Desperté hoy sintiendo que había dormido por días.
Soñé por días, viví años.
Hoy me vi al espejo y me encontré más vieja y más cansada.
(he aceptado humillaciones que ahora son parte de mi)
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Desperté hoy sintiendo que había dormido por días.
Soñé por días, viví años.
Hoy me vi al espejo y me encontré más vieja y más cansada.
(he aceptado humillaciones que ahora son parte de mi)
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La aurora de Nueva York tiene/ cuatro columnas de cieno/ y un huracán de negras palomas/ que chapotean en las aguas podridas… Nueva York es probablemente la ciudad sobre la que más se haya escrito; no sólo artículos, sino libros, guiones, poemas, canciones… Ahora, al sumergirse en la empresa de escribir un texto sobre Nueva York las palabras se quedan cortas. La variedad de sensaciones, buenas, malas o indefinidas, provocadas por esta metrópolis resultan indescriptibles cuando de ésta se trata. Entonces se recurre a la historia: a los hechos, y a la evidencia, a todo lo que se ve: lo palpable, si no, a la imaginación: alimentada por el bombardeo de imágenes y sonidos.
Conozco esta tierra, conozco este corazón
Conozco estos ojos adoloridos y calientes
Conozco estos dientes apretados.
La piel que se encoje y se enfría.
Reconozco ese olor y esa voz lejana.
La garganta se cierra y se seca y se enmudece.
Las entrañas se retuercen en sí mismas.
La cabeza repite, se repite y se repite.
Ahora estás lejos, cada vez más lejos.
Mas lejos en tiempo que en distancia.
Más lejos en letras que en la mente.
Conozco este nudo, lo reconozco.
Ya me sé de memoria esta sensación
Y su resultado.
De qué sirve contar las horas, los meses, los años.
Para qué pensarlo.
Un mensaje de fin de año
Un mensaje de cumpleaños
Si nuestra sociedad fuera una orquesta todos estaríamos conscientes del trabajo que requiere, de cada uno, para que las cosas funcionen. Sabríamos sin mayor esfuerzo que nuestro aporte es esencial y nuestro compromiso se daría naturalmente por el simple hecho de que los demás esperan, de igual manera que uno de ellos, que así sea. Bastaría a veces sólo un gesto para comunicarnos y responderíamos a las reglas siendo libres, sin preocuparnos de más, sabiendo que ésas reglas están simple y sencillamente para que nuestro ser colectivo se siga desarrollando bien. Nuestras creencias, afanes, convicciones y procedencias serían nuestras y dentro del proceso de hacer sociedad no serían lo más importante. Lo más significativo sería en ese caso poner nuestra parte e intercambiar, cada uno con su propio conocimiento, talento, facultad o especialidad, en un espacio que es de todos; un espacio armónico, en el que todos concertamos, jugamos un papel y somos además de libres, interdependientes.
En su libro Philosophy in a New Key, la filósofa y teórica del arte Susanne K. Langer dice: El verdadero poder de la música radica en el hecho de que puede ser «fiel» a la vida de los sentimientos de un modo en el que el lenguaje no puede serlo, pues sus formas significantes poseen esa ambivalencia de contenido que no pueden tener las palabras (…) La música es reveladora allí donde las palabras son oscuras, porque puede tener no solo un contenido sino un juego transitorio de contenidos. Puede articular sentimientos sin atarse a ellos (…) La atribución de significados es un juego cambiante, caleidoscópico, probablemente debajo del umbral de la conciencia y, sin duda, fuera de los limites del pensamiento discursivo…
El cielo está nublado y hace un poco de frío. La neblina cubre parte de las montañas y se siente ese viento fresquísimo de tierra fría que aviva a cualquiera. Al llegar a la Finca Loma Linda uno puede olvidarse del mundo; o más bien recordárselo –como se supone que era–. La naturaleza se le mete a uno en los pulmones y el ambiente se convierte en una puerta enorme que invita a avanzar.
el cielo está negrísimo como de muerte
los truenos se suceden en intervalos de pocos segundos
la ciudad está lejos con su caos rebotando de calle a calle
disparos
truenos y disparos
gritos
y luego más caos
país desordenado y húmedo
lunes
septiembre
no nos curamos
Yo prometo
me prometo cambio
vago profesando
verdades que no son
que lo que todos creen son mentiras
que la educación sirve y no
que el arte nos hace más inteligentes y más insolentes
Al final del día estoy exhausta
cuando suena el despertador estoy exhausta
Me duelen los huesos
los músculos
los anteojos
Es lunes y está lloviendo.
