Quisiera lanzarme del puente
al río aquél de tranquilidad profunda.
Caer. Volar. Más rápido que las lágrimas,
más lejos que el ardor que me jala el rostro.
Quisiera lanzarme del puente
al río aquél de tranquilidad profunda.
Caer. Volar. Más rápido que las lágrimas,
más lejos que el ardor que me jala el rostro.
Yo estaba bastante dormida cuando me embistió de pronto ese sueño dulce y condenable, aquél sueño tan horrorosamente infausto y maravilloso, casi encantador… Me acaricié el cuerpo sin darme cuenta, me sentí y abrí los ojos; la luz de la madrugada atravesaba la cortina blanca con cierta timidez, vi hacia mi alrededor en penumbras y sonreí, seguí durmiendo e intentando encontrar de nuevo aquél sueño.
Todo lo superfluo se convierte en un colegio de intelectuales
Entre los escombros vuelan las ideas
que no llegaron a serlo
Y cantan las sombras canciones inmaduras
de muerte
sin vida anterior.
No pudo ser más que silencio. No fue; no es: no será. Pasa en su auto por la calle -en el camino aquél; en los puentes de oro con ríos de oro abajo-. Encadenado fue; -va, irá-, por el misterio, por sus sueños, por las imágenes que fueron y no pudieron ser.
Cuantas veces buscó inútilmente la sobrevivencia en este su y nuestro mundo. Y no sólo él, no; todos aquí. Pero las calles se mueven y nos botan. Esas calles húmedas. No son sólo las nubes sucias las que manchan los corazones, también las ideas, que vuelan entre ciudades /como transparentes siluetas –monstruosas– / no se van ni se esconden. Ellos, como insectos, sólo movían sus patas sin sentido, con sus voces dormidas.
En este momento
de primaveras sombrías,
los cañonazos nos distraen.
Torrentes
de huéspedes invisibles
pueblan el cielo.
Hay en el cielo una sonrisa triste
que me mira
como si tuviera tus ojos
arrancados
y entre sus garras los detuviera
Eran como los fantasmas que rondan en las habitaciones y se esconden en los espejos; eran todo y no eran nada. Deseaban lo inasequible e inaudito, y estaban dispuestos a luchar como imbéciles, hasta los gritos, para conseguirlo. Lo demás, todo en decadencia. Lo negaban con espadas y escudos al frente, a punto de dejarse ir contra el que se atreviera a mencionarlo. Pero para qué, nadie se atrevía ni se atrevería a hacerlo.
Ya los árboles se habían puesto rojos y el suelo también. El aire invisible y poderoso había secado la humedad de las lágrimas de los ojos machacados entre las nubes. Entre la calle bailaban las piedras azules y transparentes al ritmo de un piano desafinado.
El libro está sobre la mesa. Es grueso. Está manchado y roto. Tiene algunos agujeros.
No me atrevo a abrirlo. No es que me dé miedo lo que pueda leer; me da miedo lo que no pueda leer. Quisiera abrirlo…
No me atrevo.
¡Marcos! Me dijo José asustado mientras yo yacía en el suelo y lo único que sentía era la sangre que brotaba de mi hombro a mi brazo. Por mi mente, en sólo pocos segundos pasaban mi familia y toda mi vida. Fue entonces cuando me di cuenta que estar allí era lo peor y que lo único que quería era irme y no regresar. -¡Marcos; levántate, contéstame! -Después de esas palabras ya no recuerdo lo que pasó, pues cuando desperté estaba en un hospital, en un pueblo desconocido. Al abrir los ojos vi de lado a lado la estrecha habitación en que me encontraba; estaba toda pintada de blanco y vacía; enfrente, había sólo una pequeña mesa, con un vaso sin agua. Poco rato después entró una enfermera, me preguntó cómo me sentía, le dije que estaba algo confundido. -Descanse un poco – me dijo – vendré más tarde-. Pero no pude descansar, porque me invadía una terrible angustia, pues no sabía dónde estaban mis compañeros, ni si estaban bien.
Neblina azul; casi negra, o blanca, cubre las montañas pobladas de árboles y ya algunas casas.
La gente; pobre gente, camina maquinalmente a donde tiene que ir, aunque no le guste.
A pesar del frío tengo calor. Sudo a chorros y eso me desespera. No puedo quitarme la blusa, (¡¿Qué diría la gente ?¡) ¡Ja!…
Ah…La gente; pobre gente. Va y viene cada día. Lo mismo todos los días.
