En su renombrado ensayo sobre el expresionismo abstracto, o los “Pintores de Acción Americanos”[1], Harold Rosenberg le brindó a la crítica una nueva lectura no sólo del arte moderno sino de lo que significa hacer arte. Poco antes, Clement Greenberg[2] había argumentado que los artistas de vanguardia habían finalmente liberado a la pintura de la sombra de otras artes, disciplinas y referencias, desvelando el “arte puro”, cuya expresión máxima se encontraba en el trabajo de Jackson Pollock (el “nuevo Lacoonte”). Pero Rosenberg ponía en evidencia todo lo contrario. Con ello demostraba que el arte de los pintores de acción estaba inmerso en la cultura dentro de la cual se creaba, a la vez que podía verse como una extensión del artista. Ese arte como forma pura, “autocontenido” y “autosuficiente”, al que aspiraba Greenberg –y que dio lugar al minimalismo con toda su vacuidad– no era tal cosa, y no tenía sentido que pretendiera serlo. “El lienzo comenzó a parecer una arena en la cual actuar –más que un espacio en el cual reproducir, re-diseñar, analizar o “expresar” un objeto real o imaginario. Lo que iba a ocurrir en él ya no era una pintura, sino un evento”, escribió Rosenberg. Así, el pintor abandonaba la idea del producto final y la sustituía por la interacción y la experimentación: se enfocaba en el proceso –vivía en este. El resultado, decía, no era más que el registro de ese encuentro.
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