tenía un hogar y había olvidado su calor.

Salió arrastrándose de donde había dormido, intentó levantarse pero no se sujetó bien y cayó sobre un charco mojándose la única chaqueta que tenía. Se quedó allí un rato pensando en su estúpida caída. Se levantó y se fue.

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