El abordaje que Fernand Deligny (1913 – 1996) hace a la discapacidad cognitiva desestabiliza no solo las prácticas normativas de la pedagogía y la clínica, sino también las categorías tradicionales de lo que significa ser humano (ligado a un lenguaje racional) y de las relaciones (exclusivamente sociales y mediadas por algún tipo de lenguaje), parte de una lógica de dualismos que domina el imaginario hegemónico, por definición capacitista.
En el documental Ce Gamin Là (1976), el educador, y uno de los principales proponentes de la antipsiquiatría, se refiere al espacio de la clínica psiquiátrica como un espacio donde todo está diseñado para producir “insoportabilidad”: ventanas que no se abren por ausencia de bisagras, visión limitada, soportes sólidos… Este espacio no sólo organiza las relaciones, limitándolas, materializa espacio-tiempos cerrados, clausurados. Deligny se pregunta: “¿Qué será de los ojos de un niño que no tiene nada para ver, excepto el paso del tiempo -y el tiempo no puede verse-?”. El diagnostico del autismo, produce, con la materialidad de la institución, cuerpos inmóviles, presuntamente encerrados en su mismidad (en ello radicaría su extremo aislamiento -la supuesta soledad absoluta de Robinson Crusoe en la isla de los salvajes). Pero, al mismo tiempo es una mismidad problemática. No ya el individualismo auto-contenido que conforma al sujeto humano moderno -racional, funcional- sino una que lo hace incapaz de reconocer al otro y participar de las relaciones sociales que conforman un sistema a partir de la ausencia de lenguaje. En cambio, Deligny señala que nuestro lenguaje es una limitación para estxs niñxs, que no tienen necesidad del mismo. Difuminando el logocentrismo humanista, el documental nos muestra que las exploraciones fuera del lenguaje no persiguen la mismidad porque no tienen nada que ver con la construcción normativa del sujeto ni con su constitución de verdad (una empresa siempre moralista). Es por eso que lx niñx que gira trazando círculos esta “más allá del bien y del mal, que son asuntos del lenguaje”. Es otra cosa la que se trama en sus movimientos, son otro tipo de relaciones y espacio-tiempos los que se producen a partir de estos… Lx niñx gira, navegando sobre la orogenia herciniana, participando de espaciotemporalidades que trascienden la historia y se enredan con dinámicas geológicas -quizás de allí su conexión con las piedras-, más-que-humanas.
El gesto de preguntarse qué es lo que está ausente en los cuerpos capaces en lugar de cuál es el padecimiento de lxs niñxs etiquetados como con discapacidad abre prácticas de percepción que no tienen ya nada que ver con el lenguaje, ni con el entendimiento en términos tradicionales. Los movimientos, el llanto, el murmullo o el balbuceo no son leídos como mensajes a descifrar sino entendidos como efectos de las relaciones. Lx niñx vibra con el agua “como una varita mágica”, estalla de gozo “y sus fragmentos caen por todas partes, entre nosotros, en todo momento”. Lxs niñxs se agencian con la montaña, con los procesos de preparación de la comida, del lavado de la ropa, del cuidado de las ovejas y las cabras, con la tarea de acarrear agua, lo que la tierra los hace hacer. Se implican con el territorio de maneras que no nos conciernen.
Spinoza diría que se trata de cuerpos afectantes (humanos y no humanos) entre los cuales aumenta la potencia (alegrías activas). Acaso en eso radica la intimidad, siempre entre y a partir de un afuera: ahí donde los movimientos no están restringidos por ningún tipo de frontera material-discursiva («nosotros, seres del verbo, no sabemos de libertad»), donde no hay domesticación posible, ni adaptación, incorporación o re-habilitación («vidas para nada«, sin telos, sin mandatos). La cartografía que las divagaciones de lxs niñxs van dibujando es una cartografía de afectos: variaciones de la potencia de existir (Deligny dice: “cada trazo crece como un cuerpo”), una línea de errancia (errar como principio de desobediencia a los mandatos humanistas del cuerpo normativo) que difumina las distinciones entre el sujeto y el objeto, donde ya no hay sujeto ni objeto, donde se superan los déficits relacionales de la sociedad. Termina así la narración de Deligny: lx niñx “escucha para nada, el sonido que viene de las profundidades del agua, que no es una cosa, porque él no es un alguien”.
Filmografía:
Ce gamin, là, 1975. Renaud Victor, France.
