ENCIERRO

El encierro es seguro.

Al menos no hay tanto frío adentro,

o la costumbre lo hace menos perceptible,

los huesos se van aclimatando.

Tengo el presentimiento de que la muerte está cada día más cerca,

siento su sombra aproximarse, pero ahora mismo es lo de menos.

La soledad ha sido suficiente.

La tristeza no tiene otro final. Ya es hora. 

He decepcionado a muchas personas,

pero sobre todo me he decepcionado a mí misma.

Estoy cansada. 

Cuando amaneció recordé lo que había pasado,

todo lo que había estado pasando los últimos años.

Las lágrimas se me salieron a chorros.

El nudo en la garganta parecía apretarse más cada día.

Eventualmente iba a terminar por cortarme la respiración.

Ya no creo en nada. He perdido la fe en la vida.

No tengo nada y poco a poco me he ido perdiendo a mí misma.

Es ya demasiado tarde para seguir en las mismas.

No queda nada.

Cuando amaneció me di cuenta

que realmente no tenía ganas de levantarme,

y no puede encontrar, por primera vez,

ninguna razón para hacerlo.

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GRASA SATURADA

I

–No azúcar, no harina, no carnes rojas, no calorías (los lácteos son veneno), nada de grasa saturada–. Se sirvió el almuerzo con delicadeza y se sentó delante de él. Inmediatamente se congeló; se quedó prácticamente inerte, como quitándole breves instantes al tiempo. Descuartizando las horas una por una. Al volver del letargo tomó con precisión el tenedor y partió por la mitad la rodaja de tomate que yacía en su plato. Se llevó un trozo a la boca y al instante empezó a contar las veces que lo masticaba. Dejó el resto en el plato. Salió de la cocina.

Los papeles, resultado del trabajo literario de los últimos años, cumplían la función de alfombra en la sala del departamento. Caminó con descuido sobre ellos, desordenándolos un poco, sin verlos, ignorándolos intencionalmente. La luz que entraba por la ventana se reflejaba en el suelo blanco, obligándola a cerrar un poco los ojos. Se dirigió al baño, pero se detuvo un momento delante de la puerta observando una pequeña fila de hormigas que escalaba por el marco formando un rizoma. Entró. Se miró al espejo y comenzó a hacerse muecas, intentando descubrir rasgos conocidos en su rostro, se recogió el cabello y se limpió con los dedos amargos el delineador del día anterior. Al salir del baño dirigió a la ventana, analizándola, sin ver más allá de las minúsculas gotas de pintura que se extendían sobre el vidrio. “¿Existe algo entre el amor y el abandono? ¿Qué sentido tiene seguir contemplando la soledad del otro? ¿Estamos acaso viéndonos la transparencia? ¿Para qué no cubrimos del frío si tenemos frío el corazón? ¿Queremos más? ¿Necesitamos menos? ¿Para qué avergonzarnos? ¿Por qué? ¿Acaso no nos gusta? ¿Acaso no ansiamos las más extravagantes caricias? ¿Dónde exactamente el bien se convierte en mal? ¿Qué tan adentro?”

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SOLEDAD

Yo no tengo soledades concurridas ni miedos de princesa abandonada,

no tengo una pizca de paredes gigantescas, ni lunas con leche.

Te dibujo, pero ya no soy artista. 

Te escribo; pero ya no puedo sostener la pluma. 

Mi soledad está cubierta de húmeda poesía, de cartas con rojo,

de cafés que se enfrían, de bares con horas interminables,

con las mismas canciones de fondo.

Ya mi soledad se rebalsa, cubre todo, por fuera y por dentro;

dejándote nada de espacio.

