ZOON POLITIKON

L. está parado sobre la silla de cuero rojo adentro de la oficina 7D del Edificio M. Su respiración insuficiente lo aturde. Afuera la rebeldía del tiempo pisotea la individualidad. El cielo dialoga con las oscuridad por medio de gotas minúsculas, manchadas de luces azules y amarillas, líquidas. Hasta el ambiente es cuestionable, pero no hay respuestas. L. analiza el comportamiento de los insectos que están debajo de su silla.

Los observa y saca diversas conclusiones acerca de su forma extraña -y ajena- de actuar. Desafiante, sostiene su mirada borrosa sobre esas criaturas, cada vez más amenazantes, que han comenzado a escalar, dirigiéndose hacia él. Sus conclusiones ya no son triviales. Teme por sus zapatos brillantes y por sus calcetines celestes de finas rayas corintas. De pronto se siente invencible, fuerte: superior. Sabe ya casi con seguridad que, si él quiere, todo puede estar bajo su control. No hay coerción posible alguna entre el sueño y su cuerpo y sin embargo se siente obligado a quedarse arriba. No intenta ni intentará bajar. Su astucia es nula, así como su inteligencia, y su porvenir. Está allí y afuera la gente se mata a gritos, rodeados del gas tóxico de la total indiferencia.

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LUEGO DE QUE MANUEL, HARTO DE EXISTIR, HABÍA DECIDIDO DEJAR DE HACERLO

La puta del 28 estaba sentada en la esquina de abajo. Se había despertado justo allí. Dos pisos arriba, Raúl miraba por la ventana, demacrado, con los últimos días y noches marcados en las ojeras. Me quedé observando fijamente el cielo, que esa mañana se hacía tierra, acostada en la orilla de mi balcón diminuto, con los brazos extendidos hacia los lados. Intentando volar, soñando a volar. Los pómulos los tenía cubiertos de puntos rojos y por lo mismo me ardía, tenía las glándulas salivales más inflamadas que de costumbre y mi estómago, vacío, gritaba de miedo; miedo de perderse, miedo de perderme. El dolor se subía a la cabeza haciéndome cerrar los ojos como si fueran labios que de rabia se apretaban con fuerza. En el cielo de la boca tenía pedazos de carne; de mi propia carne colgando helados y secos, el esófago se me podría. Estaba allí, convertida en una máquina de soledad, hecha una tinaja de cartas líquidas de despedidas. Raúl miraba hacia enfrente con mil recuerdos, ya borrosos, abandonados adentro y pesándole en la espalda. Me levanté y entré a tomarme un vaso de agua con sal. Mientras bebía rápidamente todo el contenido de aquél vaso gigantesco noté que entre las paredes se escurría un irreconocible y desagradable olor. Sentí que me ahogaba. Corrí al baño y al salir noté que el suelo estaba cubierto por completo de hormigas; se movían como bailando y se dirigían con prisa hacia el ruedo de mis pantalones. El esófago me ardía más, sentía la cara hinchada. Salí al balcón.

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NADA

Yo no quería nada.

La luz era una cortina cerrada

y las paredes niños que gritaba en torno mío.

Yo no tengo casi nada;

las letras se hacen insuficientes,

los autos son aves que me arrastran

y me despluman.

La lucha es exhaustiva.

La lucha por atravesar

esa delgadísima línea

entre esto y aquello.

Los zapatos de mis enemigos

resuenan en mi suelo interior.

Yo no tenía nada.

Y no tengo nada ahora,

Solamente la inmensa oportunidad

de abrir la puerta…

(¿Quiero?)

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DONCELLAS

Silencio.

Allí vienen mis doncellas.

Se acercan de puntillas

con sus batas rosas

y sus rostros infantiles.

Silencio.

Que entran con cuidado

se aproximan a mi cama

esforzándose por no hacer ruido.

Aquí están ya.

Me han traído

en charolas de plata

un banquete de sueños

y en una botella

un poco de eternidad.

Me acarician el cabello

me acomodan

me sirven

los manjares veraniegos

para agotarme.

Sacan de pequeños sacos de terciopelo rojo

los puñales

para corromperme.

Y con su cara endemoniada

y angelical de calavera

me sonríen

me levantan.

Silencio.

Que ya me llevan

con mis palabras trabadas en la garganta

a la penumbra.

Silencio todos.

El universo se hace gigante

y mi tumba lecho suave.

Nuevas luces nacen

como bellas flores

brillan

como doncellas.

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LA ESPERA

Como extrañar, como pedir a la nada, insistentemente, por la presencia de algo –cualquier cosa- que habite este vacío. Sentimientos se interponen a fuegos de antaño. Un muro se acerca y se aleja como un neumático colgado de una cuerda, vieja, podrida, a punto de reventarse. La amistad es una suma de dicha y de debilidad oculta; una manera de probar la intolerante soledad sin ofuscación o nausea. Como tener en vigilia el corazón, como llorar perdón y piedad. Un tornado desesperanzador que, vengativo, lo arranca todo. La espera es sudor doloroso sobre los párpados y una tarde soleada que pesa encima. Canción de silbidos exhaustos. Se derrama un cuerpo humanoide sin deseos, sin contiendas; triunfantes los roedores.

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IGNOMINIA

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Yo estaba bastante dormida cuando me embistió de pronto ese sueño dulce y condenable, aquél sueño tan horrorosamente infausto y maravilloso, casi encantador… Me acaricié el cuerpo sin darme cuenta, me sentí y abrí los ojos; la luz de la madrugada atravesaba la cortina blanca con cierta timidez, vi hacia mi alrededor en penumbras y sonreí, seguí durmiendo e intentando encontrar de nuevo aquél sueño.

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ENTELEQUIA

Cuantas veces buscó inútilmente la sobrevivencia en este su y nuestro mundo. Y no sólo él, no; todos aquí. Pero las calles se mueven y nos botan. Esas calles húmedas. No son sólo las nubes sucias las que manchan los corazones, también las ideas, que vuelan entre ciudades /como transparentes siluetas –monstruosas– / no se van ni se esconden. Ellos, como insectos, sólo movían sus patas sin sentido, con sus voces dormidas.

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