Sé que desde hace meses le estoy estorbando. Me levanto en la madrugada angustiada y bajo las escaleras, temerosa del vacío. El peso sobre mis hombros se hace evidente con el tronar de la madera vieja de las escaleras al contacto con mis pies. Bajo. Me sumerjo en el olor a cigarrillo del bar en el primer nivel y el eco de alguna risa o algún llanto. Doy un par de vueltas a la cuadra, llego hasta el Seven-Eleven, donde me miran con los ojos de siempre mientras pago con dos monedas un pie caliente relleno de melocotón y me hago diminuta. Luego vuelvo a casa. Los niños del friso en la capilla de enfrente ya no se sienten amenazados con mi presencia a esas horas. Me acuesto y repaso en mi mente las señas de su incomodidad. Sus gestos y comportamiento me confirman que también ha descubierto el tedio de la costumbre; tendencia acaso inevitable de la convivencia que osó a presentarse demasiado pronto. El amanecer me encuentra todavía sola, intentando explicarme esa incapacidad suya para largarse de una vez por todas. Le estoy estorbando, lo sé desde hace tiempo. En lo más profundo de mi preocupación se aparece su risa burlona, sus manos que juegan tanto con nada y su mirada marítima que ya no parece desear sumergirme entre sus pupilas. Los besos se convirtieron en una ráfaga de golpes casuales sin nada detrás. ¿Nos hemos negado a darnos cuenta? Me he resistido a afirmarlo a pesar de las marcas en la piel.
El auto está por completo inmóvil; lo apago. Los cuatro carriles están totalmente detenidos, el sol pesa como nunca, quema la vista y se siente punzante en la carne. Pasan los minutos, casi una hora. El pavimento se sobrecalienta, el vapor crea imágenes inexistentes. Intento ignorar el agujero que se asoma por mi estómago, respiro profundo.
La rutina se ha convertido en repetición inconsciente y el hábito en automatismo. La inercia, más que el deseo, nos ha mantenido cerca, enseñándonos a obviar el abismo que nos separa. Pero nos odiamos desde hace tiempo. ¿En dónde estámos realmente cuándo nos abrazamos? Hago un recuento y me detengo en el momento en que empezamos a decirnos de forma indirecta que no queríamos vernos más nunca. No es fácil viviendo juntos en un país desconocido, rodeados de desconocidos; los mensajes dejan de decirse y comienzan a mostrarse, los códigos más familiares se vuelven abstractos y difíciles de interpretar, por confusos. Él encontró una manera muy particular de hacerlo: la mayoría de sus palabras fueron sustituidas por el contraste entre la ausencia y un enojo incontenible. Yo, en cambio, dejé de coleccionar material literario de la cotidianidad y de conjugarlo en mis cuadernos. Mis textos fueron sustituidos por una plana monótona de vocabulario pobre e imaginario vacío y el ejercicio se fue haciendo menos continuo. El dolor de cuerpo no ayuda tampoco.
Ni siquiera hay árboles cerca, creo que eso ayudaría, ese efecto visual que altera los demás sentidos. La autopista está rodeada en cambio por un bosque de edificios que se une con el cielo nuboso en un punto invisible. Paisaje de concreto y vidrio que a partir de sucesos recientes remite a pánico y a muerte; humo, fuego. A pesar de llevar un buen rato totalmente quietos, más de algún automovilista desespera y hace sonar la bocina. Otros se contagian y se forma un concierto estridente de gemidos.
A pesar de todo, él no pretende deshacerse de mí. No sabe cómo hacerlo todavía. ¿Se siente responsable?, ¿acaso la culpa le impide actuar coherentemente? Me gustaría que supiera que sé que le estoy estorbando aunque no voy a decírselo. Sería como aceptarlo. Significaría darle permiso. Y prefiero desvanecerme. Cuando el aire acondicionado se vuelve inútil, bajo la ventanilla. Tengo ganas de un cigarrillo. El acto de fumar brinda esa extraña sensación de acortar el tiempo –los minutos no se cuentan en segundos sino en lentas inhalaciones– pero ya me duele la cabeza lo suficiente y no podría tener más entrecortada la respiración. El tiempo, por otro lado, es una preocupación menor; nuestra relación está estancada en un espacio donde el tiempo no existe. Y cuando el tiempo deja de existir también deja de construirse una narrativa propia, no existe un inicio y tampoco un final.
