Después de haber caminado durante horas, Paul se sintió cansado. Se sentó, estaba sudando y sediento. Estaba solo en el desierto, solo, súbitamente y sin causa aparente. Recordó algo que por mucho tiempo había estado enterrado en su memoria: su casa. Aquél salón con lámparas de lágrimas, ventanas cubiertas por cortinas rojizas y el piso reluciente. Recordó a su hermana, Tamara, la que se había ido cuando él era muy pequeño. Aún no sabía por qué. Extrañaba a su compañera: una guitarra que lo acompañaba a donde fuera. Esos sonidos que él construía con sus dedos al instante, esos sonidos que nunca olvidaría. Sus ojos comenzaron a nublarse al pensar en todas las cosas que dejó atrás al asesinar a un hombre, el juicio en el que fue condenado y la cárcel de la que acababa de escapar. Él mismo no entendía la verdadera razón del asesinato. Tampoco entendía cómo había tenido tanta suerte y había podido escapar…