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JE M’ENNUIE DE TOI

Tengo el alma como tusa vieja. Y si no me alejo, peor. Tarde. Noche. Azul violeta. La calle está mojada, no tan mojada, un poco húmeda. Me enoja pensarlo. Saber que no soy la única. Aire rápido. Helado. Las pinturas están todas tan raspadas. Da pena verlas, pena haber permitido que llegaran a ese estado. La cortina se mueve. No pasa nada. Nada extraordinario. Las paredes nunca habían estado tan grandes y calladas. Como si nadie más conociera algo parecido, como si nadie fuera capaz de descubrirlo. Soy un susurro en el viento. Una chispa en medio del fuego. Da miedo el conocimiento y angustia la convicción. El reflejo está quieto. El verano parece invierno eterno. Esto no está pasando. La boca cerrada, los ojos cerrados, los oídos ausentes. Es sólo que hoy no quiero levantarme, sólo que no quiero saber nada nuevo, nada distinto, nada más.

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CLAUSTROFOBIA

Sé que desde hace meses le estoy estorbando. Me levanto en la madrugada angustiada y bajo las escaleras, temerosa del vacío. El tronar de la madera vieja al contacto de mis pies pone en evidencia el peso sobre mis hombros. Me sumerjo en el olor a cigarrillo del bar de abajo y el eco de alguna risa o algún llanto. Doy un par de vueltas a la cuadra, llego hasta el Seven-Eleven, donde me miran con los ojos de siempre mientras pago con dos monedas un pie caliente relleno de melocotón y me hago diminuta. Luego vuelvo a casa. Los niños del friso en la capilla de enfrente ya no se sienten amenazados con mi presencia a esas horas. Me acuesto y repaso en mi mente las señas de su incomodidad, los gestos y el comportamiento que me confirman que ha descubierto el tedio de la costumbre; tendencia acaso inevitable de la convivencia que osó a presentarse demasiado pronto. El amanecer me encuentra sola e intentando explicarme esa incapacidad suya para largarse definitivamente. Le estoy estorbando, lo sé desde hace tiempo. En lo más profundo de mi preocupación se aparece su risa burlona, sus manos que juegan tanto con nada y su mirada marítima que ya no parece desear sumergirme entre sus pupilas. Los besos se convirtieron en una ráfaga de golpes casuales sin nada detrás. ¿Nos hemos negado a darnos cuenta? Nos resistimos a afirmarlo. Me he resistido a pesar de las marcas en la piel.