No recuerdo cuándo fue que sus bromas dejaron de tener gracia; luego se volvieron provocaciones y, más adelante, reclamos sin sentido, una insistencia pasivo-agresiva a la que me fui acostumbrando como me fui acostumbrando al desorden que, poco a poco, fue cubriendo el suelo de madera. Nuestros dibujos, los cuadernos con proyectos a largo plazo y los libros que viajaron con nosotros desde lejos. Me pregunto si aún le produciría placer verme sonreír. Sé que no y que no haremos nada al respecto. A estas alturas me tiene sin cuidado el resultado. Los fines de semana llegan sin aviso y sin entusiasmo; nuestros paseos dominicales se convirtieron en cuadras silenciosas de caminata exhaustiva y pizza sin sabor. Le disgusta que llegue y también que no lo haga. Sabe que necesita tenerme a su lado aunque no sabe la verdadera razón. No me soporta; le soy intolerable. Sé que me insulta para sus adentros cuando me mira; lo leo en la deformidad de su rostro. No me ha preguntado por qué ya no lo llego a buscar al trabajo o por qué ya no le mando mensajes al teléfono a lo largo de la tarde. Las ganas de hacerlo son inaguantables, pero estoy en proceso de desprendimiento; me he ido enseñando que la soledad es preferible a los golpes.
Me deshago de una de mis blusas, está bastante mojada y caliente. Quisiera un sorbo de agua o una botella. Estoy atrapada en el auto y en este tráfico de autopista en pleno verano con esta terrible claustrofobia. En encierro es insoportable como es insoportable su ausencia; las madrugadas en que no aparece, la nula creatividad de sus mentiras. Se está buscando que lo abandone. Quise decírselo. Nada más tenía que hacerlo; pronunciar las palabras que continuamente resuenan dentro de mí. No pensé en otra cosa mientras caminaba a zancadas en dirección de aquél bar en South Street, pasada la media noche. En cambio, le dije que lo necesitaba. Nos asumimos como los fantasmas de nuestro viejo edificio. Los que cada tanto trepan al penthouse abandonado a fumarse un puro de tabaco con hachís y a hacer algo de ruido, sin decir nada; los que cada día se adentran más y más en el limbo de un compromiso sin sentido.
El auto, como él, es una prisión. Desde hace un buen rato que me ha pasado por la mente que no me caería mal bajarme un momento a tomar aire, pero no lo he hecho. Estoy encarcelada; encerrada en su cuerpo, en su mente, en el puto recuerdo de los días en los que nos éramos tolerables. Definitivamente debo escaparme… Desciendo del auto, me quedo un rato de pie ante la portezuela, viendo al suelo, notando los demás autos, también apagados, inertes, muertos; como si sus pasajeros estuvieran igualmente quietos, sin respiración ni palpitaciones. A mi lado hay un viejo Volvo blanco, su conductor me mira, me escudriña. Lo miro de vuelta. Me sonríe finalmente y me saluda cordial. Yo sólo muevo la cabeza improvisando una sonrisa. Me ofrece agua (tiene una botella), me acerco sin decir nada, tomo la botella rápidamente de sus manos grandes y anguladas, limpias, con defectos perfectos, y doy un sorbo; cuando le devuelvo la botella me pregunta felizmente mi nombre. Salgo corriendo.
Avanzo sin detenerme entre los autos, atravieso el vaho e ignoro las bocinas. Huyo de él, de mí, del hombre del Volvo, del tráfico, del auto, del calor, de las noches interminables en el apartamento, de la fuente en Rittenhouse square en que solíamos encontrarnos, de la tienda de discos en Broad donde compartíamos audífonos, del metro, del bus, de los rieles, del museo, de la autopista, de la estúpida ciudad que nos encierra… No me detengo en horas. Asumo que pasaron horas porque el sol ha empezado a desaparecer detrás del horizonte y estoy llegando a otra salida.
Para cuando vuelvo a mi auto, las filas empiezan, poco a poco, a moverse. El hombre del Volvo se despide con un gesto y se va; yo igual. Cuando logro avanzar con mayor velocidad, un gato se lanza en la autopista. Trato de esquivarlo y casi choco con un poste de luz. Me lastimo la frente con el tablero. Me bajo con la frente ensangrentada y el humor un poco más. Camino hacia la acera y me siento por un rato. Veo pasar muchos autos que bajan la velocidad al lado del mío y a sus pasajeros que me miran y se van. Me limpio la frente con la blusa que dejé en el asiento trasero y retomo mi camino… Luego de una hora llego al apartamento. Las escaleras son interminables y más altas que nunca. Estoy cansada y hambrienta. Entro, lo veo. Él está en la sala intentando hacer funcionar la videocasetera vieja con el nuevo televisor. No me pregunta por qué llegué tan tarde ni qué es lo que tengo en la frente, pero le digo de todas maneras. Lo beso. Preparo una pasta con mantequilla y orégano seco. Comemos sin hablarnos en la mesita de la cocina, entre papeles y platos sucios. De vez en cuando levanta la vista y finge una sonrisa. Yo hago lo mismo.
2002
Imagen: MICHAËL BORREMANS