En el tercer nivel de la biblioteca pública de Nueva York, entrando por la calle 42, se encuentra resguardada la colección Henry W. and Albert A. Berg de literatura inglesa y norteamericana. Entre primeras ediciones, que datan desde 1480, manuscritos, archivos literarios, correspondencia, diarios e impresiones originales, se integra el trabajo de alrededor de 400 autores y autoras, entre ellos Charles Dickens, los hermanos Henry y William James, Louisa May Alcott, H. D. Auden, Paul Auster, las hermanas Charlotte, Emily y Anne Brönte, William S. Burroughs, T. S. Eliot, Aldous Huxley, James Joyce, Jack Kerouac, Henry Miller, Vladimir Nabokov, Anaïs Nin, Ezra Pound, Ralph Waldo Emerson, Vita Sackville-West, Mary Wollstonecraft Shelley, Gertrude Stein, Walt Whitman, Oscar Wilde, William Carlos Williams y Virginia Woolf.
Para visitar esta colección se requiere solicitar una cita, enviando datos personales e información acerca del proyecto de investigación por el cual se hace la consulta, y sacar un carnet de la biblioteca, todo sin mayor burocracia. Para entrar a la sala, la número 302 del edificio Stephen A. Schwarzman, es necesario dejar todo en el guardarropa de la entrada principal. Solo se permite llevar una cámara o el celular y la billetera -la cual es recibida por la encargada de la colección y colocada dentro de una bolsa ziploc para guardarla en una vitrina, al lado de la puerta de entrada. Una vez sentada en la sala de lectura, quien investiga recibe una decena de hojas tamaño media carta con el sello “Berg Coll.” y un lápiz Mongol número B.

Me veo en esa sala y me invade un fuerte sentimiento de inadecuación. ¿Quién soy yo para solicitar este material? ¿Cómo me atrevo a venir sin una ruta clara de investigación, sin un dato específico a consultar o corroborar? Vengo, evidentemente, a divagar, abierta a perderme tomando cualquier extravío -donde no haya camino o agenda posible- entre los papeles de Virginia Woolf. Es inevitable recordar sus propios textos al atravesar los enormes pasillos de mármol, con su respectiva frialdad, y al tocar el timbre de la sala donde está la colección. “En este punto, ya estaba a la entrada de la biblioteca. Debí haber abierto la puerta porque de inmediato apareció, impidiéndome el paso, como un ángel guardián batiendo una toga negra en vez de unas alas blancas, un caballero canoso, apacible, aunque disgustado, quien se disculpaba en voz baja y me hacía retroceder porque las mujeres solo podían ingresar a la biblioteca si iban acompañadas de un profesor de la facultad o provistas de una carta de recomendación”, escribió Woolf en Una habitación propia. Cien años después, las mujeres -aunque algunas más fácilmente que otras- podemos entrar a las bibliotecas y consultar las colecciones, pero la estructura de estos espacios no deja de replicar la de un sistema policial o de control. En su texto Mal de Archivo, Derrida nos recuerda que archivo, de la raíz arkhé, “nombra a la vez el comienzo y un mandato”. Se trata de un “allí donde se ejerce la autoridad”, donde un “orden es dado”. Acaso esa inadecuación que experimento (participando del coro de les inapropiados/bles) no sea sino un recordatorio del lugar en el que me encuentro. Derrida agrega que es así como los archivos tienen lugar.
Otras demandas e interpelaciones se presentan ante mí como el caballero canoso y disgustado de toga negra: se supone que una sienta al menos algo de culpa al referirse a la literatura occidental, aún cuando se trata de planteamientos que se salen de la norma o que en su momento plantearon críticas y alternativas valiosas. Como si seguir leyendo -¡a estas alturas!- obras producidas en occidente -una visión totalizante y reduccionista que asume un mundo occidental homogéneo o unívoco-, implicara una violencia directa contra el mundo no occidental o la imposibilidad de deshacerse de su influencia colonial. Woolf apunta: “Que una mujer haya maldecido una famosa biblioteca es un asunto totalmente indiferente para tal biblioteca. Venerable y apacible, con todos sus tesoros a salvo en su seno, duerme con complacencia y, por lo que a mí respecta, seguirá durmiendo siempre. Nunca despertaré esos ecos, nunca solicitaré esa hospitalidad de nuevo —juraba, indignada, mientras bajaba las escaleras—. Todavía faltaba una hora para el almuerzo. ¿Qué debía hacer? ¿Pasearme por la pradera? ¿Sentarme a la orilla del río?”.
Acallando esas voces que a las mujeres, disidencias y cuerpos racializados, de manera particular, se nos presentan y para las que tenemos nombres pintorescos como síndrome del impostor o conductas auto-limitantes, me recuerdo que vengo al archivo a dejarme afectar por Woolf, invocando su convicción pacifista, su activismo anti-fascista, su experimentación queer y su feminismo vitalista -como dice Rosi Braidotti, Virginia Woolf está siempre delante de nosotres-. No se trata ya de replicar la lógica patriarcal del archivo como ejercicio exegético o interpretativo, la exhibición de una habilidad racional que se expresa en el dominio de lo simbólico: el poder de hacer de la materia el signo de algo más, colocándola en un plano ajeno al que solo la capacidad intelectual humana (ese modelo masculino blanco, racional y funcional de la modernidad ilustrada) tiene acceso. Y si algo nos enseña la obra de la misma Woolf es a ampliar nuestras capacidades perceptivas -no a ver las cosas tal cual son sino a notar lo que sucede entre las cosas- y con ello a aumentar también nuestras posibilidades relacionales. Es ahí donde radica el deseo como fuerza conectiva y potencia colectiva y es precisamente eso lo que el fascismo intenta obturar. Woolf nos muestra las complejidades relacionales del mundo desde el afecto más que desde la representación, desde la imaginación y la indeterminancia más que desde la explicación.

