CASA

Quedate en casa

Pero no te quedés solo

Dejás blanco el espacio

entre vos y yo

Dejás sola a la música

flotando en el vacío

Te olvidás de la respiración

Estás.

Pero la lluvia y sus pétalos

caen secamente sobre un suelo vacío.

Quedate.

Pero no solo mirándome la sombra

que se me escapa y se esconde.

Te sentás.

Analizás tus sueños y tus pesadillas

sin incluirme en ninguno.

Te paseás sobre el miedo

de no encontrarte

mientras me perdés.

Y te perdés más todavía.

No puedo seguir sosteniéndote el mundo

conmigo sentada encima.

El blanco entre nosotros empieza a ser negro.

Quedate.

Caminás con mi ausencia de la mano

y la apreciás.

Te esforzás como siempre

pero en la lucha soy yo la que sale herida.

Acabás conmigo.

Gritás sin mí.

Me sonreís de lejos

pero de cerca me lastimás.

Vas a caminar solo.

Rápido.

Lejos

hasta desaparecerte.

No vas a llamar para que te perdone

otra vez.

Vas a acabar con el aire.

Con la cercana añoranza,

con la ciega melancolía.

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DEAR P.

P: Hoy, después de tanto, tanto tiempo, intento hacerlo de nuevo. Estoy decidida; no me dejaré vencer. Existe una manera de seguir adelante; tiene que haberla. Estoy cansada de no encontrarte, de nisiquiera tener, realmente, ganas de buscarte. Por años fuiste un secreto guardado, y por años, incluso, me avergonzaste. ¿Pero acaso no recuerdas las humillaciones? ¿Acaso no recuerdas los ojos burlones de los demás cada vez que en un momento de intensidad te buscaba, tomaba mi cuadernos y te veía nacer en mis páginas? No nos entendían, mi poesía, es cierto, perdóname si por ratos me dejé influir por ellos, perdóname si te ofendí en algún momento.

A menudo he sentido estas ganas de llorar tu ausencia –tu abandono– y el impulso se ha extendido ya por mucho tiempo. Aunque debo confersarte que por ratos también he pensado: “¿por qué no me dejas definitivamente?» Tal vez ya sólo deberías olvidarme, asegurarte de que te saque de mí de una vez por todas. Todo por el olvido en el que por tanto tiempo te he tenido… Pero no ha sido intencional. No ha sido con ánimos de ofenderte o dañarte; mucho menos de exterminarte. Ahora te estoy buscando ¿te das cuenta cómo presiono las teclas sin detenerme, sólo buscándote, sólo esperando el momento en que hagas tu entrada triunfal? Te necesito. Me duele la necesidad, me duele no tenerte, no verte, no darte la vida que solía darte: la vida que yo creí que pude darte alguna vez. La vida que surgía como brotes de invierno cuando en silencio me encerraba en mí misma, cuando me refugiaba de los otros, de mis miedos, de ese sentimiento eterno de no pertenecer, de no querer pertenecer, de no saber ser.

Es cierto, ya te has dado cuenta: muchas veces dudé de tu existencia. Pero tuviste que haber existido, ¡te lo di todo! Nuestra relación era tan sincera. ¿Por qué no me das la oportunidad de tenerte de nuevo, de apoderarme de ti, de hacerte mía? Te necesito mi poesía; te necesito. Pero ya ves, llevo tantas líneas –algunas líneas–, siento que llevo una eternidad aquí sentada escribiendo, el eco de las teclas sigue rebotando, y no has aparecido, no te he encontrado, no te he visto; hasta ahora ni un solo verso. O quizá no sea ésta la manera de hacerlo, tal vez estoy totalmente equivocada. O tal vez te perdí hace tiempo, irrevocablemente, para siempre. ¿Qué hago sin ti? ¿Qué hago yo sentada frente a una pantalla vacía, frente a un teclado seco e inmóvil para siempre? Se escribe fácil pero es tan difícil, el nudo se aprieta, las manos se enfrían. No quiero afirmar que te has ido. Estoy enloqueciendo, me estoy quedando ciega y sorda y muda y muerta… y tengo miedo.