Después de haber caminado durante horas, Paul se sintió cansado. Se sentó, estaba sudando y sediento. Estaba solo en el desierto, solo, súbitamente y sin causa aparente. Recordó algo que por mucho tiempo había estado enterrado en su memoria: su casa. Aquél salón con lámparas de lágrimas, ventanas cubiertas por cortinas rojizas y el piso reluciente. Recordó a su hermana, Tamara, la que se había ido cuando él era muy pequeño. Aún no sabía por qué. Extrañaba a su compañera: una guitarra que lo acompañaba a donde fuera. Esos sonidos que él construía con sus dedos al instante, esos sonidos que nunca olvidaría. Sus ojos comenzaron a nublarse al pensar en todas las cosas que dejó atrás al asesinar a un hombre, el juicio en el que fue condenado y la cárcel de la que acababa de escapar. Él mismo no entendía la verdadera razón del asesinato. Tampoco entendía cómo había tenido tanta suerte y había podido escapar…
Eran casi las cinco de la tarde. Caminábamos en una calle vacía. El sol atrás de nosotros hacía que nuestras sombras alargadas estuvieran adelante. Las nubes, anaranjadas y violáceas hacían ver al cielo más profundo; más hermoso. El viento acumulaba poco a poco el polvo contra los muros desmoronados que el tiempo ha dorado y recortado en extraños dentículos. Otras sombras avanzaban hacia una puerta cuya madera estaba rajada y manchada por la humedad.
Tocaron la puerta… Salió una pequeña anciana y ellos entraron sin decirle nada. Seguimos caminando. El cielo tenía más tarde un tono más oscuro y las nubes estaban cada vez menos brillantes; nuestras sombras se desvanecían… La calle angosta y vacía se nos hacía cada vez más corta y estabamos ya cerca del lugar al que nos dirigíamos. A lo lejos pudimos ver la luna rodeada de nubes brillantes de tonalidades grises y violetas.
Dormía Emilio después de un frío y lluvioso día. Aún había frío; temblaba y sus dientes chocaban, sonaban como si fueran castañuelas. Pero dormía. Todas las noches tenía sueños extraños. Esa noche soñó que caminaba hacia la cima de una inmensa montaña; se sentía cansado, así que decidió volver; vencido con la frente baja y arrepentido de haber intentado subir.
A la mañana siguiente, el sol brillaba y se reflejaba en los charcos que yacían en la tierra, que los empezaba a absorber, al lado de poca grama verde, con aroma a grama verde. Emilio despertó con frío aún; “que sueño extraño”, pensó. Se restregó los ojos; tenía las manos heladas pero se había acostumbrado a que así estuvieran. Hacía mucho que no tenía un hogar y había olvidado su calor.
Salió arrastrándose de donde había dormido, intentó levantarse pero no se sujetó bien y cayó sobre un charco mojándose la única chaqueta que tenía. Se quedó allí un rato pensando en su estúpida caída. Se levantó y se fue.
Con sus lágrimas enrojecidas buscando tiempo para saber qué más…
¡Oh! Pero, ¿qué hará para que su vida no caiga derrivada como todo lo que tenía? ¿Qué hará para poder levantarse de nuevo?
Al doloroso trato de la estúpida pobreza absoluta y solitaria no podrá acostumbrarse; no lo hará.
Implora a la lluvia que deje de caer. Se arrima de rodillas a un tronco esperando que la proteja pero no será así…
Pero, ¿cómo les dirá a los pequeños llorones y hambrientos que ya no comerán?
Sabe que no los calmará y también sabe que no encuentra un techo y que no lo encontrará.
Y no queda más.
Mareado por el hambre y con un sabor a flores mustias en la boca, espeso, yacía sobre el recuerdo del niño que jugaba lodo y corría descalzo por toda la casa.
El calor invadía todo su cuerpo y lo mojaba poco a poco el sudor que brotaba de su piel.
A su alrededor escuchaba frases llenas de lugares comunes, como siempre.
En el techo retumbaban aquellos pasos.
Afuera rebotaba la voz sonora del hombre que vendía periódicos. Llevaba noticias despreciables e inconcebibles…
El hambre: dolor angustioso. El hambre de todo. Su boca se secaba lentamente y sus labios, ya secos, se unían como párpados muertos, para no separarse nunca.
Para cuando pudo salir, era ya tarde. Sobrevoló la vida como un ave moribunda.
El sabor a fermento se acentuaba y el dolor también; se hacía cada vez más fuerte…
Se arañaba los brazos de la exasperación y no se calmaba. Estaba cansado y hambriento, en el suelo.