DEAR P.

P: Hoy, después de tanto, tanto tiempo, intento hacerlo de nuevo. Estoy decidida; no me dejaré vencer. Existe una manera de seguir adelante; tiene que haberla. Estoy cansada de no encontrarte, de nisiquiera tener, realmente, ganas de buscarte. Por años fuiste un secreto guardado, y por años, incluso, me avergonzaste. ¿Pero acaso no recuerdas las humillaciones? ¿Acaso no recuerdas los ojos burlones de los demás cada vez que en un momento de intensidad te buscaba, tomaba mi cuadernos y te veía nacer en mis páginas? No nos entendían, mi poesía, es cierto, perdóname si por ratos me dejé influir por ellos, perdóname si te ofendí en algún momento.

A menudo he sentido estas ganas de llorar tu ausencia –tu abandono– y el impulso se ha extendido ya por mucho tiempo. Aunque debo confersarte que por ratos también he pensado: “¿por qué no me dejas definitivamente?» Tal vez ya sólo deberías olvidarme, asegurarte de que te saque de mí de una vez por todas. Todo por el olvido en el que por tanto tiempo te he tenido… Pero no ha sido intencional. No ha sido con ánimos de ofenderte o dañarte; mucho menos de exterminarte. Ahora te estoy buscando ¿te das cuenta cómo presiono las teclas sin detenerme, sólo buscándote, sólo esperando el momento en que hagas tu entrada triunfal? Te necesito. Me duele la necesidad, me duele no tenerte, no verte, no darte la vida que solía darte: la vida que yo creí que pude darte alguna vez. La vida que surgía como brotes de invierno cuando en silencio me encerraba en mí misma, cuando me refugiaba de los otros, de mis miedos, de ese sentimiento eterno de no pertenecer, de no querer pertenecer, de no saber ser.

Es cierto, ya te has dado cuenta: muchas veces dudé de tu existencia. Pero tuviste que haber existido, ¡te lo di todo! Nuestra relación era tan sincera. ¿Por qué no me das la oportunidad de tenerte de nuevo, de apoderarme de ti, de hacerte mía? Te necesito mi poesía; te necesito. Pero ya ves, llevo tantas líneas –algunas líneas–, siento que llevo una eternidad aquí sentada escribiendo, el eco de las teclas sigue rebotando, y no has aparecido, no te he encontrado, no te he visto; hasta ahora ni un solo verso. O quizá no sea ésta la manera de hacerlo, tal vez estoy totalmente equivocada. O tal vez te perdí hace tiempo, irrevocablemente, para siempre. ¿Qué hago sin ti? ¿Qué hago yo sentada frente a una pantalla vacía, frente a un teclado seco e inmóvil para siempre? Se escribe fácil pero es tan difícil, el nudo se aprieta, las manos se enfrían. No quiero afirmar que te has ido. Estoy enloqueciendo, me estoy quedando ciega y sorda y muda y muerta… y tengo miedo.

¿Dónde se ha visto a alguien escribiéndole una carta a su poesía, implorándole que vuelva? Mira querida ¡cuanta arrogancia! Yo no soy poeta, no lo fui nunca, de ser así no te habría perdido, hubiera sabido retenerte a mi lado, o recuperarte fácilmente. Hace calor, tengo sudada la espalda, siento el estómago caliente, me arden los hombros y se me caen sobre las mejillas los párpados. Si te interesa, me siento sola, me siento tan sin nadie y sin nada, enferma, vacía, necesitada de mí misma y, por lo tanto, de ti. Como si mi existencia dependiera de otros, de otras, de tí, de algo.

Me veo al espejo, me hablo, me pongo seria, me señalo con el dedo y me digo, mientras frunzo el ceño, cual propósito de nuevo año, que tengo que recuperarte, que hoy lo haré. Pasan un par de días más y lo hago de nuevo, y los días siguen pasando y ya no sé qué es ese hoy porque lo repito y lo repito y no lo conozco, no lo siento, no lo vivo; sólo te espero. Miro a la nada y trato, según yo, de concentrarme y, según yo, que tu vas a caer del cielo, posarte ante mí y dejar que te haga mía.

Temo pensar que dentro de algunos años voy a encontrar esta carta en un viejo archivo y voy a recordarte con nostalgia, voy a pensar y lamentar que te fuiste con mi adolescencia. Y temo que entonces vaya a sentarme a esperarte o a escribirte otra carta con una nostalgia más amarga. No sé si te caíste, si te moriste por descuido mío o te saliste por la puerta mientras dormía ¿Me abandonaste? ¿Y si fuiste tú la que decidiste huir de mí? No sé si yo misma te aniquilé o si en algún momento, sin darme cuenta, te cerré la puerta con llave cuando sólo habías salido un rato a tomar aire… No fue mi intención. Jamás quise hacerte a un lado.

Antes era tan fácil. Recuerdo lo sencillo que parecía todo dentro de mí cuando te tenía, cuando lo único que necesitaba para levantarme era pensarte, cuando lo único que me sanaba y me hacía sonreír eras tú, sólo tú, la que salía siempre a mi encuentro cuando yo corría sola y desconsolada, incluso cuando lo único que quería era dejarte, dejarme y dejarlo todo.

Continue reading →

UNA HOJA

Estoy sentada frente a una hoja en blanco

y no sé qué hacer con ella.

No sé si deba matarla de un solo golpe,

hacerla desaparecer.

Quizás deba tomarla,

acariciarla, darle todo mi amor,

cubrirla de ternura infantil.

Tal vez deba llenarla de recuerdos

o de lágrimas,

o de tinta azul un poco desordenadamente…

Me confunde su blancura cegadora,

me pone nerviosa la soledad con la que se presenta

y el instante en el que se atrevió a hacerlo.

Afuera todo está tranquilo

a mi alrededor también,

incluso dentro de mí…

pero la hoja no,

la hoja parece moverse desesperada,

parece estar incómoda, parece querer decirme algo.

Sin embargo, se mantiene callada.

Me acerco a ella

y la sujeto entre mis dedos

antes de que pueda hacer nada para escaparse.

La miro fijamente, la sostengo justo delante de mis ojos

y la acerco de a poco a mi rostro –la huelo–.

No sé qué hacer con ella.

Quizás lo más apropiado sea aniquilarla,

y aún así, no lo hago,

me hundo.

Miles de preguntas

se me vienen encima de improvisto.

Coloco la hoja cuidadosamente sobre la mesa.

La extiendo bien,

le deshago las pequeñas arrugas que se le habían formado

al contacto de mis dedos.

Parece verme amenazante.

Parece que espera a haga algo con ella,

a que la salve o a que la tire por la ventana.

Sin pensarlo más, tomo una pluma,

la lleno de insultos, la mancho toda.

Y enseguida me suelto a llorar,

se ensucia más, se empira a poner transparente.

En ese momento siento sus brazos a mi alrededor,

aplastándome,

siento sus manos tocándome todo el cuerpo

como si intentara arrancarme los brazos,

las piernas, los pechos.

También me muerde los labios hasta romperlos.

Yo sigo llorando,

y grito, y me ahogo, toso,

me restriego la cara con fuerza.

La hoja está deshecha en el suelo.

Su olor se hizo aire y su sabor está en mi sangre.

Unas horas más tarde el viento empuja a la hoja,

y esta se escurre por debajo de la puerta.

Me quedo adentro. Llamándo.

Dejó de tocarme,

no me abraza más.

no me siguió besando.

Busco otra hoja,

me cuesta hallar una entre tanta lágrima…

La coloco sobre la mesa.

Continue reading →