¿Dónde se ha visto a alguien escribiéndole una carta a su poesía, implorándole que vuelva? Mira querida ¡cuanta arrogancia! Yo no soy poeta, no lo fui nunca, de ser así no te habría perdido, hubiera sabido retenerte a mi lado, o recuperarte fácilmente. Hace calor, tengo sudada la espalda, siento el estómago caliente, me arden los hombros y se me caen sobre las mejillas los párpados. Si te interesa, me siento sola, me siento tan sin nadie y sin nada, enferma, vacía, necesitada de mí misma y, por lo tanto, de ti. Como si mi existencia dependiera de otros, de otras, de tí, de algo.

Me veo al espejo, me hablo, me pongo seria, me señalo con el dedo y me digo, mientras frunzo el ceño, cual propósito de nuevo año, que tengo que recuperarte, que hoy lo haré. Pasan un par de días más y lo hago de nuevo, y los días siguen pasando y ya no sé qué es ese hoy porque lo repito y lo repito y no lo conozco, no lo siento, no lo vivo; sólo te espero. Miro a la nada y trato, según yo, de concentrarme y, según yo, que tu vas a caer del cielo, posarte ante mí y dejar que te haga mía.

Temo pensar que dentro de algunos años voy a encontrar esta carta en un viejo archivo y voy a recordarte con nostalgia, voy a pensar y lamentar que te fuiste con mi adolescencia. Y temo que entonces vaya a sentarme a esperarte o a escribirte otra carta con una nostalgia más amarga. No sé si te caíste, si te moriste por descuido mío o te saliste por la puerta mientras dormía ¿Me abandonaste? ¿Y si fuiste tú la que decidiste huir de mí? No sé si yo misma te aniquilé o si en algún momento, sin darme cuenta, te cerré la puerta con llave cuando sólo habías salido un rato a tomar aire… No fue mi intención. Jamás quise hacerte a un lado.

Antes era tan fácil. Recuerdo lo sencillo que parecía todo dentro de mí cuando te tenía, cuando lo único que necesitaba para levantarme era pensarte, cuando lo único que me sanaba y me hacía sonreír eras tú, sólo tú, la que salía siempre a mi encuentro cuando yo corría sola y desconsolada, incluso cuando lo único que quería era dejarte, dejarme y dejarlo todo.

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UNA HOJA

Estoy sentada frente a una hoja en blanco

y no sé qué hacer con ella.

No sé si deba matarla de un solo golpe,

hacerla desaparecer.

Quizás deba tomarla,

acariciarla, darle todo mi amor,

cubrirla de ternura infantil.

Tal vez deba llenarla de recuerdos

o de lágrimas,

o de tinta azul un poco desordenadamente…

Me confunde su blancura cegadora,

me pone nerviosa la soledad con la que se presenta

y el instante en el que se atrevió a hacerlo.

Afuera todo está tranquilo

a mi alrededor también,

incluso dentro de mí…

pero la hoja no,

la hoja parece moverse desesperada,

parece estar incómoda, parece querer decirme algo.

Sin embargo, se mantiene callada.

Me acerco a ella

y la sujeto entre mis dedos

antes de que pueda hacer nada para escaparse.

La miro fijamente, la sostengo justo delante de mis ojos

y la acerco de a poco a mi rostro –la huelo–.

No sé qué hacer con ella.

Quizás lo más apropiado sea aniquilarla,

y aún así, no lo hago,

me hundo.

Miles de preguntas

se me vienen encima de improvisto.

Coloco la hoja cuidadosamente sobre la mesa.

La extiendo bien,

le deshago las pequeñas arrugas que se le habían formado

al contacto de mis dedos.

Parece verme amenazante.

Parece que espera a haga algo con ella,

a que la salve o a que la tire por la ventana.

