Piel eriza.
Reacción en luz.
Solitariamente –sola–
Y mojada.
Adentro.
Puñaladas frías.
Solitariamente sola
Y entintada.
Hambrienta.
Harta.
Oscura.
Espalda dura;
Sin manos.
Solitariamente sola
Y cortada.
2000
*Imagen: Christophe Dillinger
La puta del segundo nivel estaba sentada en la esquina de abajo. Se había despertado allí. Raúl miraba por la ventana cuatro pisos arriba, demacrado, con los últimos días y noches marcados en las ojeras. Yo observaba fijamente el cielo, que esa mañana se hacía tierra, acostada en la orilla de mi balcón diminuto, con los brazos extendidos hacia los lados, intentando volar. Tenía los pómulos y los párpados cubiertos de puntos rojos y las glándulas salivales más inflamadas que de costumbre. Mi estómago, vacío, gritaba de miedo; miedo de perderse, miedo de perderme. Una punzada escalaba en dirección de mi cabeza haciéndome cerrar los ojos como si fueran labios que, de rabia, se apretaban con fuerza. Pequeños trozos de mi propia carne me colgaban helados y secos del cielo de la boca, el esófago seguía sangrando. Me pensé como una máquina de soledad, luego como una tinaja de cartas líquidas de despedida. A Raúl le pesaban recuerdos, ya borrosos, en la espalda. Me levanté y entré a tomarme un vaso de agua con sal. Mientras bebía rápidamente todo el contenido, noté que entre las paredes se escurría un olor irreconocible y desagradable. Sentí que me ahogaba. Corrí al baño y al salir noté que el suelo estaba cubierto por completo de hormigas; se movían como bailando y se dirigían con prisa hacia el ruedo de mis pantalones. El esófago me ardía más, sentía la cara hinchada. Salí al balcón.
Todo lo superfluo
se convierte en un colegio de intelectuales.
Entre los escombros yacen las ideas
que pudieron haber sido.
Las sombras cantan canciones inmaduras,
muerte sin vida anterior.
La rebeldía de los seres mecanizados
es combatida por su propia naturaleza.
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El filo de mi desesperación
me está cortando.
En mi cintura se ha detenido el dolor.
Me doblo por el sufrimiento
de no poder sacar mi llanto.
No hay lugar con oídos
para mi voz.
Me escondo frente a los espejos
involuntariamente.
Sintiéndome invencible me cuelgo
de la soga del tiempo.
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Yo no quería nada.
La luz era una cortina cerrada
y las paredes niños que gritaba en torno mío.
Yo no tengo casi nada;
las letras se hacen insuficientes,
los autos son aves que me arrastran
y despluman.
La lucha es exhaustiva.
La lucha por atravesar
esa delgadísima línea
entre aquí y allá, ahora y entonces.
Los zapatos de mis enemigos
resuenan en mi suelo interior.
Yo no tenía nada.
Y no tengo nada ahora,
Solamente la inmensa oportunidad
de abrir la puerta…
(¿Quiero?)
Silencio.
Allí vienen mis doncellas.
Se acercan de puntillas
con sus batas rosas
y sus rostros infantiles.
Silencio.
Que entran con cuidado
se aproximan a mi cama
esforzándose por no hacer ruido.
Aquí están ya.
Me han traído
en charolas de plata
un banquete de sueños
y en una botella
un poco de eternidad.
Me acarician el cabello
me acomodan
me sirven
manjares veraniegos
para agotarme.
Sacan de pequeños sacos de terciopelo rojo
los puñales
para corromperme.
Y con su cara endemoniada
y angelical de calavera
me sonríen
me levantan.
Silencio.
Que ya me llevan
con mis palabras trabadas en la garganta
a la penumbra.
Silencio todos.
El universo se hace gigante
y mi tumba lecho suave.
Nuevas luces nacen
como bellas flores
brillan
como doncellas.
Estás desnudo./ Sentado./ Entre el vacío./
Y la oscuridad es eterna,
Y la densidad imponderable.
Como extrañar, como pedir a la nada, insistentemente, por la presencia de algo –cualquier cosa- que habite este vacío. Sentimientos se interponen a fuegos de antaño. Un muro se acerca y se aleja como un neumático colgado de una cuerda, vieja, podrida, a punto de reventarse. La amistad es una suma de dicha y de debilidad oculta; una manera de probar la intolerante soledad sin ofuscación o nausea. Como tener en vigilia el corazón, como llorar perdón y piedad. Un tornado desesperanzador que, vengativo, lo arranca todo. La espera es sudor doloroso sobre los párpados y una tarde soleada y pesada. Canción de silbidos exhaustos. Un cuerpo humanoide se derrama, sin deseos ni contiendas; triunfantes los roedores.
Tú, más que nadie, sabes lo que soy.
Soy esto:
soy mi lengua
soy esa extraña parte de materia
que desea ser inmaterial.
Quisiera lanzarme del puente
al río aquél de tranquilidad profunda.
Caer. Volar. Más rápido que las lágrimas,
más lejos que el ardor que me jala el rostro.
Yo estaba bastante dormida cuando me embistió de pronto ese sueño dulce y condenable, aquél sueño tan horrorosamente infausto y maravilloso, casi encantador… Me acaricié el cuerpo sin darme cuenta, me sentí y abrí los ojos; la luz de la madrugada atravesaba la cortina blanca con cierta timidez, vi hacia mi alrededor en penumbras y sonreí, seguí durmiendo e intentando encontrar de nuevo aquél sueño.
Todo lo superfluo se convierte en un colegio de intelectuales
Entre los escombros vuelan las ideas
que no llegaron a serlo
Y cantan las sombras canciones inmaduras
de muerte
sin vida anterior.
No pudo ser más que silencio. No fue; no es: no será. Pasa en su auto por la calle -en el camino aquél; en los puentes de oro con ríos de oro abajo-. Encadenado fue; -va, irá-, por el misterio, por sus sueños, por las imágenes que fueron y no pudieron ser.
Cuantas veces buscó inútilmente la sobrevivencia en este su y nuestro mundo. Y no sólo él, no; todos aquí. Pero las calles se mueven y nos botan. Esas calles húmedas. No son sólo las nubes sucias las que manchan los corazones, también las ideas, que vuelan entre ciudades /como transparentes siluetas –monstruosas– / no se van ni se esconden. Ellos, como insectos, sólo movían sus patas sin sentido, con sus voces dormidas.
En este momento
de primaveras sombrías,
los cañonazos nos distraen.
Torrentes
de huéspedes invisibles
pueblan el cielo.