Para contar una historia, parece, es necesario un héroe. Antes que nada, el héroe se hace presente. Interrumpe la quietud del vacío, e ignorando su cacofonía, se adentra en el espacio –el sueño de Demócrito, utopía euclidiana–. Incorpora la materia donde antes no la había, ocupa y se ocupa de dibujar un horizonte. Astronauta que contempla el infinito mientras se sueña a sí mismo. Su punto de partida es siempre uno, el punto de fuga desde el que surge toda perspectiva; percepción lineal, (re)presentación lógica de lo que puede ser visto. Discrimina lo interno de lo externo y la brecha intermedia –la apariencia y la adecuación–; es capaz de desvelar el sentido de su existencia, de encontrarse a sí mismo a partir de re/conocer su esencia. Descubre así la ruta que el destino traza para él.
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