Conocí la casa de tus padres por tus descripciones. Tanto así que puedo recordarla como si tus recuerdos me hubieran sido transmitidos en la sangre. Puedo ver los muebles que tu papá fabricó en su taller en los corredores, escuchar a los pericos, ver el trinchante del comedor con la cristalería amarillenta. En el patio hay un árbol de durazno, del que una vez te caíste, y una pila con agua helada.
Anoche te vi en un sueño y parecía que estabas aquí. Eras niña y eras anciana a la vez, tu risa era inocente y sabia. El tiempo se empecina en difuminar con sus garras la última vez que nos vimos: las tardes de lluvia mientras cepillaba tu pelo ondulado y te ponía crema en las manos pintadas por el sol se mezclan y de pronto no parecen diferenciarse entre sí. Aparecen nuevas equivalencias. Los recuerdos se convierten en metáforas. Hay detalles que se escapan, hay palabras que se pierden o se transforman.
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