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VIAJE

Se aventuraría a una especie de viaje gratuito hacia el olvido. Como para él no sería normal recibir ofertas de ese tipo, la tomaría. Se dejaría llevar, con los brazos extendidos, con el pecho saliente, con el rostro alzado (¿Realmente está pasando ésto?). Se prepararía en pocos segundos, llevaría solamente el equipaje necesario; viajaría tan ligero que no llegaría a sentir ningún peso, ninguna incomodidad. Se sentaría una noche, ninguna en especial, una noche estrellada con una luna brillante, al pie de la cama y, tras largas horas de reflexión, decidiría que lo mejor sería irse. Se iría unos días después como a la velocidad de un rayo. Se dirigiría con paciencia a la larga y lenta cola frente a la ventanilla y tranquilamente adquiriría un boleto de ida. Le sonreiría y le guiñaría el ojo a la señorita sin rostro descifrable de labios rosados y uñas rosadas que se lo entregaría y lo tomaría con toda seguridad, sin temor al miedo de no saber realmente a dónde iría. Caminaría un momento alrededor de su avión etéreo con los brazos atados por las manos sobre su espalda encorvada y meditaría sobre nada; la música que se le acurrucaría dentro de los oídos y alrededor de sus orejas, el aire frío instalándose en su garganta, el temblor insistente en sus ojos (¿Qué estoy haciendo?). Estaría complacido e incluso suspiraría al entrar en aquél medio de transporte inmaterial y se sentaría, se abrocharía el cinturón, esperaría, se tomaría el respectivo café, mezclado con imágenes en sepia y jugaría con la cucharilla y el azúcar. Más tarde se quedaría sumido en un sueño profundo. Se despertaría después un poco aturdido y pediría otra taza de café. La bebería pensando en su destino. Se frustraría ante la idea de que no podría evitar que el viaje se detuviera, volver atrás, pero luego se daría cuenta de que estaría allí por su propia decisión y entonces se quedaría inmóvil en su asiento, esperando llegar, con un rostro casi de entusiasmo, al lugar que ya para entonces sería como una especie de tierra prometida (¿A dónde voy?). Con la vista fija al frente, con los dedos jugando entre ellos nerviosos, con los pies temblando y la lengua haciendo ruidos extraños, jugándose en el cielo de la boca y sus nubes, continuaría el resto del viaje. Al detenerse su nave casi terrestre, casi espacial, se pondría de pie y con los dientes de fuera, de la emoción, se dirigiría sin demasiada prisa hacia la puerta. Esta se abriría con lentitud y detrás, poco a poco, irían apareciendo incontables luces, colores y paisajes subterráneos. Esperaría a que la puerta estuviera abierta por completo para avanzar un poco y luego se dejaría ir, de golpe, corriendo con toda su capacidad. Se alejaría por entre las montañas de viento, las flores gigantescas, casi vivas, las aves inquietas y los ríos transparentes hechos como de risa (¿Qué es esto?). Correría sin miedo, sin esa sensación de no tener nada adentro, sin nada adelante o detrás que le pudiese truncar el recorrido…  Pero los pies y las manos y los ojos se le irían cansando y todo, todo, se volvería negro, casi noche, casi vacío, sin paredes y sin techo. Entonces se dejaría caer vencido al suelo y lloraría como un niño, como nunca se había atrevido a llorar de niño. No miraría nada, no sentiría nada. Y la mañana no llegaría y la noche no llegaría a serlo realmente, porque estaría perdido, estaría solo y no sabría dónde, y no sabría qué hacer. Seguiría llorando (¿Por qué a mí?). Llorando por todo el cuerpo, por el arrepentimiento, no de arrepentimiento, por la culpa, por los pies y por las ideas. Más tarde intentaría dormir sobre sus recuerdos de plumas, pero no los hallaría y se daría cuenta de que los añoraría y que incluso los necesitaría. Estaría mal -estaría enfermo-. Luego de varios lustros imaginarios caminaría, entre la oscuridad, de vuelta hacia el avión etéreo. Lo encontraría aún en buen estado, sólo un poco invadido por la maleza y algunos bichos. Se subiría, se abrocharía el cinturón y esperaría… Y sin café, ni azúcar, ni música de fondo, emprendería el viaje de vuelta. Volaría sobre el vacuo, entre el vacuo y alrededor de él. Llegaría tarde, bajaría las escaleras lentamente, con la cabeza baja, «con la frente marchita», (¿y ahora?). Al avanzar notaría que todo habría para entonces cambiado y se mordería las manos de la rabia. Le daría nausea. Al llegar a casa se metería entre sus sábanas empolvadas para irse quedando, poco a poco, dormido.

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UNTITLED

Pensá en nosotros

Pendemos de un hilo

La puerta se ha cerrado

y nos ha dejado la oscuridad

Frío sucio lento vacío como muerto

está nuestro lecho

Enciendo un cigarrillo

y no sirve

Me levanto me halo el cabello grito

pero tampoco sirve

Estamos a millas de distancia

viéndonos los ojos ausentes

Tocándonos sin saberlo la transparencia

El espejo me pinta triste

con la sonrisa en el suelo

y la mirada en el aire

Seca con la piel áspera  y dolorosa

Con los sueños hechos migas

Nos destruye el veneno

de nuestros golpes

Sudamos la sangre

Las verdades se nos caen

Las mentiras son ya charcos

Tengo hambre

ya no de vos

Sólo tengo hambre.

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¿Y SI MEJOR NO ABRO LOS OJOS?

