Después del postromanticismo europeo, al que pertenecieron autores como Rachmáninov, Mahler o Richard Strauss, y por otro lado los nacionalismos que se extendieron hasta llegar al continente americano, el papel de la música en la sociedad dio un giro. Los estilos no volvieron a definirse o marcarse de la misma manera y la música “culta” fue pasando a un plano cada vez más reducido –si bien siempre estuvo limitada a un público privilegiado–; la música popular, apoyada por nuevos y pujantes sellos discográficos, expandía su influencia. No es extraño entonces que un compositor de formación clásica, en plena segunda mitad del siglo XX, haya sido un solitario. Y mucho más en un país como Guatemala.