En los cantares de la mitología escandinava antigua, Valhalla es el paraíso de Odín. Es un lugar descrito como un valle de oro, en el que hay quinientas puertas, de las cuales saldrían ochocientos hombres; guerreros que han muerto en batallas que cada día se arman; salen a combate y mueren de nuevo para renacer una y otra vez. Luego se embriagan de aguamiel y comen la carne de un jabalí inmortal.
Cuando uno se acostaba a dormir, en lugar de perros aullando o insectos nocturnos se oían ecos de disparos. A veces esos ecos se disipaban con el viento, a veces, pocas veces, se mezclaban con sirenas policíacas o de ambulancias. Pero apenas se iban, y los sonidos se apagaban, los oídos que los habían escuchado lo olvidaban. Era el país del miedo y la pobreza. Era el país donde la gente se mataba en las calles, se gritaba, se insultaba sin razón. Era un país donde la rabia se heredaba con los genes. Habitaba en la sangre de la gente un resentimiento que no entendía, que no sabía, que no aprendió nunca de dónde le había salido. En la escuela les contaban historias que les eran totalmente ajenas; historias de guerras, batallas y conquistas que nada tenían que ver con ellos. La verdadera historia, la de ellos, de esa no les habían contado nada –por puro olvido–, olvido de los maestros, de los padres, de los abuelos. Y es que así como el misterioso resentimiento que les corría por las venas, el padecimiento más grave de este pueblo era el olvido. Gente moría de olvido a diario, gente enloquecía de olvido, les dolía el cuerpo, el corazón y los ojos de puro olvido.
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Cuando Alejandro Cartagena (República Dominicana, 1977) llegó por primera vez a Monterrey, no se imaginaba que éste lugar sería el sujeto de toda una investigación antropológica que le tomaría 5 años. Así como tampoco sospechaba la dramática transformación que en poco tiempo esta ciudad industrializada, ubicada a dos horas de la frontera americana, sufriría. Para bien o para mal, Monterrey crecía atropelladamente mientras sus pobladores encontraban el consuelo de una casa propia en terrenos antes baldíos a donde los servicios básicos apenas llegaban. Cartagena lo observa y lo estudia, no desde un punto de vista crítico sino analítico.
Imágenes desdibujándose ante mí.
Sueños hechos polvo.
Sonrisas difusas.
Sonrisas infantiles difusas.
Renuncia. Llanto. Carencia.
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Un disparo en la sien que borre sólo una parte
un grito ahogado que escupa toda la bilis,
el dolor viejo
Arrancar de la piel la ansiedad, la frustración
¡quiero irme ya!
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Tengo ganas de escuchar la música más triste.
De llorar a chorros.
De arrancarme con las uñas el pelo y la piel.
De gritar.
De correr.
Tengo ganas de cerrar los ojos y de que nada de esto sea cierto.
Continue reading →Paul Gauguin llegó a Tahití en 1891 por primera vez. Se quedaría tres años y volvería para quedarse definitivamente después de un breve y triste retorno a su ciudad natal, París. Pero el viaje (artístico y personal) había sido mucho más largo y turbulento.
desde hace 15 años que busco la salida
me olvidé por un rato del por qué
pero de nuevo, ahora me doy cuenta, lo pienso
es más facil salir, cruzar la puerta, atravesar el pasillo
15 años después y, de nuevo,
me pesan los huesos
me retumba el estómago
se me aprietan los nervios
lunes
lunes de lluvia
hora de partir
¿Cómo sería todo si todo fuera distinto?