Sin pensarlo más, tomo una pluma,

la lleno de insultos, la mancho toda.

Y enseguida me suelto a llorar,

se ensucia más, se empira a poner transparente.

En ese momento siento sus brazos a mi alrededor,

aplastándome,

siento sus manos tocándome todo el cuerpo

como si intentara arrancarme los brazos,

las piernas, los pechos.

También me muerde los labios hasta romperlos.

Yo sigo llorando,

y grito, y me ahogo, toso,

me restriego la cara con fuerza.

La hoja está deshecha en el suelo.

Su olor se hizo aire y su sabor está en mi sangre.

Unas horas más tarde el viento empuja a la hoja,

y esta se escurre por debajo de la puerta.

Me quedo adentro. Llamándo.

Dejó de tocarme,

no me abraza más.

no me siguió besando.

Busco otra hoja,

me cuesta hallar una entre tanta lágrima…

La coloco sobre la mesa.

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VENTANA

Estaba pensando en una ventana. La ventana estaba abierta. Me acechaba. Lanzaba mariposas con propulsión a chorro. La rodeaba una cortina de encaje amarillenta que a su vez cubría un marco de madera apolillado. Las polillas sin alas caminaban encima, se chocaban entre sí. El vidrio estaba manchado por el tiempo, no demasiado tiempo pero sí bastante manchado. Yo la miraba. Me preguntaba por la otra ventana, aquella en la que deseaba que ésta se transformara. Giré hacia la puerta. Me levanté. Mis pies, arrastrándose, me llevaron hacia el otro extremo de la habitación. La alfombra me llenaba de llagas los dedos, intentaba arrancarme las uñas. Suspiré. Me tragué la melancolía. Volví a la ventana hecha claustro. Observaba, no a través de ella, sino a la ventana en sí. El vidrio, el marco, los tornillos… Me restregué los ojos y la nariz. Parpadeé varias veces. Extendí la mano y posé mis dedos sobre el vidrio helado, sobre la suciedad del tiempo. Luego intenté eliminar las manchas, rascándola. Pero el sonido se hizo insoportable. De pronto, noté algo detrás. Afuera existía un afuera. Quería salir, quería irme. Era la hora precisa, perfecta, para hacerlo. Me ardían los pies y tenía tuídas las caderas. Me dirigí a la puerta pero no pude atravesarla. Me quedé dormida a sus pies, al calor de la luz que se colaba por debajo. Al despertar volví a la ventana. Contemplé el exterior, rasqué el vidrio con fuerza. Las uñas se me llenaron de mariposas.


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LEJOS

Qué quiero / qué no quiero/

No importa.

El lecho de mi efimeridad

Es tu carne triste.

La mediocridad es cada letra

en mi cuaderno tuyo.

Nada me pertenecerá

ni me permaneció nunca;

no pude sujetarte más fuerte,

mis piernas se quebraron,

no de cansancio

De frío.

Me martillea por dentro

la borrosa plenitud de tus besos lejanos.

Me retuerce las tripas

el olvido de tu recuerdo.

Nuestro minúsculo recorrido

cayó como vidrio roto

sobre un suelo de piedra.

Ya nada es secreto

Nada es misterio

y no hay momento

en que no te grite

desde los dedos de los pies,

hasta el cielo completo.

Te lejanía se va

Se esconde hasta perderse

entre las ranuras de las aceras

por las que no paseamos juntos.

Me desarmo en tus manos vacías,

transparentes.

Vuelo sobre tu techo

y mi pecho, llamándote,

se olvida de palpitar.

Y no te hallo

Y no me encuentro

Contigo

tan pavorosamente lejos.

