«Y morirme contigo si te matas / y matarme contigo si te mueres, / porque el amor, cuando no muere, mata, / porque amores que matan nunca mueren» (Joaquín Sabina).
Te habías enamorado por primera vez a los 15. Parecía coincidir con lo que leías en tus libros, así que lo interpretaste de ese modo. Su entusiasmo había durado poco y, si bien la sensación de abandono no era nueva para ti, con el amor descubriste el dolor también, ese mismo que describían las canciones. El reencuentro, a los 17, despertaba en ti una curiosa emoción. Él te quería. No hizo «otra cosa más que pensarte» en los últimos dos años. Dos años a esa edad parecen una eternidad. Te sentías más tú misma. Estabas preparada para dejarte «querer de nuevo». Él te miraba y lo mirabas de vuelta como si lo conocieras desde siempre. Te arrojaste con inocente seguridad. Renunciaste a tu condición de posibilidad sin saberlo.
Cuando alcanzaste los 18, la relación había sido más bien confusa. Era un caos permanente. El caos tiene la capacidad de generar lo nuevo, pero la permanencia aniquila desde el inicio cualquier intento de liberación. Le fuiste poniendo nombre a cada una de tus experiencias y las organizaste en categorías extravagantes; inventaste tus propios mitos como explicaciones racionales para todo lo que sucedía. Tus recursos eran, lógicamente, limitados —minúsculo horizonte en medio de un horizonte infinito—. Tenías emociones que aún no reconocías y aún así las disponías en tu catálogo, las ilustrabas, las acomodabas a un intento de poesía, metáforas como leyes que regían tu vida. Lo tuyo no era un proceso creativo, sino la re-producción de una fuerza aplastante —plexo de in-significación—.
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