LE PETIT CHAPERON ROUGE

Camina la señorita Q en un centro comercial. Da vueltas y vueltas sobre sus mismos pasos sin detenerse.Hay mucha gente alrededor, que se choca entre sí, que camina desordenada y con prisa viendo hacia el frente. Q toma un pasillo y avanza. De frente a Q viene -como en cámara lenta con un cabello reluciente y pasos elegantes, Le petit chaperon rouge-.

La Srita. Q la observa asombrada y la sigue con la vista. Le petit chaperon rouge cruza hacia el siguiente pasillo, Q la sigue, por el otro lado, para encontrarla de frente. Le petit chaperon rouge voltea hacia todos lados mientras camina y sonríe. Q se fija en sus labios, acercándose lentamente. Se detiene frente a una vitrina mientras Q aún la observa; luego empieza a moverse como bailando: los ojos de Q se abren más. Pero Le Petit C. no se ha movido, cruza y entra a una tienda. Q se da la vuelta y se aleja un poco arrastrando los pies, se sienta en una banca cercana y mira de un lado a otro como buscando algo. Se dice a sí misma que eso no está pasando, pero que realmente le gustaría gustarle a ella. Esto no me está pasando… se levanta y entra decidida a la tienda, se le acerca lo más que puede a Le Petit C. y la toma del cuello, la aprieta. Le Petit C. se mueve y trata de soltar las manos de Q de su cuello. Entre la lucha por soltarse intenta desesperadamente besar a Q. Hasta que se queda inmóvil sujetada del cuello por Q. Q continúa en la banca. Mucha gente pasa frente a ella. El sol está más fuerte afuera y se refleja en el suelo del comercial. Los pasos desordenados de la multitud se tropellan entre sí. Q está sudando en la banca. Pasan de pronto, frente a ella, el Sr. Y y la Sra. N. pero Q los observa.

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MIEDO

Me acuesto a ver el cielo

y el tiempo corre encima

con un impulso vitalista.

Las nubes se borran

se disipan.

Las estrellas

hambrientas

se apoderan de mi sonrisa

y mi éxtasis.

Meten su brillo en mis ojos

como revolucionarias sin causa

sin argumento

propio o ajeno.

El miedo es una broma

que gotea como sangre.

La tarde se llevó mi fuerza

y las nubes la ternura.

Hay fisuras en la noche

entre las que se escurren los sueños.

Se extravían.

No se percatan de esa luna

alucinante

casi cegadora.

Estoy encinta del mordaz enrarecimiento.

La simpleza de mis costumbres

se extiende

se hace incontrolable

pesada.

Ficticio sufrimiento de encierro.

La derrota es el cielo entero sobre mi cuerpo

y las estrellas

que me arrancan la visión.

Mi piel se moja.

Se cubre

de miedo.

 


 

2000

*Imagen: Mitch Dobrowner

 

 

ZOON POLITIKON

L. está parado sobre la silla de cuero rojo adentro de la oficina 7D del Edificio M. Su respiración insuficiente lo aturde. Afuera la rebeldía del tiempo pisotea la individualidad. El cielo dialoga con las oscuridad por medio de gotas minúsculas, manchadas de luces azules y amarillas, líquidas. Hasta el ambiente es cuestionable, pero no hay respuestas. L. analiza el comportamiento de los insectos que están debajo de su silla.

Los observa y saca diversas conclusiones acerca de su forma extraña -y ajena- de actuar. Desafiante, sostiene su mirada borrosa sobre esas criaturas, cada vez más amenazantes, que han comenzado a escalar, dirigiéndose hacia él. Sus conclusiones ya no son triviales. Teme por sus zapatos brillantes y por sus calcetines celestes de finas rayas corintas. De pronto se siente invencible, fuerte: superior. Sabe ya casi con seguridad que, si él quiere, todo puede estar bajo su control. No hay coerción posible alguna entre el sueño y su cuerpo y sin embargo se siente obligado a quedarse arriba. No intenta ni intentará bajar. Su astucia es nula, así como su inteligencia, y su porvenir. Está allí y afuera la gente se mata a gritos, rodeados del gas tóxico de la total indiferencia.