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IDA Y VUELTA

Yo ya le había dicho a E, y con un poco de rabia, que no quería ir. Pero E no sabía escuchar, o entender. Tenía una especial experticia en hacer como que si yo no hubiera dicho nada. Íbamos sólo nosotros dos. Otros muchos venían de vuelta. Pero nosotros íbamos en aquella dirección, a pesar de todo. Nos miraban con apatía; se susurraban al oído a nuestro paso, sus ojos nos seguían brevemente. Me parecía que no avanzábamos, la ansiedad me atacaba las uñas de las manos. El tedio del paisaje no ayudaba. E conducía inmóvil, con la vista fija en el frente y las manos adheridas al volante. No sentía mi mirada posada sobre él por ratos, no me miraba ni de reojo. Iba más incorpóreo que de costumbre. Por lo mismo, yo procuraba mantener la vista fija en aquella pared rocosa y las eventuales cruces de madera decoradas con flores de plástico ya desteñido. E se movió finalmente: encendió la radio y se paseó en esta de extremo a extremo en busca de una estación. Pero no se oía más que interferencia, solo ruido. Apagó la radio de nuevo.

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LE PETIT CHAPERON ROUGE

Camina la señorita Q en un centro comercial. Da vueltas y vueltas sobre sus mismos pasos sin detenerse.Hay mucha gente alrededor, que se choca entre sí, que camina desordenada y con prisa viendo hacia el frente. Q toma un pasillo y avanza. De frente a Q viene -como en cámara lenta con un cabello reluciente y pasos elegantes, Le petit chaperon rouge-.

La Srita. Q la observa asombrada y la sigue con la vista. Le petit chaperon rouge cruza hacia el siguiente pasillo, Q la sigue, por el otro lado, para encontrarla de frente. Le petit chaperon rouge voltea hacia todos lados mientras camina y sonríe. Q se fija en sus labios, acercándose lentamente. Se detiene frente a una vitrina mientras Q aún la observa; luego empieza a moverse como bailando: los ojos de Q se abren más. Pero Le Petit C. no se ha movido, cruza y entra a una tienda. Q se da la vuelta y se aleja un poco arrastrando los pies, se sienta en una banca cercana y mira de un lado a otro como buscando algo. Se dice a sí misma que eso no está pasando, pero que realmente le gustaría gustarle a ella. Esto no me está pasando… se levanta y entra decidida a la tienda, se le acerca lo más que puede a Le Petit C. y la toma del cuello, la aprieta. Le Petit C. se mueve y trata de soltar las manos de Q de su cuello. Entre la lucha por soltarse intenta desesperadamente besar a Q. Hasta que se queda inmóvil sujetada del cuello por Q. Q continúa en la banca. Mucha gente pasa frente a ella. El sol está más fuerte afuera y se refleja en el suelo del comercial. Los pasos desordenados de la multitud se tropellan entre sí. Q está sudando en la banca. Pasan de pronto, frente a ella, el Sr. Y y la Sra. N. pero Q los observa.

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ZOON POLITIKON

L. está parado sobre la silla de cuero rojo adentro de la oficina 7D del Edificio M. Su respiración insuficiente lo aturde. Afuera la rebeldía del tiempo pisotea la individualidad. El cielo dialoga con las oscuridad por medio de gotas minúsculas, manchadas de luces azules y amarillas, líquidas. Hasta el ambiente es cuestionable, pero no hay respuestas. L. analiza el comportamiento de los insectos que están debajo de su silla.

Los observa y saca diversas conclusiones acerca de su forma extraña -y ajena- de actuar. Desafiante, sostiene su mirada borrosa sobre esas criaturas, cada vez más amenazantes, que han comenzado a escalar, dirigiéndose hacia él. Sus conclusiones ya no son triviales. Teme por sus zapatos brillantes y por sus calcetines celestes de finas rayas corintas. De pronto se siente invencible, fuerte: superior. Sabe ya casi con seguridad que, si él quiere, todo puede estar bajo su control. No hay coerción posible alguna entre el sueño y su cuerpo y sin embargo se siente obligado a quedarse arriba. No intenta ni intentará bajar. Su astucia es nula, así como su inteligencia, y su porvenir. Está allí y afuera la gente se mata a gritos, rodeados del gas tóxico de la total indiferencia.

