LUEGO DE QUE MANUEL, HARTO DE EXISTIR, HABÍA DECIDIDO DEJAR DE HACERLO

La puta del segundo nivel estaba sentada en la esquina de abajo. Se había despertado allí. Raúl miraba por la ventana cuatro pisos arriba, demacrado, con los últimos días y noches marcados en las ojeras. Yo observaba fijamente el cielo, que esa mañana se hacía tierra, acostada en la orilla de mi balcón diminuto, con los brazos extendidos hacia los lados, intentando volar. Tenía los pómulos y los párpados cubiertos de puntos rojos y las glándulas salivales más inflamadas que de costumbre. Mi estómago, vacío, gritaba de miedo; miedo de perderse, miedo de perderme. Una punzada escalaba en dirección de mi cabeza haciéndome cerrar los ojos como si fueran labios que, de rabia, se apretaban con fuerza. Pequeños trozos de mi propia carne me colgaban helados y secos del cielo de la boca, el esófago seguía sangrando. Me pensé como una máquina de soledad, luego como una tinaja de cartas líquidas de despedida. A Raúl le pesaban recuerdos, ya borrosos, en la espalda. Me levanté y entré a tomarme un vaso de agua con sal. Mientras bebía rápidamente todo el contenido, noté que entre las paredes se escurría un olor irreconocible y desagradable. Sentí que me ahogaba. Corrí al baño y al salir noté que el suelo estaba cubierto por completo de hormigas; se movían como bailando y se dirigían con prisa hacia el ruedo de mis pantalones. El esófago me ardía más, sentía la cara hinchada. Salí al balcón.

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NADA

Yo no quería nada.

La luz era una cortina cerrada

y las paredes niños que gritaba en torno mío.

Yo no tengo casi nada;

las letras se hacen insuficientes,

los autos son aves que me arrastran

y despluman.

La lucha es exhaustiva.

La lucha por atravesar

esa delgadísima línea

entre aquí y allá, ahora y entonces.

Los zapatos de mis enemigos

resuenan en mi suelo interior.

Yo no tenía nada.

Y no tengo nada ahora,

Solamente la inmensa oportunidad

de abrir la puerta…

(¿Quiero?)

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DONCELLAS

Silencio.

Allí vienen mis doncellas.

Se acercan de puntillas

con sus batas rosas

y sus rostros infantiles.

Silencio.

Que entran con cuidado

se aproximan a mi cama

esforzándose por no hacer ruido.

Aquí están ya.

Me han traído

en charolas de plata

un banquete de sueños

y en una botella

un poco de eternidad.

Me acarician el cabello

me acomodan

me sirven

manjares veraniegos

para agotarme.

Sacan de pequeños sacos de terciopelo rojo

los puñales

para corromperme.

Y con su cara endemoniada

y angelical de calavera

me sonríen

me levantan.

Silencio.

Que ya me llevan

con mis palabras trabadas en la garganta

a la penumbra.

Silencio todos.

El universo se hace gigante

y mi tumba lecho suave.

Nuevas luces nacen

como bellas flores

brillan

como doncellas.

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LA ESPERA

Como extrañar, como pedir a la nada, insistentemente, por la presencia de algo –cualquier cosa- que habite este vacío. Sentimientos se interponen a fuegos de antaño. Un muro se acerca y se aleja como un neumático colgado de una cuerda, vieja, podrida, a punto de reventarse. La amistad es una suma de dicha y de debilidad oculta; una manera de probar la intolerante soledad sin ofuscación o nausea. Como tener en vigilia el corazón, como llorar perdón y piedad. Un tornado desesperanzador que, vengativo, lo arranca todo. La espera es sudor doloroso sobre los párpados y una tarde soleada y pesada. Canción de silbidos exhaustos. Un cuerpo humanoide se derrama, sin deseos ni contiendas; triunfantes los roedores.

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IGNOMINIA

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Yo estaba bastante dormida cuando me embistió de pronto ese sueño dulce y condenable, aquél sueño tan horrorosamente infausto y maravilloso, casi encantador… Me acaricié el cuerpo sin darme cuenta, me sentí y abrí los ojos; la luz de la madrugada atravesaba la cortina blanca con cierta timidez, vi hacia mi alrededor en penumbras y sonreí, seguí durmiendo e intentando encontrar de nuevo aquél sueño.

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ENTELEQUIA

Cuantas veces buscó inútilmente la sobrevivencia en este su y nuestro mundo. Y no sólo él, no; todos aquí. Pero las calles se mueven y nos botan. Esas calles húmedas. No son sólo las nubes sucias las que manchan los corazones, también las ideas, que vuelan entre ciudades /como transparentes siluetas –monstruosas– / no se van ni se esconden. Ellos, como insectos, sólo movían sus patas sin sentido, con sus voces dormidas.

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