Corro como una gacela entre jardines petrificados. Corro como un caballo, como un galgo, como algo que corre muy rápido. Me detengo de golpe al encontrarme a la orilla de un precipicio con ojos y un fondo profundo que me llama insistentemente. Camino, camino, camino; nunca me detengo, nunca me doy la vuelta. (No volteo.) Los pasos se me van haciendo largos y lentos. Gigantes, infinitos, incontables. Yo solo y sólo camino… ¡Alto! Estoy durmiendo; mejor me levanto, bajo los pies de la cama en este instante, me lavo la cara con agua fría, mejor tibia, y salgo. La misma melodía de siempre resuena en las paredes. Me detengo. La escucho, la tarareo en la mente. Cierro los ojos y me quedo inmóvil, disfrutando el momento: cómo me gustaría que ese instante se volviera eterno. Que todo se quedara de improvisto, repentinamente, en silencio. Me mojo los ojos y los labios, bebo un poco; el agua está fría. Alzo la cara para que el viento que se cuela por la ventana seque las gotas que me recorren el cuello. Suspiro. No hay aire. Alcanzo la toalla. Me seco. Al salir, un resplandor blanco que rebota en el suelo y se refleja en las paredes se choca de golpe conmigo y me deja ciego.

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DE CUANDO ESTABA TRISTE

Morirse de repente; de improviso, irremediablemente:

Morir entre calles y catedrales

Entre puentes y debajo de ellos. Atrás, adelante.

Morir con todo, dejando nada.

Entre la oscuridad alejarse, vestida de muerte,

Entre el frío, desnuda de miedo, con una sonrisa al frente.

Morirse renunciando a todo,

Largarse con unas flores entre los dedos

Y entre los pasos, enredados,

Unos cuantos poemas que gritan, o alguna vez gritaron.

La soledad inseparable también se deja,

También los besos, las lágrimas, el dolor

la desesperación por lo inalcanzable

Y por el temor a ya no alcanzarlo.

Morir paulatinamente, morir poco a poco.

Y volver, para morir finalmente.

Morirse mientras hay alegría alrededor, entre juegos,

Risas, en medio de cielos brillantes como luces.

Sobre las calles bañadas en recuerdos:

Bicicletas que me trajeron y llevaron de vuelta,

Canciones que aprendí y luego olvidé,

Carreteras interminables como sueños

Y perros callejeros con ojos tristes.

Morir, después de todo. Con la piel ya hecha jirones,

Con los huesos y los ojos rotos,

Arrastrando la vida,

Llevando sobre la espalda un improvisado lecho,

Una sábana para abrazar de vez en cuando,

O una almohada, es igual,

Y los pies descalzos para sentir la humedad subterránea

Con cierta delicadeza.

Morir por siglos,

Morir entre cada carcajada.

Tener la cara llena de muerte,

Tener las manos sujetadas por la muerte…

Morir de repente,

Renunciar a todo irreversiblemente.

Morir para siempre.

Morirse un día de esos

Que parecen prometer retornos,

Una mañana en la que el sol no parece sino mar

Y lo salpica todo con esperanza.

Morir en la noche, cuando las estrellas

Se dispersan por el universo

Y brillan más cada segundo que pasa.

Morir corriendo, sola,

Por valles gigantescos y coloridos.

Morir, simplemente.

Dejar el peso, el sueño, el hambre.

Dejar la literatura, dejar la saliva, el orgasmo,

Dejar el día y la noche, el amor y la libertad.

Abandonar el aire, traicionar o engañar al destino.

Morirse con sangre, morirse a secas.

De golpe, de dolor, de melancolía.

Morirse para la eternidad, inflexiblemente;

Infinitamente.

Morir como si se durmiese,

Dormir y no despertarse nunca,

O despertarse un día y ya no querer levantarse;

Olvidarse a una misma, dejarse,

Entregarse a la muerte sin ya nada que perder.

Sola, morir, solamente aceptarlo y relajarse.

Dejarse llevar. Irse.

Alejarse, caminar en dirección contraria,

Avanzar, perderse, perderlo todo…

¿Para qué diablos?

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CON TINTA

La pluma avanza,

se desliza sobre el papel como una balsa.

