“Cuando el duelo es algo que tememos, nuestros miedos pueden alimentar el impulso de resolverlo rápidamente, de desterrarlo en nombre de una acción dotada del poder de restaurar la pérdida o de devolver el mundo a un orden previo, o de reforzar la fantasía de que el mundo estaba previamente ordenado”.
Judith Butler. Violencia, duelo, política.
Una breve secuencia de tomas de dron del paisaje montañoso de la franja transversal del norte en colores cálidos es la antesala para la primera escena: un hombre ladino, de uniforme verde prístino y barba recién recortada, arrastra del pelo a una mujer ixil. Un pequeño grupo de pobladores locales observa la escena con terror aparente. El hombre la insulta denotando un nivel de misoginia y racismo tal que su efecto, más que reflejar a un antagonista abominable, es el de incomodar a la audiencia, del otro lado de la pantalla. El maltrato pronto se convierte en deshumanización. El supuesto guerrillero obliga al hermano de la víctima a abusar de ella y acto seguido le da un tiro en la cabeza. Sigue un acercamiento de cámara; en primer plano, el agujero de bala en la cabeza de la joven, en un mórbido hiperrealismo.
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