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LUEGO DE QUE MANUEL, HARTO DE EXISTIR, HABÍA DECIDIDO DEJAR DE HACERLO

La puta del 28 estaba sentada en la esquina de abajo. Se había despertado justo allí. Dos pisos arriba, Raúl miraba por la ventana, demacrado, con los últimos días y noches marcados en las ojeras. Me quedé observando fijamente el cielo, que esa mañana se hacía tierra, acostada en la orilla de mi balcón diminuto, con los brazos extendidos hacia los lados. Intentando volar, soñando a volar. Los pómulos los tenía cubiertos de puntos rojos y por lo mismo me ardía, tenía las glándulas salivales más inflamadas que de costumbre y mi estómago, vacío, gritaba de miedo; miedo de perderse, miedo de perderme. El dolor se subía a la cabeza haciéndome cerrar los ojos como si fueran labios que de rabia se apretaban con fuerza. En el cielo de la boca tenía pedazos de carne; de mi propia carne colgando helados y secos, el esófago se me podría. Estaba allí, convertida en una máquina de soledad, hecha una tinaja de cartas líquidas de despedidas. Raúl miraba hacia enfrente con mil recuerdos, ya borrosos, abandonados adentro y pesándole en la espalda. Me levanté y entré a tomarme un vaso de agua con sal. Mientras bebía rápidamente todo el contenido de aquél vaso gigantesco noté que entre las paredes se escurría un irreconocible y desagradable olor. Sentí que me ahogaba. Corrí al baño y al salir noté que el suelo estaba cubierto por completo de hormigas; se movían como bailando y se dirigían con prisa hacia el ruedo de mis pantalones. El esófago me ardía más, sentía la cara hinchada. Salí al balcón.

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NADA

Yo no quería nada.

La luz era una cortina cerrada

y las paredes niños que gritaba en torno mío.

Yo no tengo casi nada;

las letras se hacen insuficientes,

los autos son aves que me arrastran

y me despluman.

La lucha es exhaustiva.

La lucha por atravesar

esa delgadísima línea

entre esto y aquello.

Los zapatos de mis enemigos

resuenan en mi suelo interior.

Yo no tenía nada.

Y no tengo nada ahora,

Solamente la inmensa oportunidad

de abrir la puerta…

(¿Quiero?)

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DONCELLAS

Silencio.

Allí vienen mis doncellas.

Se acercan de puntillas

con sus batas rosas

y sus rostros infantiles.

Silencio.

Que entran con cuidado

se aproximan a mi cama

esforzándose por no hacer ruido.

Aquí están ya.

Me han traído

en charolas de plata

un banquete de sueños

y en una botella

un poco de eternidad.

Me acarician el cabello

me acomodan

me sirven

los manjares veraniegos

para agotarme.

Sacan de pequeños sacos de terciopelo rojo

los puñales

para corromperme.

Y con su cara endemoniada

y angelical de calavera

me sonríen

me levantan.

Silencio.

Que ya me llevan

con mis palabras trabadas en la garganta

a la penumbra.

Silencio todos.

El universo se hace gigante

y mi tumba lecho suave.

Nuevas luces nacen

como bellas flores

brillan

como doncellas.

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LA ESPERA

Como extrañar, como pedir a la nada, insistentemente, por la presencia de algo –cualquier cosa- que habite este vacío. Sentimientos se interponen a fuegos de antaño. Un muro se acerca y se aleja como un neumático colgado de una cuerda, vieja, podrida, a punto de reventarse. La amistad es una suma de dicha y de debilidad oculta; una manera de probar la intolerante soledad sin ofuscación o nausea. Como tener en vigilia el corazón, como llorar perdón y piedad. Un tornado desesperanzador que, vengativo, lo arranca todo. La espera es sudor doloroso sobre los párpados y una tarde soleada que pesa encima. Canción de silbidos exhaustos. Se derrama un cuerpo humanoide sin deseos, sin contiendas; triunfantes los roedores.

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