Dibuja sensaciones, se deja utilizar,

se prostituye.

Duele la precisión con la que logra detenerse.

Lastima la fuerza con la que recoge

las lágrimas que caen en su camino.

Cierro los ojos y ella continúa, sigue su recorrido.

Plasma mi interior y los mezcla con el suyo,

Lo cubre todo, apoderándose del espacio.

No obedece;

no calla nada, no esconde nada,

no deja que nada se quede en el aire.

Se traga los suspiros, absorbe la música,

arrastra la melancolía y restriega las sonrisas.

La pluma ansía ser eterna –escribe, sencillamente-.

Intenta mantenerme aquí, lucha y me convence.

Es la única que logra apegarse a mí

y no puedo dejarla, a pesar de todo.

Día a día grita mi desesperación,

me la devuelve, me la señala.

No va a detenerse, sólo hace su trabajo.

Se desliza con suavidad…

Me lleva, me trae de vuelta,

me empuja, me levanta.

No me deja sola;

se desangra por mí,

saca todo su interior oscuro a la luz,

lo da todo, me lo entrega todo, y yo a ella.

Me salva, me consuela, me resucita,

y también me crucifica.

Navega entre la blancura llenándola de belleza,

volviéndola poesía.

Su delicadeza en sublime, su suavidad innecesaria,

Es indestructible.

Aunque una noche, atropellada por su destino

de simple pluma desechable,

se seca, y cae.

Se pierde entre incontables tubos plásticos

de su misma talla.

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CASA

Quedate en casa

Pero no te quedés solo

Dejás blanco el espacio

entre vos y yo

Dejás sola a la música

flotando en el vacío

Te olvidás de la respiración

Estás.

Pero la lluvia y sus pétalos

caen secamente sobre un suelo vacío.

Quedate.

Pero no solo mirándome la sombra

que se me escapa y se esconde.

Te sentás.

Analizás tus sueños y tus pesadillas

sin incluirme en ninguno.

Te paseás sobre el miedo

de no encontrarte

mientras me perdés.

Y te perdés más todavía.

No puedo seguir sosteniéndote el mundo

conmigo sentada encima.

El blanco entre nosotros empieza a ser negro.

Quedate.

Caminás con mi ausencia de la mano

y la apreciás.

Te esforzás como siempre

pero en la lucha soy yo la que sale herida.

Acabás conmigo.

Gritás sin mí.

Me sonreís de lejos

pero de cerca me lastimás.

Vas a caminar solo.

Rápido.

Lejos

hasta desaparecerte.

No vas a llamar para que te perdone

otra vez.

Vas a acabar con el aire.

Con la cercana añoranza,

con la ciega melancolía.

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DEAR P.

P: Hoy, después de tanto, tanto tiempo, intento hacerlo de nuevo. Estoy decidida; no me dejaré vencer. Existe una manera de seguir adelante; tiene que haberla. Estoy cansada de no encontrarte, de nisiquiera tener, realmente, ganas de buscarte. Por años fuiste un secreto guardado, y por años, incluso, me avergonzaste. ¿Pero acaso no recuerdas las humillaciones? ¿Acaso no recuerdas los ojos burlones de los demás cada vez que en un momento de intensidad te buscaba, tomaba mi cuadernos y te veía nacer en mis páginas? No nos entendían, mi poesía, es cierto, perdóname si por ratos me dejé influir por ellos, perdóname si te ofendí en algún momento.

A menudo he sentido estas ganas de llorar tu ausencia –tu abandono– y el impulso se ha extendido ya por mucho tiempo. Aunque debo confersarte que por ratos también he pensado: “¿por qué no me dejas definitivamente?» Tal vez ya sólo deberías olvidarme, asegurarte de que te saque de mí de una vez por todas. Todo por el olvido en el que por tanto tiempo te he tenido… Pero no ha sido intencional. No ha sido con ánimos de ofenderte o dañarte; mucho menos de exterminarte. Ahora te estoy buscando ¿te das cuenta cómo presiono las teclas sin detenerme, sólo buscándote, sólo esperando el momento en que hagas tu entrada triunfal? Te necesito. Me duele la necesidad, me duele no tenerte, no verte, no darte la vida que solía darte: la vida que yo creí que pude darte alguna vez. La vida que surgía como brotes de invierno cuando en silencio me encerraba en mí misma, cuando me refugiaba de los otros, de mis miedos, de ese sentimiento eterno de no pertenecer, de no querer pertenecer, de no saber ser.

