Hubiéramos querido despertar un día, en medio de la pandemia y enredades en aquellos aparentes silencios del confinamiento –la manera en que, en su cacofonía, re/producía exclusiones–, y notarnos capaces83 de re-tornar de manera responsable, de prestar atención. Re-memorar como práctica de con-memorar y como ejercicio de repetir, revivir, retomar y recuperar (Haraway, Seguir). Hubiéramos querido poder pasar de una ética del cuidado a una de la implicación para saber responder. Acaso la enacción ya en marcha desde la experiencias de la pandemia y sus entrelazamientos habría hecho posibles prácticas de enseñanza-aprendizaje capaces de interrumpir, desde la cotidianidad, la manera como nos relacionábamos, afectábamos y participábamos de la materialización de la realidad. Habríamos podido adentrarnos en experiencias que no tuvieran que ver con un sujeto individual –donde pensar(nos) como individuos resultara inconcebible– sino con la afectación entre espaciotiempos y materialidades, ahí, donde se produce la agencia. Hubiésemos aspirado así a propiciar co-re/generaciones participativas entre humanos y más que humanos, relacionamientos y devenires interrumpiendo capaces de interrumpir los efectos de subjetivación, la racialización, la sexualización y la naturalización; difuminando los dualismos. Acaso nos habríamos hecho unes a otres capaces en colectividades (formas diversas, fluidas y cambiantes de hacer comunes) in/com/posibles84: en una contradicción afirmativa (Deleuze, Diferencia y repetición). Re/generando diferencias, expresiones sobre pretensiones.
Hubiéramos querido notarnos sumergides en un trayecto insurreccional, en un devenir-multiplicidad, como movimiento propio de un devenir-minoría. Una función sin fundamento, anónima, colectiva o de tercera persona: «Agenciamiento maquínico no subjetivo, sin propiedades intrínsecas, sino únicamente de situación» (Deleuze y Guattari, Mil mesetas 361). Enactuar prácticas de conocimiento como estrategias conjuntas para componer-con entre les que faltan, afectos colectivos como conciencia distribuida y extendida, un flujo relacional (remembranzas como remembramientos). No ya lo que puede llegar a ser pensado por otres, humanos (Dolphijn citado en Braidotti y Dolphjin), sino cartografías (más que humanas) de las resonancias a través de las cuales lo que existe llega a importar y a materializarse. Concebir una ciencia de los efectos, una ecología de la forma. Y, al mismo tiempo, cuestionar los modos de existencia que hasta entonces habían estado siendo mejorados, permitidos, prohibidos o pospuestos en las formas de producción de conocimiento, «siempre al acecho, contra el Padre, el Bien y el Poder» (Negri 52).
Nos habría gustado volver al mundo y abrazar la vida como agencia colectiva, en continua transformación, como winaq. Saber que se puede estar en la vida sin ser/estar winaq: cuando no se es capaz de responder, ma tz’eel tnaab’il, que se deja de ser winaq cuando se pierde la razón, la mente, la conciencia (Jiménez y Ch’ok 74), es decir, cuando dejamos de ser imputables. Como si hubiéramos comprendido –nosotres, aprendices de las historias de los héroes– aquel fragmento del Popol Wuj en el que los objetos, junto con los animales, se rebelan en contra de seres antropomórficos a los que les reclaman su desconsideración con todo lo que hay en el mundo. Parecían winaq, habían dicho, pero «no tenían espíritu, no tenían pensamiento». Eran como marionetas, «sus caras eran secas, sus mejillas estaban secas, parecían máscaras». Por eso los destruyeron.
Vino el jaguar masticador que comió sus carnes […], fueron escarmentados por incompetencia ante su madre creadora y ante su padre creador […]. Hablaron todas sus tinajas, sus comales; sus platos; sus ollas; su nixtamal […]. Sus piedras de moler dijeron: –En nuestra cara ustedes molían todos los días […]. Luego ollas les dijeron: –Mucho dolor nos causaste; nuestras bocas están tiznadas, nuestras caras están tiznadas; siempre estábamos sobre el fuego, ustedes nos quemaban porque no sentíamos dolor. (Colop 38-40)
Cuando estos seres intentaron huir, casas, árboles y cuervas les interrumpían el paso o los rechazaban. Y, sin embargo, la economía de datos, la crisis climática y las nuevas posibilidades biotecnológicas (como la edición de genes CRISPR o la minería espacial) se fueron sumando al geno/eco/cidio ya pre-establecido por arreglos particulares y cuyo cauce se intensificó cuando el confinamiento se dio por terminado.
