L. está parado sobre la silla de cuero rojo adentro de la oficina 7D del Edificio M. Su respiración insuficiente lo aturde. Afuera la rebeldía del tiempo pisotea la individualidad. El cielo dialoga con las oscuridad por medio de gotas minúsculas, manchadas de luces azules y amarillas, líquidas. Hasta el ambiente es cuestionable, pero no hay respuestas. L. analiza el comportamiento de los insectos que están debajo de su silla.
Los observa y saca diversas conclusiones acerca de su forma extraña -y ajena- de actuar. Desafiante, sostiene su mirada borrosa sobre esas criaturas, cada vez más amenazantes, que han comenzado a escalar, dirigiéndose hacia él. Sus conclusiones ya no son triviales. Teme por sus zapatos brillantes y por sus calcetines celestes de finas rayas corintas. De pronto se siente invencible, fuerte: superior. Sabe ya casi con seguridad que, si él quiere, todo puede estar bajo su control. No hay coerción posible alguna entre el sueño y su cuerpo y sin embargo se siente obligado a quedarse arriba. No intenta ni intentará bajar. Su astucia es nula, así como su inteligencia, y su porvenir. Está allí y afuera la gente se mata a gritos, rodeados del gas tóxico de la total indiferencia.



















