En Dolerse, textos desde un país herido, Cristina Rivera Garza escribe que «dolerse es escribir de otra manera«1 y agrega que los textos incluidos en esta compilación «son política. No piden conmiseración; no están sujetos al mercado de la lástima. No tratan ni de tomar la voz ni de dar voz a las múltiples voces que existen, de hecho, por sí mismas. Al contrario. Más bien, en su afán de operar en disenso de un discurso bélico que antepone a la violencia de los empresarios globalizadores la violencia del Estado, estos textos implican al dolor, especialmente al dolor del cuerpo desentrañado, para participar de la reconfiguración de lo visible, lo decible, lo pensable; y, por eso mismo, un paisaje nuevo de lo posible”2. La autora mexicana está hablando de las desapariciones y de los cuerpos desmembrados por el narco y el Estado en ese ensamblaje fascista y suicida propio del capitalismo (y que podemos ver alrededor alrededor del mundo expresado como política anti-migratoria, defensa de soberanía o guerra pacifista, entre otras esquizofrenias).
Desde el punto de vista spinozista y Deleuziano, uno de los riesgos de aproximarse a la violencia y el horror es que supone envenarse o descomponerse de alguna manera. Y, precisamente, lo que la necropolítica busca es obturar nuestra potencia como capacidad de obrar: intoxicarnos para mantenernos tristes. Pero Spinoza decía que siempre se necesita de un poco de veneno para ir identificando lo que puede el cuerpo y, a partir de ello, ir alcanzando un entendimiento adecuado de nuestras relaciones. Esto requiere de altas dosis de cautela pues se trata de un sistema de captura (ahí donde el deseo se subjetiviza, nos victimiza y nos congela, nos hace piedra). Tanto para Spinoza como para Deleuze esta es la razón por la que la apuesta ética/política debe ser afirmativa.
Rivera Garza nos confronta con algo a lo nos enfrentamos continuamente: cómo aproximarnos al dolor (y a la indecibilidad de un dolor tan aplastante como el de la violencia cotidiana extrema -esa descomposición límite) sin que nos aplaste y anule nuestra potencia o agencia. Rosi Braidotti subraya, con Spinoza, que “resistir significa sostener el dolor sin ser aniquiladas por él”3. Para Rivera Garza el dolor se opone al horror como una posibilidad de actuar, pues «cuando todo enmudece, cuando la gravedad de los hechos rebasa con mucho nuestro entendimiento e incluso nuestra imaginación, entonces está ahí, dispuesto, abierto, tartamudo, herido, balbuceante, el lenguaje del dolor»4. De ahí la importancia de dolerse. Se trata de una potencia afirmativa que persiste para trazar líneas de fuga de ese sistema, pero a la vez se deriva de la experiencia desestabilizante que nos desterritorializa a tal punto que nos inserta en otro ritmo, en una especie de «sucesión sin fin de catatonías o de desvanecimientos, y de fulguraciones o precipitaciones», en las palabras de Deleuze y Guattari, la «lección de las tinieblas»5.

El dolerse posibilita reconfiguraciones relacionales y, con ello, renovados afectos. Aquí la memoria y la imaginación van, necesariamente, de la mano. Implica aproximarse a aquello que ya no está, reconociéndole su agencia, sus capacidades como proposiciones indecibles, las que no tienen nada que ver con el mundo dominante del significante o la axiomática capitalista. Es por eso que Deleuze y Guattari subrayan que “lo indecible es por excelencia el germen y el lugar de las decisiones revolucionarias”6. Y Rivera Garza apuesta por una escritura y una poética del dolor que parta de la experiencia de los cuerpos anulados sin representarlos; una «práctica de la escritura que incorpora y subvierte, que abraza y testerea el lenguaje público de los desposeídos y los sufrientes»7. Escribir, sobre todo, cuando nos hemos quedado sin palabras, como «testigos integrales del horror»8. O, como anota José Carlos Agüero, “perder la voz. Para que podamos escuchar ciertas notas, cierta presencia”9. En tiempos de genocidio y ecocidio, esto implica conformar colectividades más que humanas y no siempre presentes o vivas que conjuren el Estado y todas sus formas de captura, sobre todo las del microfascismo, que opera a nivel de nuestros propios deseos. Aunque, como advierte Jorge Teillier, “para hablar con los muertos / hay que saber esperar: / ellos son miedosos / como los primeros pasos de un niño”10. Participar, así, con cautela, pero activa y afirmativamente de la producción de otros modos de decir y escribir, de otra justicia.
- Rivera Garza, Dolerse, textos desde un país herido (México: Sur+, 2011), 17. ↩︎
- Rivera Garza, Dolerse…, 19. ↩︎
- Braidotti, Por una política afirmativa, itinerarios éticos (Barcelona: Gedisa, 2018), 123. ↩︎
- Rivera Garza, Dolerse…, 16. ↩︎
- Deleuze y Guattari, Mil Mesetas, Capitalismo y esquizofrenia (Valencia: Pre-Textos, 2015), 471. ↩︎
- Deleuze y Guattari, Mil Mesetas, 476. ↩︎
- Rivera Garza, Dolerse…, 18. ↩︎
- Rivera Garza, Dolerse…, 16. ↩︎
- Agüero, Persona (Valparaíso: Comisura, 2025), 161. ↩︎
- https://materialdelectura.unam.mx/poesia-moderna/16-poesia-moderna-cat/298-148-jorge-teillier?start=17 ↩︎
Imágenes:
1. REUTERS/Nir Elias. Gaza en noviembre de 2025.
2. Madres buscadoras, Colectivo 10 de Marzo de Tamaulipas. AD Noticias.