Podríamos habernos asumido ya posthumanos, desde la cotidianidad de la existencia, y abandonar la tendencia al antropocentrismo. Notarnos en flujos continuos, como ensamblajes físico-cognitivos, como holobiontes, intra-conectades. Reconocer que ya nos encontramos siempre en procesos de devenir-multiplicidad, y que tampoco existe un punto inicial u origen en el que no lo éramos. Que lo que somos es a la vez lo que hemos sido y lo que seremos. Re/membrar y reconocer que la dinámica misma de la materialidad, como fenómeno, está ligada a patrones de difracción (diferenciados/diferencias, différance], es decir, lo que la materia es (diferencia relacional en todo sentido). Podríamos haber atendido el llamado a transformar nuestras formas de relación, reconociéndonos multitudes, ya en una dinámica de in/determinación que desajusta el binario yo/otro y la mera noción de un yo como unidad (Barad, «Diffracting Diffraction»), esto es responder como responsabilidad, atendiendo (tendiéndole la mano a) la agencia del mundo, en comunidades multiespecie. Abrazar la performatividad queer de la existencia –cuando todo tipo de imposibilidad resulta posible incluso en la causalidad, la materia, el tiempo y el espacio (Barad, «Nature’s Queer Performativity*»).
Desearíamos haber sido sorprendides en proceso de devenir, situades y encarnades, como parte de una dinámica en la que nos estamos convirtiendo en algo más mientras dejamos de ser también otra cosa, lo que tiene que ver con la manera como la materia llega a importar y a materializarse a través de prácticas, aparatos, arreglos sociotécnicos y relacionamientos naturoculturales con los que estamos ya entrelazades y con «la acción de cortar a través/deshacer el pensamiento colonial en un intento de llegar a término con las violencias insondables del colonialismo en sus entrelazamientos materiales específicos» (Barad, «Troubling time/s» 70).
Esto habría implicado reconocer que se ha producido y se sigue produciendo más conocimiento de lo que se reconoce como científico o académico y cómo esta disparidad en grados de reconocimiento constituye una operación de poder. Enactuar una práctica de dejarse instruir por los ensamblajes humanos y más que humanos, «desterritorializarse a […] [une misme] renunciando, yendo a otra parte […]. Otra justicia, otro movimiento, otro espacio-tiempo» (Deleuze y Guattari, Mil mesetas 361).
En un sentido amplio somos ya cuerpos posthumanos. La pandemia, junto con sus fantasmas, se nos presentó en la forma de ensamblajes y agenciamientos «genéticos y bacterianos heterogéneos modulados por infraestructuras sociales y tecnológicas» (Braidotti, Feminismo posthumano 112), como carne activada por olas de deseo, el efecto de códigos genéticos en despliegue y formateada por relaciones sociales. Nadie sabe lo que puede el tecnocuerpo. Cuerpos relacionales y afectivos cuya base ontológica es el deseo de perseverar en la existencia. El temor a quedarnos sin aire nos lo dejó claro. Y «lo que afecta […] pide relevo, reposición […] Lo que nos afecta responde a una ecología de lo viral; a falta de huéspedes, lo que afecta se marchita y no podrá afectar a nadie más. Lo que afecta nos requiere» (Despret, A la salud 85). La materialidad participa moldeando el mundo en que vivimos y morimos. La materia, en sus intra-acciones, nos lleva a devenir-afecto. «Se deviene con el mundo […], se deviene universo. Devenires animal, vegetal, molecular, devenir cero» (Deleuze y Guattari, ¿Qué es la filosofía? 171).
