LOS PELIGROS DE CREER EN UNO MISMO

El mensaje “cree en ti mismo” se ha convertido en una máxima que desde publicaciones en redes sociales, libros de auto-superación, publicidad o charlas de “coaching” busca reforzar la idea del individualismo como el secreto para realizarnos y alcanzar la felicidad. Esa noción, sin embargo, puede estar equivocada. Mientras más “nosotros mismos” somos, más podemos sesgarnos. La felicidad no está en “uno mismo” sino en la capacidad de ser conscientes de nuestra naturaleza a la vez que de los otros.

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APRENDIZAJE ACTIVO: La Educación como Comunidad Epistémica

Desde un punto de vista epistemológico, el conocimiento no es tal cosa si no es fruto de un proceso intersubjetivo ni si es consensuado. El conocimiento no existe en lo individual sino en lo colectivo-cooperativo. La educación, cuyo foco central es el conocimiento, no puede ser así una empresa individualizadora en la que los estudiantes reciben de manera pasiva y lineal la información ni tampoco en la que buscan hacer sentido por sí solos de esa información. Desde el punto de vista disciplinar, ninguna disciplina avanza en su aporte de conocimiento a la sociedad a partir de un solo individuo. El “peer review”: las publicaciones con argumentos abiertos a la contra-argumentación, el debate, la construcción colectiva, la verificación y la experimentación empírica de unos sobre las hipótesis y resultados de otros son elementos fundamentales del método científico y ninguna disciplina o dominio se desarrolla de otro modo.

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LA EDUCACIÓN COMO ARTE Y COMO FILOSOFÍA

En su renombrado ensayo sobre el expresionismo abstracto, o los “Pintores de Acción Americanos”[1], Harold Rosenberg le brindó a la crítica una nueva lectura no sólo del arte moderno sino de lo que significa hacer arte. Poco antes, Clement Greenberg[2] había argumentado que los artistas de vanguardia habían finalmente liberado a la pintura de la sombra de otras artes, disciplinas y referencias, desvelando el “arte puro”, cuya expresión máxima se encontraba en el trabajo de Jackson Pollock (el “nuevo Lacoonte”­). Pero Rosenberg ponía en evidencia todo lo contrario. Con ello demostraba que el arte de los pintores de acción estaba inmerso en la cultura dentro de la cual se creaba, a la vez que podía verse como una extensión del artista. Ese arte como forma pura, “autocontenido” y “autosuficiente”, al que aspiraba Greenberg –y que dio lugar al minimalismo con toda su vacuidad– no era tal cosa, y no tenía sentido que pretendiera serlo. “El lienzo comenzó a parecer una arena en la cual actuar –más que un espacio en el cual reproducir, re-diseñar, analizar o “expresar” un objeto real o imaginario. Lo que iba a ocurrir en él ya no era una pintura, sino un evento”, escribió Rosenberg. Así, el pintor abandonaba la idea del producto final y la sustituía por la interacción y la experimentación: se enfocaba en el proceso –vivía en este. El resultado, decía, no era más que el registro de ese encuentro.

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