Es cierto, ya te has dado cuenta: muchas veces dudé de tu existencia. Pero tuviste que haber existido, ¡te lo di todo! Nuestra relación era tan sincera. ¿Por qué no me das la oportunidad de tenerte de nuevo, de apoderarme de ti, de hacerte mía? Te necesito mi poesía; te necesito. Pero ya ves, llevo tantas líneas –algunas líneas–, siento que llevo una eternidad aquí sentada escribiendo, el eco de las teclas sigue rebotando, y no has aparecido, no te he encontrado, no te he visto; hasta ahora ni un solo verso. O quizá no sea ésta la manera de hacerlo, tal vez estoy totalmente equivocada. O tal vez te perdí hace tiempo, irrevocablemente, para siempre. ¿Qué hago sin ti? ¿Qué hago yo sentada frente a una pantalla vacía, frente a un teclado seco e inmóvil para siempre? Se escribe fácil pero es tan difícil, el nudo se aprieta, las manos se enfrían. No quiero afirmar que te has ido. Estoy enloqueciendo, me estoy quedando ciega y sorda y muda y muerta… y tengo miedo.

¿Dónde se ha visto a alguien escribiéndole una carta a su poesía, implorándole que vuelva? Mira querida ¡cuanta arrogancia! Yo no soy poeta, no lo fui nunca, de ser así no te habría perdido, hubiera sabido retenerte a mi lado, o recuperarte fácilmente. Hace calor, tengo sudada la espalda, siento el estómago caliente, me arden los hombros y se me caen sobre las mejillas los párpados. Si te interesa, me siento sola, me siento tan sin nadie y sin nada, enferma, vacía, necesitada de mí misma y, por lo tanto, de ti. Como si mi existencia dependiera de otros, de otras, de tí, de algo.

Me veo al espejo, me hablo, me pongo seria, me señalo con el dedo y me digo, mientras frunzo el ceño, cual propósito de nuevo año, que tengo que recuperarte, que hoy lo haré. Pasan un par de días más y lo hago de nuevo, y los días siguen pasando y ya no sé qué es ese hoy porque lo repito y lo repito y no lo conozco, no lo siento, no lo vivo; sólo te espero. Miro a la nada y trato, según yo, de concentrarme y, según yo, que tu vas a caer del cielo, posarte ante mí y dejar que te haga mía.

Temo pensar que dentro de algunos años voy a encontrar esta carta en un viejo archivo y voy a recordarte con nostalgia, voy a pensar y lamentar que te fuiste con mi adolescencia. Y temo que entonces vaya a sentarme a esperarte o a escribirte otra carta con una nostalgia más amarga. No sé si te caíste, si te moriste por descuido mío o te saliste por la puerta mientras dormía ¿Me abandonaste? ¿Y si fuiste tú la que decidiste huir de mí? No sé si yo misma te aniquilé o si en algún momento, sin darme cuenta, te cerré la puerta con llave cuando sólo habías salido un rato a tomar aire… No fue mi intención. Jamás quise hacerte a un lado.

Antes era tan fácil. Recuerdo lo sencillo que parecía todo dentro de mí cuando te tenía, cuando lo único que necesitaba para levantarme era pensarte, cuando lo único que me sanaba y me hacía sonreír eras tú, sólo tú, la que salía siempre a mi encuentro cuando yo corría sola y desconsolada, incluso cuando lo único que quería era dejarte, dejarme y dejarlo todo.

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