Acaso durante el confinamiento obligado por la pandemia nos fue posible acercarnos de alguna manera a aspectos de la cotidianidad de maneras distintas, dejándonos afectar, prestando atención, propiciando exploraciones –re-comenzando con una renovada responsabilidad– sin pretensión de conquista, desde el presente, ese allí–ahora con su grafía y sus sombras, sobre todo las que nadie ha registrado en el archivo de sus intereses, lo no capturable, lo que siempre se escapa, las contramemorias. La materia, cabe recordar, no es lo que existe separado del significado –la materialización es asunto de lo que llega a importar/materializarse y lo que no (Barad, «Diffracting Diffraction»)–, relacionamientos que dan paso a producciones o re/generaciones: tristezas y/o alegrías, des/composiciones.
Las palabras no son solo signos de algo: tienen la capacidad de moldear la realidad material. Las palabras no dicen, sino hacen cosas. De ello también se deriva la complejidad de relacionarse con otros textos, con las prácticas escriturales o narrativas de otras corporalidades (porque no solo los seres humanos escribimos y generamos significados), con las maneras en que nos leemos y desde dónde lo hacemos.
Lo anterior requiere de un compromiso con los efectos del flujo inmanente de la existencia y sus modos infinitos (virtuales actualizándose o no), conexiones con/formando regularidades, un empirismo carnal que implica despertar ante una realidad semiótica-material en la que la carne humana, la inteligencia y las capacidades son producidas intra-activamente en las relaciones, su conexión con ensamblajes que incluyen lo animal y la tierra. Pensamos con todo el cuerpo como entrelazamiento y dinámica, un sentido distribuido de agencia neural que conecta la cognición con el medioambiente y sus múltiples ecologías. «La “mente” es una configuración material específica del mundo, no necesariamente en coincidencia con un cerebro. Las células cerebrales no son las únicas que retienen memorias, responden a estímulos o generan pensamientos» (Barad, Meeting 379). Retener, responder y pensar son compromisos intra-activos con, y como parte de configuraciones específicas del mundo. Anzaldúa apunta: «Tiemblo ante lo animal, lo ajeno, lo intra o sobrenatural, el yo que tiene algo en común con el viento y los árboles y las rocas, que posee una implacable determinación demoníaca más allá de lo humano» (100). Vida como zoe (Braidotti, Lo Posthumano), generativa, dinámica, inhumana (Barad, «Nature’s Queer Performativity*»), afectiva.
La tierra, no obstante, nos sigue llamando, nos invoca, como lo ha hecho desde siempre, aunque la llegada de algunos cuerpos haya sido por siglos prematura; respuesta obligada y demasiado temprana a un llamado paciente. Podemos dejarnos instruir por ella, con la conciencia de ella constituimos un entrelazamiento en el que los cuerpos se expanden y transforman hasta devenir multitudes, libres de etiquetas y de identidades, de los nombres que nos nombran y nos hacen blanco identificable, imperceptibles, más nunca ausentes ni sin capacidad de generar efectos y afectos. Estar con la tierra, afectarse-con en sus entrelazamientos –y las abuelas nos lo advertían: a quien come tierra se le llena la panza de lombrices– es también entrar en contacto con una diversidad de seres que saben navegar el mundo en sus formas más inhóspitas y que a la vez han cultivado por millones de años las artes de resucitar a los muertos. Como escribe Preciado (Un apartamento):
Puesto que la modernidad humanista no ha sabido sino hacer proliferar las tecnologías de la muerte, el animalismo necesitaría inventar una nueva manera de vivir con los muertos. Vivir con el planeta como cadáver y fantasma. Es decir: transformar la necropolítica en necroestética. El animalismo debe ser una fiesta fúnebre. La celebración de un duelo. Un rito funerario. Un nacimiento. En consecuencia, una relación con la muerte y una iniciación de la vida. (126)
Las amplias redes subterráneas de micelio, cableado complejo de señales químicas y eléctricas, resguardan la memoria de los pueblos y los bosques en un inmenso enredo que no sabe de fronteras. Somos-con entrelazamientos situados, encarnados y distribuidos sujetos a la materialidad y los efectos de otras formas de existencia a las que también afectamos. Y siempre podemos comprometernos con nuevas estrategias para encontrarnos –potencias para vivir y para morir bien–, como transcorporalidades (Alaimo citada en Braidotti y Hlavajova) plurales y transversales, devenires, intra-afecciones, inmanencia. No ya descolonizar el pensamiento ni re/producción de políticas identitarias, sino otras, múltiples, formas de devenir, ningún universalismo. Acaso también podamos dejarnos instruir por el virus y aprender acerca de una política del devenir-mutante, del no-ser-nunca-lo-mismo (Preciado, Dysphoria): una performatividad posthumana.