Lo primero que solicito es un mecanuscrito cuya descripción -acaso por encontrarme en Nueva York- llama mi atención: America which I have never seen interests me most in this cosmopolitan wold of to-day. La encargada de la sala extrae del archivo una carpeta blanca con la misma descripción mecanografiada, además de otros datos: “Typescript (carbon) unsigned and undated. 8 p.”. Las hojas que contiene la carpeta tienen un tono amarillento y lo primero que salta a la vista es una mancha -que parece ser una huella de café o té- en el margen izquierdo y la marca que dejó un clip oxidado en la esquina superior del mismo lado. La mecanografía es impecable, sin correcciones ni tachaduras, y cada letra está bordeada por una sutil gradiente que se difumina en el grano del papel. Estas otras formas de escritura, que se integran al documento como marca de sus relaciones previas y en continua actualización, participan del texto de maneras sorpresivas. El artículo lleva por título una pregunta que la autora parece hacerse a sí misma: What interests you most in this Cosmopolitan Wold of to-day? (¿Qué es lo que más te interesa en este mundo cosmopolita de hoy?). E inicia respondiendo: “Esa es una enorme pregunta; el mundo de hoy es un objeto muy grande, que vibra y zumba en cada centímetro de su superficie con cosas interesantes. Pero si lo comprimimos y lo resumimos, esta esencia y abstracción del mundo y sus cosas interesantes se reduce sin duda a los Estados Unidos de América. América es lo más interesante del mundo hoy en día. Pero, si nunca has estado en América, ¿qué significa América para ti?”. La autora nunca ha estado allí -aquí, donde me encuentro mientras leo el texto-, y aún así lo imagina y afirma, no sin una buena dosis de ironía, que es el sitio más interesante en ese momento. Luego agrega: “¿Qué aspecto tiene, y cómo son los propios estadounidenses? Estas son preguntas que los ingleses varados en su isla siempre le hacen a la imaginación. Y la imaginación, por desgracia, no es una reportera del todo precisa; pero tiene sus méritos: viaja rápido; viaja lejos. Y es servicial. Cuando le preguntaron el otro día: ‘¿Cómo es América?’, sacudió sus alas y dijo, con su tono alegre: ‘Siéntate quieta en una roca en la costa de Cornualles; volaré a América y te diré cómo es América’. Dicho esto, se fue”, a lo que le sigue una detallada caracterización del lugar y sus habitantes humanos y no humanos y las relaciones transtemporales que lo conforman. Entonces se refiere a esta ciudad, con sus rascacielos y su aceleración, las sensaciones que genera el tumulto de sus calles, re-construyéndola como en una especie de plano-secuencia cinematográfica -pues la imaginación la recorre volando como un dron-. “La ciudad de Nueva York sobre la que ahora estoy volando parece como si hubiera sido fregada una y otra vez la noche anterior […]. Abajo, en las calles, largos listones de tráfico se mueven rectos y constantes, una y otra y otra vez. Campanas resuenan; luces centellean […]. Siento la mente acelerada. La sangre corre por mis venas. Las viejas palabras inglesas lanzan sus tacones de una patada y revolotean. Un nuevo lenguaje está naciendo…”

Y es esa transformación del lenguaje lo que a Woolf le interesa, el movimiento transitorio en que no es una cosa u otra, ese punto intermedio en el que dos mundos aparentemente incompatibles se encuentran: ahí donde surge la diferencia (y podemos pensar aquí en la diferencia lingüística, pero también la diferencia sexual y de intensidad que desconfiguran todo binarismo). Nos brinda, desde una escritura materialista, generativa y vitalista, herramientas para movernos en un mundo hecho de relaciones múltiples y coexistentes que a la vez pueden ser contradictorias.Woolf prosigue sin enumerar los elementos que animan la ciudad: transmite la noción de un conjunto e introduce interrupciones como cuando el tren de pensamiento es desviado por cambios en el ambiente y, al completar el recorrido, subraya: “pero por supuesto, debemos recordarlo, la imaginación con todos sus méritos no es nunca precisa”.
Deleuze enfatiza en una de sus lecciones que la escritura de Woolf constituye “un inventario fantástico de estados y medios de percepción”, que podemos verlos como “estudios perceptivos” -y cuanto más aumenta la potencia de un cuerpo cuanto mayor es su capacidad de percibir-. Movimientos impulsados por una fabulación creadora “que desborda los estados perceptivos y las fases afectivas de la vivencia”, como anotan Deleuze y Guattari en otro lado. Y cabe subrayar aquí que la imaginación es material pues actúa en la realidad. Se trata de una exploración motivada por el podría ser o un podría haber sido. Como alejamiento de los mandatos de la verdad nos lleva, en las palabras de Saidiya Hartman, a exceder las ficciones de la historia y las narrativas (junto a su aparato representacional) cristalizadas a través de los microfascismos algorítmicos y de fascismos con pretensiones molares del mundo de hoy, pero también de los archivos como aparatos estatales de resguardo y organización del saber.

Imágenes: Henry W. and Albert A. Berg Collection, NYPL.
Otra versión de este texto se publicó en el periódico LaCuerda en junio, 2025.