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Yo misma temo a veces que nada haya existido
que mi memoria mienta
que cada vez y siempre
-puesto que yo he cambiado-
cambie lo que he perdido
Mis manos tiemblan
los brazos y las piernas están adormecidos
Hoy continúo, sin embargo, aquí.
Y no me importa nada
no me molesta el dolor.
Hábito o costumbre.
No he dejado de morir.
Puedo contar todas mis muertes.
Pero no será esta enfermedad
la que termine conmigo…
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había un bosque profundo.
hojas, ramas en el suelo.
piedras diminutas, viento,
sonido a mar; brisa.
las montañas de blancas parecían nevadas
-todo estaba tranquilo-.
en la grama del jardín se posaban innumerables insectos y pájaros.
la casa era fría.
las ventanas se empañaban… me sentía feliz
-a pesar de la enfermedad era feliz-.
me gustaba ese silencio, esa simplicidad.
me gustaba el yogurt con miel y trozos de banano por las mañanas,
bajo el sol frío.
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¿Qué hay para escribir después del después?
¿Qué queda cuando la tinta ya está seca y la pantalla cansada?
No fumo, no bebo, no duermo.
La música no suena a nada; está perdida en un espacio ajeno.
Mis entrañas están desgastadas, rotas, mustias por el paso de los años.
El tiempo pasa, ha pasado tanto tiempo…
¿Qué queda ahora?
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Tu ausencia sigue doliendo. El dolor encuentra mil excusas para intensificarse. Escarba en la memoria. Estas nuevas lágrimas se mezclan con otras, viejas. Lágrimas de nostalgia, de enojo, de miedo, incluso de resentimiento. Tu rosotro viene y va en los sueños, se pasea cada noche entre mis pensamientos; tu sonrisa, tus manos perfectas –nunca noté cuán perfectas eran hasta que las acaricié y besé mientras morías y ya estaban heladas– ¡Qué muerte más desesperada la tuya! Cuántas cosas que decirte, cuántas cosas que contarte ya demasiado tarde. Quizás sea este el verdadero dolor de la muerte, no ya la ausencia -el tiempo que se seguirá deshilvanando indiferente- sino el peso de tener que continuar con aquello que no se dijo nunca, con lo que no dio tiempo de expresar.
Eras tan dulce, pero nunca te vi tan dulce como anoche en mi sueño. Te abracé con fuerza, te dije al oído: «qué bueno que volviste». Tú sólo me viste con ese gesto. Entro a tu casa esperando encontrarte en tu mesa, pintando. Me preparo para verte y acercarme para que me muestres lo que estás haciendo. La pulsión es tan fuerte; por años se fue repasando hasta convertirse en tendencia natural, parte de la descripción de mi misma, la cotidianidad que incluia tu presencia. Las verdades que nos constituían. Ojos temblorosos. Una fila de recuerdos se va extendiendo en mi memoria, algunos le dejan paso a otros, nuevos y otros, más viejos, regresan a la superficie reclamando atención.
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Y te fuiste. Así nomás. Te arrancaste de mi, de todos nosotros. Aún es demasiado pronto para pensar, para aceptar, que no estás. Tu cuerpo gélido en inmóvil, tu rostro casi de niña, tu gesto tan dulce, como si durmieras. ¡Ojalá sólo durmieras!
Y no sabés cuanta rabia dá no haberte dicho más, no haber pasado más tiempo contigo, no haber llamado cada vez que pensé que lo haría y no lo hice.
Siempre estuviste, ¿cómo darme por enterada de que ya no estás? Aún escucho tu voz, pronto se irá borrando. ¿Qué puedo hacer para no dejar de escuchar tu voz?
La vida no es justa –la muerte no es justa–. Te he querido tanto. Duele en el pecho, como un trozo que falta, una punzada en las manos, en los ojos, en la boca del estómago, en la garganta y en los párpados. Me siento diminuta.
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