EL CIELO EL TECHO

Con sus lágrimas enrojecidas buscando tiempo para saber qué más…

¡Oh! Pero, ¿qué hará para que su vida no caiga derrivada como todo lo que tenía? ¿Qué hará para poder levantarse de nuevo?

Al doloroso trato de la estúpida pobreza absoluta y solitaria no podrá acostumbrarse; no lo hará.

Implora a la lluvia que deje de caer. Se arrima de rodillas a un tronco esperando que la proteja pero no será así…

Pero, ¿cómo les dirá a los pequeños llorones y hambrientos que ya no comerán?

Sabe que no los calmará y también sabe que no encuentra un techo y que no lo encontrará.

Y no queda más.

Continue reading →

LA MUERTE DE UN POETA MUERTO

Mareado por el hambre y con un sabor a flores mustias en la boca, espeso, yacía sobre el recuerdo del niño que jugaba lodo y corría descalzo por toda la casa.

El calor invadía todo su cuerpo y lo mojaba poco a poco el sudor que brotaba de su piel.

A su alrededor escuchaba frases llenas de lugares comunes, como siempre.

En el techo retumbaban aquellos pasos.

Afuera rebotaba la voz sonora del hombre que vendía periódicos. Llevaba noticias despreciables e inconcebibles…

El hambre: dolor angustioso. El hambre de todo. Su boca se secaba lentamente y sus labios, ya secos, se unían como párpados muertos, para no separarse nunca.

Para cuando pudo salir, era ya tarde. Sobrevoló la vida como un ave moribunda.

El sabor a fermento se acentuaba y el dolor también; se hacía cada vez más fuerte…

Se arañaba los brazos de la exasperación y no se calmaba. Estaba cansado y hambriento, en el suelo.

Continue reading →

EL LOCO

Mis manos están manchadas de varios colores: estuve pintando, pasa a menudo. Pasa también cuando escribo, pues a esta pluma suele salírsele la tinta, negra, y se escurre por mis dedos, alrededor de mis uñas, llega hasta los nudillos. El reloj se detuvo desde el temblor del otro día. Ya no sirve. Se detuvo en las cuatro de la tarde. Me molesta sobretodo en estas noche frías, cuando quisiera una tarde tibia, cuando daría cualquier cosa porque en realidad fueran las cuatro de la tarde…

Cuando salgo al jardín, paseo por un rato. Me siento en la grama o a veces, incluso a menudo, intento alcanzar las ramas de ese árbol; estiro las manos lo más que puedo pero están muy altas, no las logro siquiera tocar. No sé qué ganaría alcanzándolas… Luego me acerco a los barrotes que rodean este lugar. Recuesto la frente en ellos y miro hacia fuera. El tiempo ha cambiado; la última vez que vi hacia fuera todo era muy distinto. El viento que corre entre las calles no es como el de antes; es helado. Ya no pasa gente por la angosta acera ni autos por esa calle empolvada.

Continue reading →