Cada convergencia entre multiplicidades genera un entramado complejo de experiencias y memorias que producen algo más, virtualmente todas las posibilidades. La imaginación se abre en diferentes direcciones, según los intereses y las sensibilidades. Los recuerdos y los olvidos resultan de los movimientos de cada cuerpo, influidos por el territorio en/con el que se encuentran y por sus líneas de fuga, por los territorios en/con los que se desencuentran, conformados por muchos otros cuerpos, incluidas las piedras con sus memorias cósmicas, la vegetación enredada con un suelo –mantos freáticos, intervenciones, encuentros previos y por venir–. Infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos (Barad, «Transmaterialities»).
Al asumirnos como cuerpos de tierra, de agua, de códigos y algoritmos que viven y mueren juntos con una multitud de otros no-humanos la imputabilidad encuentra un lugar: las relaciones donde se enactúa la responsabilización y la rendición de cuentas, las exclusiones de cuya enacción participamos (lo que importa/se materializa y lo que es excluido de importar/materializarse) (Barad, Meeting); un sitio ontológico de devenir. No se trata ya de historias que llevan a un lugar por una ruta determinada cual cuerpo sin enredos (mejor un cuerpo sin órganos) ni las historias contadas por un narrador-dios que lo organiza todo para reforzar la creencia en su omnipotencia, como prácticamente todas las historias masculinas, desde su mirada y moldeadas por sus manos. Los ojos de Júpiter que arrancan lo que ven. En cambio, devenir-sensible, «el acto a través del cual algo o alguien incesantemente se vuelve otro (sin dejar de ser lo que es) […] [y] devenir conceptual […], el acto a través del cual el propio acontecimiento común burla lo que es» (Deleuze y Guattari, ¿Qué es la filosofía? 179). También es posible implicarse sin marcar un punto de partida y sin fundar un origen, escuchar más que mirar, e hilar con los pies. «La materia es ya una historicidad en proceso» (Barad, «Posthumanist Performativity» 821). O, como lo plantea Serres, «en suma, ¿quién escribe? Respuesta: los seres vivos sin excepción, sobre las cosas y entre ellos; las cosas del mundo, las unas sobre las otras, los planetas oscuros, las estrellas centelleantes y las galaxias luminosas […]. Si la historia comienza con la escritura, entonces todas las ciencias entran, junto con el mundo, en una historia nueva y sin olvido» (citado en Despret, Autobiografía 40).85 Aproximarse también a las inscripciones de las ausencias para que cuenten lo que quieran contar y pidan lo que necesitan recibir de vuelta.
83 Los relacionamientos, como intra-acciones, producen agencias. Desde una perspectiva materialista la agencia es distribuida, no es algo que alguien posee, sino lo que se enactúa a partir de múltiples flujos materiales (relacionales) (Barad, Meeting). La capacidad es, así, también lo que surge de las intra-acciones: nos hacemos capaces unes a otres, no es algo que se posee o que se deriva de una conciencia individual.
84 En Mil Mesetas, Deleuze y Guattari escriben que «lo indecible es por excelencia el germen y el lugar de las decisiones revolucionarias» (476).
85 Barad escribe también que «cuando la historia [history] se separó de los relatos [story], comenzó a satisfacerse con la acumulación de hechos. O pensó que podía hacerlo» («Diffracting Diffraction» 182).
*Fragmento de González-Reiche, Luisa. Desobedecer con alegría: Enactuar pedagogías poshutmanas. Cara Parens, 2024.
Imagen: Re/fundaciones, arrecife de coral. Collage, 2024 (fragmento).