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LUEGO DE QUE MANUEL, HARTO DE EXISTIR, HABÍA DECIDIDO DEJAR DE HACERLO

La puta del segundo nivel estaba sentada en la esquina de abajo. Se había despertado allí. Raúl miraba por la ventana cuatro pisos arriba, demacrado, con los últimos días y noches marcados en las ojeras. Yo observaba fijamente el cielo, que esa mañana se hacía tierra, acostada en la orilla de mi balcón diminuto, con los brazos extendidos hacia los lados, intentando volar. Tenía los pómulos y los párpados cubiertos de puntos rojos y las glándulas salivales más inflamadas que de costumbre. Mi estómago, vacío, gritaba de miedo; miedo de perderse, miedo de perderme. Una punzada escalaba en dirección de mi cabeza haciéndome cerrar los ojos como si fueran labios que, de rabia, se apretaban con fuerza. Pequeños trozos de mi propia carne me colgaban helados y secos del cielo de la boca, el esófago seguía sangrando. Me pensé como una máquina de soledad, luego como una tinaja de cartas líquidas de despedida. A Raúl le pesaban recuerdos, ya borrosos, en la espalda. Me levanté y entré a tomarme un vaso de agua con sal. Mientras bebía rápidamente todo el contenido, noté que entre las paredes se escurría un olor irreconocible y desagradable. Sentí que me ahogaba. Corrí al baño y al salir noté que el suelo estaba cubierto por completo de hormigas; se movían como bailando y se dirigían con prisa hacia el ruedo de mis pantalones. El esófago me ardía más, sentía la cara hinchada. Salí al balcón.

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NADA

Yo no quería nada.

La luz era una cortina cerrada

y las paredes niños que gritaba en torno mío.

Yo no tengo casi nada;

las letras se hacen insuficientes,

los autos son aves que me arrastran

y despluman.

La lucha es exhaustiva.

La lucha por atravesar

esa delgadísima línea

entre aquí y allá, ahora y entonces.

Los zapatos de mis enemigos

resuenan en mi suelo interior.

Yo no tenía nada.

Y no tengo nada ahora,

Solamente la inmensa oportunidad

de abrir la puerta…

(¿Quiero?)

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DONCELLAS

Silencio.

Allí vienen mis doncellas.

Se acercan de puntillas

con sus batas rosas

y sus rostros infantiles.

Silencio.

Que entran con cuidado

se aproximan a mi cama

esforzándose por no hacer ruido.

Aquí están ya.

Me han traído

en charolas de plata

un banquete de sueños

y en una botella

un poco de eternidad.

Me acarician el cabello

me acomodan

me sirven

manjares veraniegos

para agotarme.

Sacan de pequeños sacos de terciopelo rojo

los puñales

para corromperme.

Y con su cara endemoniada

y angelical de calavera

me sonríen

me levantan.

Silencio.

Que ya me llevan

con mis palabras trabadas en la garganta

a la penumbra.

Silencio todos.

El universo se hace gigante

y mi tumba lecho suave.

Nuevas luces nacen

como bellas flores

brillan

como doncellas.

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LA ESPERA

Como extrañar, como pedir a la nada, insistentemente, por la presencia de algo –cualquier cosa- que habite este vacío. Sentimientos se interponen a fuegos de antaño. Un muro se acerca y se aleja como un neumático colgado de una cuerda, vieja, podrida, a punto de reventarse. La amistad es una suma de dicha y de debilidad oculta; una manera de probar la intolerante soledad sin ofuscación o nausea. Como tener en vigilia el corazón, como llorar perdón y piedad. Un tornado desesperanzador que, vengativo, lo arranca todo. La espera es sudor doloroso sobre los párpados y una tarde soleada y pesada. Canción de silbidos exhaustos. Un cuerpo humanoide se derrama, sin deseos ni contiendas; triunfantes los roedores.

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IGNOMINIA

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Yo estaba bastante dormida cuando me embistió de pronto ese sueño dulce y condenable, aquél sueño tan horrorosamente infausto y maravilloso, casi encantador… Me acaricié el cuerpo sin darme cuenta, me sentí y abrí los ojos; la luz de la madrugada atravesaba la cortina blanca con cierta timidez, vi hacia mi alrededor en penumbras y sonreí, seguí durmiendo e intentando encontrar de nuevo aquél sueño.

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