¿Por qué temerle a la escritura? Desde el punto de vista del representacionalismo, la escritura sería una imitación de la voz, el intento (no del todo confiable) de hacer presente la voz (que en el logocentrismo constituye el centro y origen). Sin embargo, en la escritura dicha voz no está realmente ahí. Mientras que la palabra de Cristo o de Sócrates habrían tenido una presencia absoluta, primera, real o verdadera, la escritura ya siempre estaría postergando dicha presencia (la comunicación escrita se da en la ausencia de sus interlocutores). En De la Gramagología, Derrida quiere desestabilizar esa oposición binaria entre ausencia y presencia y jugar con la idea de que puede haber una escritura originaria, archiescritura, no para darle la vuelta a esa dualidad sino para plantear que de haber origen sería la ausencia.
En una sociedad normada por leyes y reglamentos escritos se asume que dichos textos están resguardados de tal modo que su intervención debe pasar por procesos rigurosos de consulta y aprobación. Y aquí puede verse cómo, paradójicamente, la sociedad depende de la escritura (leyes, contratos, reglamentos) pero al mismo tiempo necesita controlarla, resguardarla, restringir su interpretación. De ahí que solo los abogados tengan el poder de interpretarlos, como místicos capaces de acceder a la verdad del texto y por ende acercarse de manera más directa al logos (o como los arcontes en Mal de archivo). ¿Se trata de un pánico generalizado ante la diseminación de sentido que la escritura porta estructuralmente? Eso mismo revela la fragilidad: si la escritura necesita tanto resguardo, tanta gestión interpretativa, es precisamente porque no hay presencia plena que garantice su sentido. El arconte custodia porque no hay origen estable que custodiar—sólo hay huellas que remiten a otras huellas.
Cuando se ha planteado una diferenciación entre la escritura buena y mala se marca también un límite y una distinción entre lo divino -universal, natural- y lo humano -finita, laboriosa, una escritura degradada-. Lo considerado no-humano queda fuera, de entrada, de esta ecuación. Mientras el primer polo tiene que ver con lo dado, lo estable, lo no contaminado y homogéneo, lo terrenal está marcado por ausencias y huellas. El logocentrismo, y el representacionalismo a partir de este, privilegia el primer polo: la escritura celeste vs. la escritura terrestre, el espacio geométrico vs. el lugar habitado. Pero, como muestra Derrida, esa distinción no se sostiene: no hay escritura buena que no sea ya terrestre, expuesta a la diseminación.
Acaso podamos pensar en esta diferenciación como en la que se ha planteado entre entre espacio y lugar. El espacio como contenedor fijo, estable, y el lugar como algo que se muda en cuanto a una práctica de hacer lugar. El primero está dado, el segundo marcado por ausencias, huellas. No hay espacio puro que no esté ya atravesado por marcas, por prácticas, por temporalidad. Por eso, la archiescritura no es la escritura buena elevada a origen, sino el reconocimiento de que toda escritura—incluso la que se pretende divina—funciona al modo de la mala: por iteración, en ausencia.
Imagen: Fragmento de un mecanuscrito de Virginia Woolf tomada en el archivo de la colección Henry W. and Albert A. Berg, NYPL.