Roma es una ciudad gigantesca. Tráfico, autos mal parqueados, ruido de sirenas, autobuses de todos los tamaños. Las aceras, prinicipalmente las esquinas, son cubiertas por puestos de frutas y castañas, carretas de flores, y productos de todo tipo extendidos sobre sábanas viejas, listas para enrollarse y levantarse en caso de que los carabinieri aparezcan de repente. Los árabes venden juguetes hechos a mano, los marroquíes bolsas casi idénticas a las de diseñador, los egipcios aparecen cuando comienza a lloviznar, cargados de sombrillas, ante los turistas desprevenidos. Las diferentes voces e idiomas se mezclan con el sonido del tráfico y del viento, rebotan en los monumentos y se encuentran en sus derruidas paredes con las voces y los sonidos que en otras épocas habitaron otras calles y otros edificios.
En Roma uno no puede dejar de pensar en que esos egipcios están emparentados directamente con aquella Cleopatra y los romanos con Julio César. Los vendedores corren a esconderse al paso de los carabinieri y en cuestión de segundos están de vuelta, vendiendo, o al menos intentándolo. Heladerías, grupos de grupos de turistas con guía, tiendas de ropa atractivas, andamios de restauraciones cubriéndolo casi todo, la carpintería de Geppetto con ejemplares de Pinocchio en todas tallas… El hambre de los turistas es difícil de saciar pero hay para todos los gustos y todos los referentes, incluso a aquellos inventados en otros lugares, convertidos en mercancía o, lo que es peor, en estereotipo.
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